Las tres voladuras de Cascos

Francisco Álvarez-Cascos ha dinamitado, queriendo o sin querer, en tres ocasiones distintas el partido en el que milita. Que sepamos. Y en todas hubo bajas. Y en todas estuvo Isidro Martínez Oblanca. La primera se remonta al año 2003, tiempo en el que nuestro protagonista todavía hacía valer sus galones de General Secretario del por aquel entonces todopodero Partido Popular. Cascos era poderoso dentro del poderoso partido, pero aún así se preocupaba por las minucias de la Junta Local Popular en la que una vez estuvo afiliado. Es lo que tiene el poder, que te obliga a querer controlarlo todo. Y no iba a ser menos en aquel capítulo de la historia del PP gijonés en el que se mezclaron la confección -como no- de una lista electoral que iba a encabezar Martínez Oblanca (Presidente de la Junta local del PP), las presiones a dicho presidente para configurar la candidatura y los tejemanejes tanto del Partido Popular asturiano como los del propio por aquel entonces Ministro.

Hubo de todo, pero digamos que el saldo de bajas comenzó con las dimisones de los presionantes concejales “casquistas” Alicia Fernández Armayor (portavoz del Grupo Municipal), José Manuel Losa y José Luís Díaz Oliveira, y del presionado presidente de la formación y candidato, el ya dos veces citado Oblanca. Hay que destacar que Isidro se fue, sí, pero al Senado, donde tenía plaza. Por resumir un poco: Los populares gijoneses no tenían ni líder, ni candidato ni Grupo Municipal a pocos meses para las elecciones. Un gabinete de crisis llevó a Pilar Fernández Pardo a liderar tanto la lista electoral como el partido. Fue la elegida por tres razones: 1) Iba a ir en la parte alta de la lista de todas formas 2) Estaba muy bien considerada tanto entre sus compañeros como entre sus rivales y 3) Fue la primera que aceptó después de que se hubiese ofrecido la responsabilidad a otros/as destacados/as líderes/esas del PP gijonés menos audaces.

A Cascos aquello no le gustó nada y decidió hacerle oposición a Pardo desde el minuto uno. Y eso a pesar de que la médico y abogada mejoró los resultados electorales de su partido en Gijón contra todo pronóstico. Pero eso de las elecciones es un asunto accesorio cuando de lo que hablamos es de poder. El casquismo quería recuperarlo en la ciudad sin esperar a que finalizara el año y aquel mismo 2003 presentó batalla en el congreso en el que se renovaría oficialmente la dirección de los populares. El candidato del Ministro fue Lucas Domingo, un hombre simpático que cosechó una inesperada derrota ante Pilar Fernández Pardo, quien se presentaba para revalidar su mandato. Pilar ganó aquel Congreso y el siguiente por mayor diferencia de votos. Y el siguiente, porque ya no hubo adversario. Fernández-Pardo surgió de la primera voladura de Cascos a su partido y se iría con la segunda.

Fue, como la primera, a principios de año, pero en 2011, y también por culpa de una candidatura electoral. Cascos quería liderar la del Partido Popular en Asturias pero el PP, no. Bueno, la parte del PP que mandaba en el Principado, no; la otra estaba encantada de su regreso. El exministro no es dado a primarias y congresos en los que tendría que medirse a otros aspirantes. Él quería liderar la lista y la formación por aclamación pero, como no fue así, montó un partido que llevaría sus siglas, que presidiría y cuya candidatura encabezaría con éxito: Foro Asturias Ciudadanos. Fue su voladura política más exitosa, no sólo porque ganó las elecciones, sino porque hundió a su rival, el PP, tanto en la Junta General del Principado como en el ayuntamiento de Gijón. Y fue una voladura que produjo un efecto inverso al de la primera: Isidro Martínez Oblanca volvió a la política reclamado por el carismático líder.

Ironías de la vida, Cascos, que se había tirado años intentando apear a Pilar Fernández Pardo del sillón de la Junta Local del PP de la Villa de Jovellanos sin conseguirlo, lo logró indirectamente una década después, ya que fue el partido que fundó al salir del PP el que dio la excusa a los populares para defenestrar a Pardo. Y, circunstancias de la vida, la Presidenta del PP asturiano que le dio la estocada fue la que fuera gran aliada de Francisco Álvarez Cascos una década atrás: la excandidata a la alcaldía de Gijón, exdelegada del Gobierno en Asturias y exsíndica, Mecedes Fernández. Recordemos brevemente que a Pardo se la cargaron por apoyar desde un exiguo grupo municipal popular a Foro para evitar que el Psoe gobernara en Gijón.

