El futuro

Los seis muchachos de ojos estrellados y mejillas bañadas en lágrimas se ecercaban de forma incosciente a Senén, ansiosos por escuchar el final, cuando, súbitamente, la puerta se abrió permitiendo que un cuchillo de luz rasgara la atmosfera del bar.

Durante los diez segundos que aquella silueta tardó en traspasar el umbral, los corazones dejaron de latir. Todavía duró algo más la incertidumbre, hasta que la puerta se cerró sobre la oscuridad, evitando que se escaparan las sombras, y las pupilas recobraron su tamaño.

El recien llegado se acercó al grupo con una sonrisa. Senén, aliviado, pudo satisfacer a su audiencia. Hizo que una mueca precediera a su mirada y se dirigió a sus amigos: “y, entonces, explotó”.

El recién llegado observó cómo los siete muchachos se doblaban de forma automática, como queriendo cerrar el paso al alma que se escabulle de sus entrañas. Ríos de sal se escapaban de los párpados como bandoneones.

“Explotó”, alcanzó a balbucear uno de ellos entre sollozos. Y las contorsiones volvieron a adueñarse del grupo. Tardaron varios minutos en recobrar la compostura. Fue entonces cuando saludaron uno a uno al compadre que acababa de llegar.

“Qué, ¿otra ronda?”, propuso el nuevo. El grupo miró a su alrededor. Varios chicos se separaron para volver a inspeccionar el garito. Tras escudriñar las caras del resto de jóvenes, asintieron.

En total había cerca de cuarenta personas distribuidas en unas siete pandillas. Todas llorosas. Todas vigilantes. Los siete chavales abrieron el círculo para dejar sitio a otro taburete. “Vale, un chiste más. El último y nos vamos a casa”.

 

 

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Ideología de género

Nunca he estado en Polonia y no conozco la realidad del país de origen de ese eurodiputado misógino que se atreve a soltar su ideología de género en el Parlamento común amparado por la libertad de expresión. No conozco Polonia y no pretendo juzgar a todo un país, así que me limitaré a decir que los polacos han votado a una persona llena de odio para que les represente en el proceso de construcción de la hermandad europea. Como enviar a Trump a una cumbre por la paz o a un futbolista a Saber y ganar. Afortunadamente, nuestros políticos machistas no se atreven a expresar en público opiniones como las del polaco por mucha superioridad intelectual que tengan. Qué suerte tenemos.

Aunque, son pocos los ultramachistas que viven en España. Excesivos en números absolutos, quizá, pero pocos en términos relativos. Son, no obstante, los más ruidosos, aunque también los más fáciles de combatir porque su poco disimulada ideología de género carece de base o argumentos sólidos. Todo lo fían a que las cosas son así porque lo dicen sus testículos o porque siempre han sido así y, claro, se ven superados en cuanto cualquier persona les presenta una reflexión compleja. No digo que no haya que combatirlos, ojo, aunque ellos mismos se encaminen a la extinción, acorralados, incluso, por los micromachistas. El problema es que mueren matando. Ya he comentado en anteriores entradas la extrañeza que me produce que se haya encontrado una clara relación entre el odio filoterrorista y los chistes sobre dictadores de altos vuelos sin que se le acabe de ver ningún vínculo letal a la apología del machismo.

Algún día abundaré en la necesidad de considerar los discursos ultramachistas como manifestaciones de odio punible pero hoy me ocupa otro asunto no menor. Acabáis de leer, puede que que con espanto, que he considerado que los ultramachistas son pocos. Me reafirmo. Machistas, no obstante, hay muchos. Millones. Puede que decenas de millones sólo en España. El problema es que la mayoría o bien dice que no lo es o bien cree que no lo es. Y ese es el principal problema al que nos enfrentamos, porque los machistas ignorantes, por un lado, y los mentirosos, por otro, son el principal foco de propagación de esta lacra.

Son los que se proclaman, orgullosos, defensores de la igualdad, de la educación para vencer al machismo. No pocos hombres y mujeres, machistas sin saberlo, mantienen discursos de este tipo. Que si hay que concienciar a los niños, que si hay que compartir las tareas… Como si pasar la aspiradora te hiciera converger con la igualdad elevándote a un estrato moral superior. Un machista ignorante fregando deja más limpia su conciencia que los platos y, a su parecer, queda legitimado para conservar el resto de actitudes micromachistas, que le acompañan desde que fue intoxicado con ellas en su más tierna infancia. Además, este tipo de machista es capaz de condenar el ultramachismo, lo que -también a su propio parecer- le sigue legitimando para sus pequeñas hazañas micromachistas.

Así, los ultramachismos, aunque inadmisbles, se me antojan meras bufonadas en comparación con los micromachismos.Todas/os conocéis algún ejemplo. Esas niñas que deben dejar pasar primero a los niños al entrar al autobús ante la pasividad de las madres de ellos; esa condescendencia disimulada en tu puesto de trabajo; esa manía de considerar un halago determinados “piropos”; ese déjame a mí, que tú no sabes; esa educación en guerreros y princesas; ese desprecio a películas con heroínas o esas miradas y comentarios que en el día a día yo no sufro y por tanto me cuesta explicar.

No se acaba con la desigualdad sin frenar ese machismo edulcorado que impregna la estructura social; el de quien, mientras pide igualdad de género, propaga actitudes machistas, a veces sin querer y, otras, sin querer reconocerlo. Es el machismo que está enquistado, pegado al hueso y nutriéndose de él. Es la enfermedad y el ultramachismo es su síntoma. Y no habrá cura sin abrir los ojos de esos millones de personas. Miles de mujeres feministas lo intentan pero el machismo defiende bien sus privilegios ayudado por que, de vez en cuando, un payaso ultramachista deja suelto su odio para despistar.