El cruce

Sé lo que estás pensando, he visto tu futuro. Lo he saboreado. Te arruinarás. Ese proyecto te hará perder tu patrimonio. Los siguientes te endeudarán irreversiblemente.  Tus amigos tratarán de sacarte adelante pero será demasiado tarde, habrás tocado fondo. Vivirás pobre y morirás pobre. Mediocridad. Tendrás que aceptar trabajos básicos, mal pagados, para no recurrir a la caridad de los tuyos. Lo he visto. De sol a sol. Mano de obra barata. Fuerza bruta. Sudor. Lo he saboreado. Paro, precariedad, piscina municipal y sandwich de jamón. Toda tu vida. Hasta los noventa años. Vida de barrio. Anónima. Fútbol en el bar, frituras, grasa. Lo he olido. De ahí no se sale. Ninguno de tus descendientes lo hará.

Pero no tiene por qué ser así. Tu destino puede ser otro. La muerte te llegará antes, pero vivirás como un rico junto a los tuyos. Trajes, coches, esquí catalán. Lo he visto. Dinero. Más dinero. El olor de la sangre. Tus amigos te sacarán adelante, te llevarán a la cumbre. Ese reloj, ese rifle, ese traje. Brilla. Late. Está vivo. Es el poder. Las altas esferas. La urbanización de lujo. Lo he saboreado. Todo tuyo. Ese porte, esa fachada. Esa firmeza. Hasta los setenta. Veinte de tus años. Eso pido. Es el éxito. Es la vida. Lo he olido, Miguel. Sólo tienes que adorarme. Tú decides.

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Si cuentas tus sueños, no se cumplirán

He tenido mi primer enfrentamiento con mi propia muerte. Viajaba adormecido en el asiento trasero de un todocamino ajeno con la cabeza apoyada en los dos asientos delanteros, justo en medio de ambos, disfrutando de las curvas que trazaba el conductor en un cálido día de una estación por determinar. Los ojos entrecerrados placenteramente como queriendo dormir, pero sin llegar a consumar el sueño, trataban de filtrar una hermosa luz de tarde avanzada o mañana incipiente, entre una claridad confortable en todo caso. Inadvertidamente, el vehículo dibujó un ángulo ligeramente erróneo en un recodo y ya no continuó entre las líneas estampadas en el asfalto durante el resto del trayecto. La consecuncia del desajuste entre el sentido de los suaves volantazos y el de los meandros de la carretera fue una salida de la vía hacia un precipicio en cuyo fondo se mecía el mar. Cuando comprendí que el automóvil estaba condenado a caer, asumí que dejaría de existir definitivamente y acerté a pensar “es el final”. Inopinadamente, mi vida pasada no se proyectó ante mis ojos, sino la futura, la que me iba a perder una vez transcurridos los dos segundos que tardaría el coche en estrellarse. Dos segundos de vida. Sólo grité una palabra: Carla. Inmediatamente después, me desperté.

 

Los vencedores de la lucha obrera

Dentro de poco se cumplirán cuatro años del anuncio de cierre de la fábrica de amortiguadores de Tenneco, en Gijón. La planta era rentable pero la dirección de la multinacional tenía diseñado un plan de reducción de costes que despreciaba los beneficios que daba la factoría. No es que a los directivos no les interesara ganar dinero con la venta de recambios para el automóvil, sino que querían una reducción de costes de producción que aumentara, obviamente, el beneficio. Era 2013. La crisis, ya se sabe. Total, que -recapitulemos- Tenneco quería deshacerse de su planta de Gijón y llevarse todo el montaje a cualquier país del Este que garantizara salarios más bajos. Se llegó a hablar hasta de Rusia, a pesar de que EEUU y la UE habían anunciado sanciones a la patria de Putin por el conflicto con Ucrania. Todo era un esperpento.

Lo que sucedió hace ya casi 4 años es que los trabajadores lucharon por sus puestos de trabajo. Se encerarron en la fábrica para evitar la salida de las máquinas, impugnaron el ERE, denunciaron a la dirección, se movilizaron, se pusieron en contacto con dirigentes políticos locales, autonómicos, estatales y europeos, buscaron el apoyo de los vecinos y se coordinaron en una iniciativa suprasindical sin precedentes que fue el germen de la Plataforma de Trabajadores en Lucha. Todo un ejemplo de lucha de la clase obrera cuyo hito fue lograr el Vicepresidente de la Comisión Europea y Comisario de Industria, Antonio Tajani, se interesara por su caso, asesorado por su jefe de gabinete, el asturiano Diego Canga. Y Tajani Medió.

Poco a poco la coyuntura fue cambiando. El ERE fue declarado nulo y los trabajadores se mantuvieron firmes, por lo que la empresa tuvo que ir reculando y acabó desistiendo de su idea inicial de cerrar la factoría. A cambio propuso reducir la plantilla y concederse un periodo de dos años para encontrar un comprador para la fábrica. Se empezaba a ver la luz al final del Negrón. La multinacional vio concedido su deseo de aligerar costes y acabó pactando una nómina de casi la mitad de los operarios que había al inicio del conflicto. Los empleados celebraron el mantenimiento de la actividad. Era 2014 y comenzaba el plazo de dos años para la venta de la instalación.

Pura matemática: en 2016 se llevó a cabo la operación. Tras dos años de explotación de la planta con sus costes laborales menguados, Tenneco hizo caja al vender la factoría a un fondo de inversión. La idea era que las piezas que se fabricaran fueran para la propia Tenneco. Un golpe maestro para Tenneco y Quantum. La lucha de los trabajadores había logrado mantener la actividad para una parte de la plantilla y a la vez la multinacional había logrado su objetivo inicial de abaratar costes. Tenneco tiene previsto seguir sirviéndose hasta 2021 de los amortiguadores de la planta que quiso cerrar. Tal era su imperiosa necesidad de abandonar Asturias.

A falta de saber qué pasará dentro de cuatro años con la fábrica gijonesa, todo el proceso anteriormente narrado se ha cobrado algunas víctimas. Se ha perdido un centenar de puestos de trabajo por el camino. Fue el coste asumido para que la multinacional permitiera mantener la actividad hasta la consecución de la venta. También se ha perdido el espíritu de la Plataforma de Trabajadores en Lucha, desinflada cuando los obreros que la impulsaron abandonaron las barricadas para reincorporarse a sus puestos de trabajo en la construcción de amortiguadores. La Plataforma mantiene su actividad, sí, pero sin haber logrado erigirse en el mecanismo suprasindical de asistencia a los trabajadores en conflicto al que parecía aspirar.

Así, lo que nos ha quedado ha sido un triunfo parcial para los trabajadores de Tenneco, que lograron mantener la actividad con la pérdida de casi el 50% de los puestos de trabajo pero que mantienen la espada de damocles sobre su cabeza; una victoria amplia para un fondo de capital, que está recuperando lo invertido en Tenneco vendiendo su producto al mismo empresario al que compró la fábrica, y un triunfo casi total de la propia multinacional, que logra reducir sus costes a la vez que continúa suministrando a sus clientes un producto de primera calidad. La lucha obrera siempre acaba en victoria.