La tercera voladura del PAC, perdón, de FAC, ocurrió esta semana y todavía no tenemos todos los datos. Pero, siempre según la Presidenta del partido que fundó el exministro (llamado ahora escuetamente Foro), Cristina Coto, Francisco Álvarez-Cascos (que es General Secretario de la citada formación) la habría desautorizado por tomar una decisión de forma unilateral. Ni que fuera la presidenta o algo así. Esto es ser genio y figura hasta la sepultura. La sepultura de tu partido, quiero decir.

Es cierto que el declive de Foro ya había empezado el mismo momento que ganó las elecciones. Cascos formo un gobierno en minoría, no logró pactar nada en la Junta General del Principado, elaboró unos presupuestos que fueron criticados hasta por la patronal y tuvo que llamar a las urnas nuevamente. Perdió por los pelos, pero cavó su propia tumba, lo que le vendría muy bien para enterrar todos los éxitos logrados debajo de los resultados de los siguientes comicios: tres diputados y gracias. De gobernar a la irrelevancia en tres sencillos pasos: 1) Obtenga el poder 2) Ejerza el poder 3) Dinamite con ese poder.

 

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Debate sobre la gestión de los tiempos electorales. Acto I

Corrupción hay en todas partes. Dicho en el bar, entre compadres ebrios, luces tenues y música hortera, parece el típico chascarrillo previo a un trago, pero habiendo salido la frase de la boca del Presidente del Gobierno en sede parlamentaria, deja en el aire la pregunta de si debemos empezar a asumir la corrupción como éndémica y crónica. Quién sabe, igual haríamos bien aceptándolo más pronto que tarde. Quizá nos iría mejor si fuésemos todos corruptos.

La cosa es que Mariano Rajoy asume como inevitable que “corrupción hay en todas partes” en un discurso a la defensiva en el debate de la segunda moción de censura a la que se tiene que enfrentar desde que no tiene una mayoría absoluta aplastante. Una moción de censura que no se presenta por ser el de Rajoy un partido corrupto, sino porque -según una sentencia- se ha beneficiado de la corrupción, que no es lo mismo por similar que parezca.

El debate fue breve. Duró lo que tardó el candidato, Pedro Sánchez en este caso, en comprometerse a gobernar con el Presupuesto aprobado en el Congreso y elaborado y negociado por el Partido Popular a la medida del partido que tiene la llave para desalojar a Mariano Rajoy de Moncloa: el PNV. Después de eso, todo cuesta abajo. Las horas de la basura.

Y eso que el duelo diálectico prometía. Lo abrió José Luís Ábalos, portavoz socialista y encargado de presentar y exponer la moción. Y no lo hizo mal hasta que cometió el error de bajar al fango a pelear con un curtido Rajoy que sacó provecho de la distancia corta en el intercambio de imputados por parte de ambos partidos. Se siente cómodo el todavía presidente en esa lid. Se gusta. Le permite tirar de ironía, sacar la hemeroteca y, en definitiva, ser públicamente ese socarrón que ya muchos intuímos es en la intimidad.

Y así esperó Mariano las embestidas de Sánchez. Con la guardia alta tras haber sacudido a Ábalos, la sonrisa presta y el desafío en la mirada. Pero la embestida de Sánchez no llegó. El candidato se plantó con un tono neutro y sin aspavientos sugirió a Rajoy que dimitiese. Acto seguido anunció que gobernaría con los presupuestos que hacen grandes concesiones a los nacionalistas vascos y ahí se acabó todo. Rajoy se empezó a desmoronar un poco. Dejó de espererar con la guardia alta y se vio obligado a pasar al ataque. Y no le fue bien.

