El Día del hombre

El 8 de marzo de 2015, mi hija, con cuatro años de edad, me preguntó que cuál era el día de los hombres y yo no supe qué responder cuando me interrogó sobre por qué no había ninguno. Aquella mañana señaló el calendario de SUATEA colgado en la pared de la cocina y, con su pequeño dedo puesto en la fecha en curso, dijo que ese era su día favorito “porque es morado”.Yo le expliqué que era el Día de la Mujer y ella me soltó la pregunta que abre este texto. Hoy, un año después, me ha vuelto a plantear la misma cuestión.

Siempre me he considerado un firme defensor de la igualdad y siempre he pensado que la clave para lograrla está en la educación. Pero nunca había llegado a imaginar lo arraigado que está el machismo en nestra sociedad, quizá porque yo también estoy infectado por ese mal. La mayoría de los hombres y de las mujeres lo estamos. Por eso me he propuesto tratar de evitar que mi hija se contagie de esa lacra.

Por qué no hay un día de los hombres. En una milésima de segundo pasaron por mi cabeza todos los micromachismos infantiles que pude detectar en los últimos 366 días y se me nubló la mente. Se me fue llenando con el recuerdo de aquella madre que justificó que su hijo, también de cuatro años, adelantara a mi pequeña en la cola del autobús porque “no pasa nada, es una niña”. Recordé la abuela que alentaba a su nieto con la exclamación “tienes que ganar porque es una niña”. Y me esforcé por dejar de recordar cuando percibí que ya hasta se me caía una lágrima al evocar a niños de cuatro años explicando de forma inocente que “el fútbol no es de niñas”.

En efecto, si esos tres ejemplos te han parecido “cosas de niños” o “tonterías infantiles”, tú también estás infectado/a. Porque el machismo es como un virus, que invade a todos los hombres, a unos más que a otros, y que según cómo se desarrolle la enfermedad va destruyendo al individuo hasta arrebatarle su humanidad; hasta convertirlo en un monstruo, en algunos casos extremos. Pero también ataca a algunas mujeres, no con el fin de deshumanizarlas, sino para poder contagiar a sus hijos.

Vivimos en una sociedad machista, no pasa nada por reconocerlo. En este tipo de entorno, la mujer que ha asimilado el machismo tendrá más oportunidades de ser aceptada socialmente que la que no tiene el virus; tendrá el reconocimiento de hombres y mujeres machistas y podrá vivir tranquila en el patriarcado. Las mujeres no machistas tendrán que enfrentarse a la exclusión, sobre todo si deciden luchar por la igualdad. Feminazis, las llamarán, entre otras lindezas.

Asaltado por todos estos pensamientos me dispuse a responder a mi hija: habrá un día de los hombres cuando haya igualdad, le conté. Le expliqué a mi pequeña que los hombres se niegan a acabar de evolucionar, temiendo que las mujeres les quiten el privilegio de ser dominantes, un privilegio que llevan ejerciendo el mismo tiempo que la naturaleza lleva intentando arrebatárselo; que no todos, pero que muchos hombres se creen mejores que las mujeres sólo por el hecho de ser hombres, sin otro argumento, lo que equivale a reconocer que eres inferior en todos aquellos parámetros que no se relacionan con el género. Le dije que ningún niño podía decirle lo que debía o no podía hacer.

No tuve valor para hablarle de asesinatos. Tampoco quise que a los cinco años empezara a oir hablar de discriminación salarial o laboral. A estas alturas lo único que me interesa es que no acepte que por ser niña tiene que ir detrás, tiene que perder o no puede jugar. Porque ya he asumido que se está educando a la próxima generación de machistas y que la consecución de la igualdad de género solo se podrá conseguir a través de una revolución. Dadle el significado que queráis al concepto.

 

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Lecciones políticas

Ya puedo decir que soy partidario de que se celebren otras elecciones, en este caso el 26 de junio, por mucho que diga Manuela Carmena. Como ya he comentado en este blog, creo que los diferentes partidos siempre han estado pensando en repetir los comicios. Ahora, además, opino que es conveniente hacerlo. Es verdad que no hace mucho que tuvimos que acudir a las urnas. Lo hicimos llamados por lo que los distintos líderes políticos nos dijeron que iban a hacer, atraídos por promesas en muchos casos inflexibles. Nos dijeros que todos querían negociar, pero con este no y con aquel tampoco. Nos propusieron políticas reformistas, de regeneración democrática, de cambio, de estabilidad y de continuidad. Nos juraron prosperidad si fulanito o manganito no gobernaba. Y votamos. A unos y a otros. Votamos menos de lo que deberíamos, pero votamos.

Pasado el tiempo, unos empezaron a decir que el país era ingobernable; otros que había que negociar; otros, que pactar. Unos negociaron con unos y otros hablaron con otros. Terceros se quedaron escuchando y cuartos, mirando. Y así llegamos al día en el que Rajoy, cual Pedro ante la cruz, se negó hasta en dos ocasiones a tratar de formar Gobierno con la excusa de que no tenía apoyos y había otro candidato que sí sumaba, no porque éste lo hubiera certificado, sino porque un tercero había sugerido un pacto unilateral. Con este preámbulo se desencadenaron los acontecimientos que ya conocemos, y que desembocaron en un acuerdo entre dos partidos que no pueden formar un Ejecutivo ellos solos, y en un Pleno de investidura fallido de momento.

