Feminazi

Un machista ha asesinado a su propia hija al suicidarse tirándose con ella por una ventana. Un machista joven, no uno de esos recalcitrantes viejos con olor a régimen pasado, no. Lo aclaro porque a veces mentas a un machista y tal pareciera que hablas de un acartonado personaje de torva mirada y gesto altanero, y no. Este era joven y parecía un hombre normal. La niña era un bebé, contaba un año de edad. Sucedió todo después de que el machista discutiera con su pareja. Fue, de hecho, una venganza.

Los machistas parecen personas normales. A simple vista no los reconoces. A veces saludan. Un machista puede tener hijos, porque biológicamente está capacitado para ello, pero es incapaz de ser padre. El machista es un ser egoista y cruel, condiciones ambas incompatibles con la paternidad. En caso de engendrar un hijo, el pequeño recibirá implícita o explícitamente una educación machista. Así es como se perpetúa el mal: parasitando a jóvenes inocentes. Contaminándolos. Porque un machista no nace, se hace. Y, una vez hecho, campa a sus anchas y defiende sus principios anacrónicos.

Todo esto ocurre en España, un país en el que se cualquier persona puede ser procesada por hacer un chiste sobre el asesinato de un alto cargo de una dictadura hace cuarenta años. Un cargo muy alto. Como un quinto piso más o menos. Cualquier broma sobre ese tema te puede llevar ante un juez por enaltecimiento del terrorismo. Nunca se sabe qué clase de terrorista puede estar detrás de un chascarrillo de tres al cuarto.

Sin embargo, oye, por enaltecimiento del machismo no se detiene a nadie. No sería propio. Quizá por eso cualquier mindundi puede alardear de superioridad intelectual sobre una mujer en público. Muy en público. Incluso ante los medios de comunicación. Sabe que no le van a procesar por ello. Claro, diréis, hombre, un desliz de un comentario machista no significa que luego le vaya a pegar a su pareja. No, desde luego, pero tampoco se va a dedicar a poner bombas el tuitero que diga que Carrero Blanco inventó el coche volador.

Lo cierto es que, en esta cada vez más reaccionaria sociedad, nos estamos encontrando con un progresivo endurecimieto de los límites de la libertad de expresión en beneficio, nos sugieren, de una convivencia más pacífica. Algo tan subjetivo como el odio puede ser constitutivo de un delito. El odio es malo. Es pecado. Hay que rezar unos padrenuestros. Y si lo tuiteas, al juez. Me parece bien tratar de amarrar la seguridad de todos, aunque me preocupa la pobre impresión de los ciudadanos que tienen nuestros dirigentes, según denota el nivel de la presión normativa a la que nos someten últimamente.

El caso es que el machismo esconde odio. Odio burda y ridículamente disfrazado de amor. Y todos podemos ser víctimas de ese odio. Todos. Un bebé, incluso tú, hombre que me lees, también. Y da igual cuantas muertes produzca ese odio. Da igual, nadie toma las medidas necesarias para atajarlo. Nadie legisla contra el machismo, solo contra sus consecuencias, que viene a ser como perseguir el terrorismo pero no a los terroristas.

En esta sociedad paradójica en la que no puedes llamar campeón olímpico a un alto, altísimo (como una casa) cargo de una dictadura ya podrida pero puedes llamar feminazis a las únicas personas que de verdad hacen algo para erradicar la lacra del machismo, nos encontramos con que hay quien cree que la lucha contra este problema la deberían liderar los hombres. Como si esas mujeres que llevan decenios dejándose la piel sólo para lograr algo tan obvio como la igualdad tuvieran necesidad de más guía que la de sus propia convicción.

En estas circunstancias, en las que tienes que hacer un análisis semántico y otro semiótico antes de publicar un tuit si no quieres acabar en un calabozo, las palabras se convierten en armas de doble filo. Y feminazi es un búmeran (bumerán si lo prefieres) perfecto, porque viene a definir a las mujeres que quieren que los hombres tengan los mismos derechos que ellas. Es el título que los machistas dan a quien quiere algo tan revolucionario como la igualdad.

El término lleva explícito la palabra nazi, con toda la carga negativa que ésta implica. Pero en un país en el que un gobernante puede decir que el colectivo de personas estafadas por los bancos son ETA (es decir,  son terroristas), desvirtuando completamente el peso semántico del acrónimo con el consiguiente agravio a las víctimas, y sin que pase nada, no parece descabellado asumir que quien utiliza la palabra nazi como un sufijo para tratar de ofender a una mujer también está minimizando, consciente o inconscientemente, el perverso contenido que denota y connota el término.

Y así se llega a hablar de los nazis como si de una tribu urbana se tratara. Como si fueran una parte intrínseca de la sociedad con la que puedes o no estar de acuerdo pero a la que hay que respetar. Se acepta antes a un nazi que a una feminista, como si los primeros fueran agentes dinamizadores de una cultura alternativa y las segundas quisieran quitarnos algún privilegio. Quizá ese sea el problema.

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Un pensamiento en “Feminazi

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