No le fue bien porque ya todo el mundo sabe que va a tirar de hemeroteca para poder recurrir a su ya consabido “fin de la cita”. Pero, sobre todo, porque sus citas son un arma de doble filo. Lo son porque quiso dejar en evidencia a Sánchez -como antes quiso hacer con Ábalos- recordando algunas de las píldoras que el del Psoe dedicó en su día a los partidos que deben apoyar la moción de censura. Recordó las críticas del socialista a los independentistas catalanes, a los nacionalistas vascos o a Podemos. Perlas que, por otra parte, no distan mucho de lo que el propio Rajoy y su partido han dicho de esos mismos actores.

Es decir, el PP, que critica a los partidos catalanes, intenta dejar en evidencia al Psoe por criticar a los partido catalanes. O Rajoy, que critica a Podemos, trata de descreditar a Pedro Sánchez por haber criticado a Podemos. No se da cuenta el presidente que tratar de dividir a sus oponentes no le va a granjear adhesiones. Como mucho logrará que voten a favor de la moción de censura con los ojos cerrados y una pinza en la nariz, lo que no impediría su salida de Moncloa.

La resolución a todo, como sabemos, la tendremos en la votación de mañana. Eso si se llega a producir, porque si esta tarde el PNV hace pública su intención de votar a favor de la moción de censura, y el resto de partidos confirman una elección similar, Rajoy podría pensar en la dimisión de forma seria, algo que ayer era plausible, a media mañana de hoy parecía imposible pero que ya no es descartable. Todo dependerá de cómo vaya a conjugar sus intereses electorales particulares, que es de lo que va todo esto. Manejar los tiempos en tiempos revueltos. La razón por la que Ciudadanos rechaza apoyar la moción. Netflix debería hacer una serie con eso.

Desesperanza

El rey pronunció ayer el típico discurso que se espera de él en una coyuntura como la actual. Instó a los poderes del Estado a reestablecer el orden constitucional y consideró inaceptable el movimiento rupturista catalán. Lo esperado. Teniendo en cuenta que apelar al diálogo habría sido tanto como reconocer la legitimidad de las distintas partes, el fondo de su mensaje estaba definido de antemano. Lo que no estaba claro era qué forma iba a adoptar. Optó por la dureza contenida. Intentó asumir un discurso severo, admonitorio pero no estricto. En mi humilde opinión, debe practicar un poco más.

Dicen por ahí que el rey no se dirigió a todos los españoles, algo con lo que discrepo. Sí es verdad que la comunicación verbal iba dirigida sólo a una parte de ellos, pero también hay mensajes en la comunicación no verbal. No pretenderéis que quien debe ser imparcial salga delante de todos los españoles y diga que no le gusta la postura adoptada por el Psoe o Podemos. Obviamente, su mensaje para ellos fue el silencio y el respaldo a la postura defendida mucho más debilmente, pero con anterioridad, por Mariano Rajoy. Un respaldo afilado, ya que del “esto no ha sido un referéndum” de Mariano al “situación de extrema gravedad” del monarca hay un abismo.

Precisamente, el Presidente del Gobierno había tenido la oportunidad hace pocos días de dirigirse al país de forma parecida pero su discurso fue desolador. Primero porque él si que tenía potestad para apelar al diálogo político de las partes y lo único que hizo fue pedir escuderos para la batalla. Es sabido que a Rajoy le gusta que le dejen gobernar como si tuviera mayoría absoluta, y de la misma forma aprecia que le respalden haga lo que haga (o aunque no lo haga) como si tuvierá la razón única. Sin embargo sus palabras llegaron tarde y mal, y evidenciaron que el Gobierno iba al rebufo del Govern.

Así que el rey salió un poco al rescate de Rajoy para concretar el mensaje de unidad del Estado, para obviar conscientemente a los independentistas a modo de mensaje y para tratar de tranquilizar a los españoles de bien. Yo sí creo que se dirió a todos los españoles. Lo que no tengo tan claro es que todos los españoles se hayan sentido identificados con el mensaje. Y para mí ese es el problema. Que hay gente que, aunque reconoce que la Generalitat se ha saltado la Ley y quiere aplicar una DUI en base a un referendum que irregular es poco, quiere solucionar esta crisis dialogando. Hay gente que cree que se puede apelar todavía a la política antes que a la fuerza del Estado, aunque Puigdemont y Junqueras no se lo merezcan.