Todo ello, aunque por ahora no haya dado resultados tangibles para los actores principales, ha servido para mucho. En concreto, a los ciudadanos nos ha servido para tener más información. Como decía al principio, votamos guiados por lo que nos dijeron que iban a hacer si llegaban al Gobierno, y ahora ya sabemos qué son capaces de hacer para alcanzar tal fin, a qué son capaces de renunciar y con quién están dispuestos a hacerlo. Hoy podemos decir que tenemos más datos que hace tres meses. Podemos confirmar o cambiar nuestro voto en función de lo que hayamos visto durante los últimos 60 días. El que tenga como prioridad la unidad de España sabe qué tiene que votar. A quien le importe más la reforma laboral tiene dónde elegir. El que priorice tener políticos dialogantes sabe dónde buscar.

Y no sólo sabemos con más detalles qué están dispuestos a hacer nuestros políticos, no; ahora, además, les conocemos mejor. Nos hemos podido hacer una idea más aproximada de cómo piensan y qué visión tienen de la actual coyuntura y de su propio papel en el entramado político estatal. Y esto ha sido posible gracias al debate en el Pleno de Investidura. Sí, la sesión del pasado miércoles fue uno de los actos principales de la precampaña electoral porque todos los protagonistas pronunciaron su mitin a la vez, algo que no es muy habitual en los prolegómenos de cualquier otra cita con las urnas. Les vimos menos contenidos, menos calculadores que en otros discursos electorales porque en esta cita sus rivales pudieron darles réplica.

Así, durante el debate pudimos ver a un Pedro Sánchez atrevido. Salió al estrado como el que no tienen nada que perder. El martes, en la primera sesión, se presentó en la tribuna de oradores con el impulso emprendedor de quien piensa “el no ya lo tengo”. Sánchez, ya lo avanzo, fue el verdadero vencedor del debate. Lo ganó al presentar su candidatura a la investidura, por lo que pudo dedicar sus intervenciones a hacer campaña electoral, al igual que casi todos los demás oradores. Pudo tratar a Rajoy con condescendecia, a Pablo Iglesias con paternalismo, a Albert Rivera con complicidad, a Joan Tardà con paciencia, a Francesc Homs con didactismo, a Aitor Esteban con aplomo y, en general, al resto de portavoces del grupo mixto con simpatía. De él ya sabemos que está dispuesto a aparcar algunas de sus promesas electorales por el bien de España.

Mariano Rajoy no estuvo mal. De hecho pronunció un excelente discurso a la altura de los mejores que se han escuchado de boca de un líder de la oposición. Incluso bajando al fango para bregar con el candidato a batir. Fue una intervención electoralista, en este caso al ataque, como si Rajoy tuviera que remontar los datos de sondeos aciagos. Rajoy es un hombre del siglo XXI y como tal no faltaron en su discurso alusiones a Rigodón y Fierabrás o palabras como matute o florilegio, tan en boga entre la juventud hispana. De él sabemos que no se moverá si no le damos mayoría absoluta, voto a brios.

Pablo Iglesias también estuvo muy bien. Al principio. Y en medio. Hasta que citó la cal de Felie González, vamos. Ahí la cagó y dio pie a Pedro Sánchez a venirse arriba cuando casi lo tenía acorralado. Su esfuerzo por imitar a Sánchez y ofrecer un discurso electoral le hizo desviarse del tema central, pero no se le puede pedir todo. Quizá lo más destacable a su favor fue que, por momentos, su intervención fue la propia del líder la oposición de izquierdas. De él hemos aprendido que la nueva política es como la vieja pero con otras personas.

Albert Rivera estuvo imponente. Cumplió su papel de Conseller en cap, dando detalles en su intervención de todo aquello que se le había quedado en el tintero a Sánchez en su discurso del día anterior. No le hizo falta pronunciar un mitin electoral porque su estrategia de cara a las elecciones era posicionar a Ciudadanos como lo que no es: un partido llave con el que es necesario negociar. De él hemos aprendido que, si tienes un grupo con poca capacidad de influir, hay que tratar de salir en cuantas más fotos mejor.

Joan Tardà, Francesc Homs y Aitor Esteban, muy bien los tres. Fueron al debate a hablar de sus cosicas y a todos les quedó un poco grande. Sánchez los despachó con soltura, casi sin despeinarse. De ellos hemos aprendido que, si no se cambia el sistema electoral, tenemos que hacernos nacionalistas en Asturias.

En las intervenciones de los portavoces del Grupo mixto estuvieron algunos de los mejores momentos del debate. Lo digo porque seguro que muchos habrán preferido evitar esa parte, como Rajoy, por ejemplo. Mariano, no sabes lo que te perdiste. Era tarde, pero hubo destellos brillantes, quizá debido a que los oradores apenas tenían cinco minutos para hablar y debían condensar sus ideas. Destacaré la intervención de Alberto Garzón, que sintetizó en 5 minutos lo que Pablo Iglesias no logró dejar claro en 22. También la de Isidro Martínez Oblanca, que recibió en menos de 4 minutos dos zas en toda la boca por parte de Pedro Sánchez, que dejó evidencia a Foro por criticar a Rajoy durante la pasada legislatura para acabar coaligándose con él. Muy poético todo. De todos ellos hemos aprendido que las elecciones son como el invierno de los Stark.