Esos españoles son considerados fascistas por los soberanistas, independentistas por los partidarios del 155 y equidistantes por Twitter. Y son, desde mi punto de vista, el colectivo que ha resultado peor parado tras el discurso del rey. Porque, a los idependentistas las palabras de Felipe VI les ha dado argumentos; a los defensores del 155 les ha dado fuerza; a los partidos políticos, un toque de atención, pero a los españoles que quieren que sus dirigentes se sienten a hablar sólo les ha dado desesperanza.

 

 

La batalla de la comunicación

Por mucho que no sea veraz, un mensaje no deja de ser un mensaje. Y en las batallas de la comunicación, sobre todo en política, que los mensajes digan verdades o mentiras es accesorio, dado que en este tipo de terrenos el fin suele justificar los medios. La guerra de comunicación se libra con mensajes, no con verdades. Es por eso que -partiendo de esta premisa- creo que el Gobierno central ha perdido la batalla de la comunicación contra el Govern de la Generalitat este 1-O.

Es cierto que Moncloa partía en desventaja. Para imponerse en una guerra de comunicación es importante contar con mensajes y canales, y en esta ocasión ambas partes contaron con ellos, pero es más sencillo vencer en esta lid cuando tienes definidos menos receptores de tus mensajes.  Es decir, mientras los de Rajoy tenían como receptores a los catalanes independentistas, los catalanes no independentistas pero partidarios de votar, los catalanes unionistas, los españoles afines, los españoles no afines pero contrarios al referendum, los españoles no afines y partidarios del referendum y la comunidad internacional, Puigdemont y los suyos sólo se esforzaron por enviar mensajes a los catalanes independentistas, a los catalanes no independentistas pero partidarios del derecho a votar y a la comunidad internacional. Obviamente, sus posibilidades de éxito son estadísticamente mayores.

El emisor Moncloa debe dirigirse a un número mayor de receptores porque el Estado debe emitir mensajes para todos sus súbditos. Para todos. Aunque ellos no se sientan súbditos. El emisor soberanista se dirige sólo a los emisores que le interesan porque su objetivo de comunicación le permite discriminar. Es decir, mientras que Madrid debe emitir mensajes para todos los receptores a sabiendas de que van a ser rechazados por buena parte de ellos, Barcelona escoge mensajes diseñados para sus receptores selectos porque le da igual lo que piensen el resto.

Luego, si el eje de comunicación de los soberanistas es “Somos unos demócratas a los que no dejan expresarse en libertad y estamos reprimidos por la violencia del Estado”, sea o no sea esto verdad, el mensaje tiene muchas probabilidades de triunfar porque sólo pretende alcanzar a tres colectivos bien diferenciados que luego deberán interpretarlo en función del código utilizado y las interferencias. Unos lo asumirán sin rechistar por convicción emocional e ideológica, otros lo interpretarán en base a la coyuntura.

Así (siguiendo con el ejemplo aleatorio expuesto), si el citado eje de comunicación formara parte de un plan de comunicación cuyo objetivo fuera fomentar el independentismo dentro de las fronteras de Cataluña y aumentar la simpatía por este proceso soberanista fuera de las fronteras de España, todos los mensajes diseñados bajo ese eje irán encaminados a reforzar el objetivo último del plan de comunicación. Concluido el periodo de vigencia que se le haya querido dar al plan, se hará balance de los éxitos o fracasos del mismo. En virtud de los episodios violentos que todavía estamos viendo hoy en cataluña, no sería descabellado que los mensajes hayan logrado el efecto deseado en buena parte de los receptores que la Generalitat ha escogido. Obviamente, en el resto no, pero eso a los partidarios del Procès les da igual. Así, los independentistas verán reforzada su postura, los catalanes no independentistas se verán más lejos de tomar la mano del Estado y la comunidad internacional, al menos en lo que le toca a la opinión pública, verá al independentismo catalán como a un colectivo acosado.

El Estado, por su parte, podría haber diseñado un plan de comunicación para reafirmar la inquebrantable unidad de una España democrática y libre. Para ello podría haber elegido como eje de comunicación “El Procès es ilegal, Cataluña es España y el Govern ha secuestrado al Parlament”.  No ahondaré en la ilegalidad del Procès ni en la ilegitimidad de los resultados del referéndum, insisto. El Gobierno Central puede decir la verdad en sus mensajes pero esto no es lo que importa en este análisis. Lo que sí está claro es que sus mensajes chocan de plano con los catalanes independentistas y con los españoles no afines partidarios del referéndum. Además, su eje de comunicación encuentra resistencia en los catalanes no independentistas que quieren votar. De mano, el plan de comunicación de Moncloa se encuentra con que casi la mitad de sus receptores son reacios a interpretar el mensaje.

Teniendo en cuenta que a los afines ya los tiene ganados sea cual sea el mensaje, Rajoy se encuentra con que su principal baza de comunicación está en ganarse al receptor comunidad internacional. Políticamente ya lo tiene hecho, pero aquí analizamos el proceso de comunicación, y por comunidad internacional entendemos también a la opinión pública del resto de Estados interesados en la política interna española. Los mensajes para estos receptores llegan en general por medio de menos canales, con más interferencias y, en muchas ocasiones, con problemas con el código. Inernet, la Redes Sociales… La información fluye. Contaminada, sesgada, manipulada. Pero fluye. El receptor lo sabe, tampoco es tonto, pero las fuentes fiables, aunque le cuenten que no habrá interventores en las mesas electorales para verificar la validez de los votos, aunque le digan que no hay censo o que los partidarios del No no van a ir a votar, le digan lo que le digan, no le van a causar más impacto que la imagen de policías cargando para retirar urnas, un poderoso mensaje que refrenda el eje de comunicación independentista y sólo encuentra justificación en los colectivos más férreamente identificados con la unidad del Estado a cualquer costa.

Al Gobierno Central quizá le hubiera ido mejor con el eje de comunicación “El Govern no quiere dialogar, pretende sacar a la totalidad de los catalanes de España de forma antidemocrática y totalitaria cuando más del 50% no le apoya”, lo que pasa es que para eso habría sido necesario incluir en el plan de comunicación incontables y reiterados llamamientos al diálogo, cosa que no se ha producido. En la batalla por la comunicación no importa lo demócrata que seas, sino lo demócrata que consigas que los receptores de tus mensajes crean que eres. Por eso hay que planearla bien antes de empezar.

El Govern inició una huída hacia delante precipitada que fue reconduciendo hasta llegar al día de hoy. El Gobierno Central ha dejado que las cosas se fueran resolviendo sólas, por la vía judicial más que por la política, en la convicción de que la Ley estaba de su parte. El resultado de ambas posturas lo hemos visto hoy, un día en el que ha finalizado una batalla de la comunicación y ha comenzado otra.

Tengamos el derbi en paz

En la vida hay muchas cosas que son obligatorias y el fútbol no es una de ellas. Si no te gusta ver a tu equipo perder, no vayas al campo; si no te gusta verlo empatar, no vayas al partido. Son cuestiones básicas, aunque en los tiempos que corren no está de más recordarlas de vez en cuando. Que no te gustan los derbis, no los veas; que no soportas que tu equipo pueda llegar a perder contra el eterno rival, enciérrate en casa durante 90 minutos o 15 días.

Si el fútbol fuera ganar partidos, sólo habría dos equipos con aficionados. Afortunadamente es mucho más. Es pasión por los colores, identificación con unos valores, ganas de sentir. Ir al fútbol es querer sentir. Sentir euforia, sentir la camaradería de los tuyos, el calor de una victoria, aunque también la decepción de la derrota. El fútbol te hace sentir el pack completo, no te deja escoger. Si no estás dispuesto a sentir el amargor de una goleada en contra, olvida este deporte.

Un derbi es un partido de fútbol concentrado que no es necesario diluir. Dura las dos semanas que van desde el lunes previo hasta el viernes posterior al encuentro. Esto es así porque es el único partido que también juega la afición. En la calle, en el trabajo, en casa… Todos conocemos a alguien que anima al rival. Todos sabemos lo que le diremos si gana nuestro equipo. Todos sabemos lo que nos caerá si gana el contrario. Ha sido así durante decenios y no entiendo por qué ahora hay quien se empeña en cambiarlo.

Quitarle la rivalidad al derbi es como rebajar el Vega Sicilia con agua. Peor aún, con gaseosa. La rivalidad no es un concepto mensurable. No existe una escala a la que se pueda ir ajustando. Hay rivalidad o no la hay. O existe un partido especial entre enemigos íntimos o, con todos mis respetos para el citado, convertimos el derbi en un encuentro más, como el que nos enfrentará algún día al Lorca.

Así que si no puedes afrontar las decepciones, si no estás dispuesto a bajar al fango a levantar a los tuyos, si dices que tu equipo no necesita ganar el derbi porque lo importante es que sigue vivo, si crees que tu equipo es superior sólo porque ha estado más arriba un tiempo determinado, si opinas que tu afición es mejor porque tiene más abonados sin tener en cuenta el tamaño de las ciudades que albergan a los clubes que comparas, si te ofenden unas camisetas o si estás dispuesto a emplear la violencia en defensa de tus creencias deportivas, seas del equipo que seas, te tengo que decir que a ti no te gusta el derbi y no sé si siquiera el fútbol.

El derbi requiere valor. Coraje. Es necesario para superar los nervios previos. Es imprescindible para soportar el chaparrón si pierden los tuyos. Es innegociable para evitar las provocaciones violentas. Para no buscar justificaciones retorcidas en la derrota. Para no denostar con condescendencia la alegría del otro. El derbi sólo gusta a los valientes. Puedes estar preparado para el fútbol pero no dar la talla para el derbi. Querrás entonces rebajar la rivalidad para hacer un partido a tu medida. Insulso. Abúlico. Plano. Te receto que veas sólo partidos de Champions de equipos lejanos y, a ser posible, por la tele. Déjanos el derbi y los partidos con pasión a los que nos gusta vivirlos en paz.

El cruce

Sé lo que estás pensando, he visto tu futuro. Lo he saboreado. Te arruinarás. Ese proyecto te hará perder tu patrimonio. Los siguientes te endeudarán irreversiblemente.  Tus amigos tratarán de sacarte adelante pero será demasiado tarde, habrás tocado fondo. Vivirás pobre y morirás pobre. Mediocridad. Tendrás que aceptar trabajos básicos, mal pagados, para no recurrir a la caridad de los tuyos. Lo he visto. De sol a sol. Mano de obra barata. Fuerza bruta. Sudor. Lo he saboreado. Paro, precariedad, piscina municipal y sandwich de jamón. Toda tu vida. Hasta los noventa años. Vida de barrio. Anónima. Fútbol en el bar, frituras, grasa. Lo he olido. De ahí no se sale. Ninguno de tus descendientes lo hará.

Pero no tiene por qué ser así. Tu destino puede ser otro. La muerte te llegará antes, pero vivirás como un rico junto a los tuyos. Trajes, coches, esquí catalán. Lo he visto. Dinero. Más dinero. El olor de la sangre. Tus amigos te sacarán adelante, te llevarán a la cumbre. Ese reloj, ese rifle, ese traje. Brilla. Late. Está vivo. Es el poder. Las altas esferas. La urbanización de lujo. Lo he saboreado. Todo tuyo. Ese porte, esa fachada. Esa firmeza. Hasta los setenta. Veinte de tus años. Eso pido. Es el éxito. Es la vida. Lo he olido, Miguel. Sólo tienes que adorarme. Tú decides.

Si cuentas tus sueños, no se cumplirán

He tenido mi primer enfrentamiento con mi propia muerte. Viajaba adormecido en el asiento trasero de un todocamino ajeno con la cabeza apoyada en los dos asientos delanteros, justo en medio de ambos, disfrutando de las curvas que trazaba el conductor en un cálido día de una estación por determinar. Los ojos entrecerrados placenteramente como queriendo dormir, pero sin llegar a consumar el sueño, trataban de filtrar una hermosa luz de tarde avanzada o mañana incipiente, entre una claridad confortable en todo caso. Inadvertidamente, el vehículo dibujó un ángulo ligeramente erróneo en un recodo y ya no continuó entre las líneas estampadas en el asfalto durante el resto del trayecto. La consecuncia del desajuste entre el sentido de los suaves volantazos y el de los meandros de la carretera fue una salida de la vía hacia un precipicio en cuyo fondo se mecía el mar. Cuando comprendí que el automóvil estaba condenado a caer, asumí que dejaría de existir definitivamente y acerté a pensar “es el final”. Inopinadamente, mi vida pasada no se proyectó ante mis ojos, sino la futura, la que me iba a perder una vez transcurridos los dos segundos que tardaría el coche en estrellarse. Dos segundos de vida. Sólo grité una palabra: Carla. Inmediatamente después, me desperté.