Desesperanza

El rey pronunció ayer el típico discurso que se espera de él en una coyuntura como la actual. Instó a los poderes del Estado a reestablecer el orden constitucional y consideró inaceptable el movimiento rupturista catalán. Lo esperado. Teniendo en cuenta que apelar al diálogo habría sido tanto como reconocer la legitimidad de las distintas partes, el fondo de su mensaje estaba definido de antemano. Lo que no estaba claro era qué forma iba a adoptar. Optó por la dureza contenida. Intentó asumir un discurso severo, admonitorio pero no estricto. En mi humilde opinión, debe practicar un poco más.

Dicen por ahí que el rey no se dirigió a todos los españoles, algo con lo que discrepo. Sí es verdad que la comunicación verbal iba dirigida sólo a una parte de ellos, pero también hay mensajes en la comunicación no verbal. No pretenderéis que quien debe ser imparcial salga delante de todos los españoles y diga que no le gusta la postura adoptada por el Psoe o Podemos. Obviamente, su mensaje para ellos fue el silencio y el respaldo a la postura defendida mucho más debilmente, pero con anterioridad, por Mariano Rajoy. Un respaldo afilado, ya que del “esto no ha sido un referéndum” de Mariano al “situación de extrema gravedad” del monarca hay un abismo.

Precisamente, el Presidente del Gobierno había tenido la oportunidad hace pocos días de dirigirse al país de forma parecida pero su discurso fue desolador. Primero porque él si que tenía potestad para apelar al diálogo político de las partes y lo único que hizo fue pedir escuderos para la batalla. Es sabido que a Rajoy le gusta que le dejen gobernar como si tuviera mayoría absoluta, y de la misma forma aprecia que le respalden haga lo que haga (o aunque no lo haga) como si tuvierá la razón única. Sin embargo sus palabras llegaron tarde y mal, y evidenciaron que el Gobierno iba al rebufo del Govern.

Así que el rey salió un poco al rescate de Rajoy para concretar el mensaje de unidad del Estado, para obviar conscientemente a los independentistas a modo de mensaje y para tratar de tranquilizar a los españoles de bien. Yo sí creo que se dirió a todos los españoles. Lo que no tengo tan claro es que todos los españoles se hayan sentido identificados con el mensaje. Y para mí ese es el problema. Que hay gente que, aunque reconoce que la Generalitat se ha saltado la Ley y quiere aplicar una DUI en base a un referendum que irregular es poco, quiere solucionar esta crisis dialogando. Hay gente que cree que se puede apelar todavía a la política antes que a la fuerza del Estado, aunque Puigdemont y Junqueras no se lo merezcan.

Esos españoles son considerados fascistas por los soberanistas, independentistas por los partidarios del 155 y equidistantes por Twitter. Y son, desde mi punto de vista, el colectivo que ha resultado peor parado tras el discurso del rey. Porque, a los idependentistas las palabras de Felipe VI les ha dado argumentos; a los defensores del 155 les ha dado fuerza; a los partidos políticos, un toque de atención, pero a los españoles que quieren que sus dirigentes se sienten a hablar sólo les ha dado desesperanza.

 

 

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La batalla de la comunicación

Por mucho que no sea veraz, un mensaje no deja de ser un mensaje. Y en las batallas de la comunicación, sobre todo en política, que los mensajes digan verdades o mentiras es accesorio, dado que en este tipo de terrenos el fin suele justificar los medios. La guerra de comunicación se libra con mensajes, no con verdades. Es por eso que -partiendo de esta premisa- creo que el Gobierno central ha perdido la batalla de la comunicación contra el Govern de la Generalitat este 1-O.

Es cierto que Moncloa partía en desventaja. Para imponerse en una guerra de comunicación es importante contar con mensajes y canales, y en esta ocasión ambas partes contaron con ellos, pero es más sencillo vencer en esta lid cuando tienes definidos menos receptores de tus mensajes.  Es decir, mientras los de Rajoy tenían como receptores a los catalanes independentistas, los catalanes no independentistas pero partidarios de votar, los catalanes unionistas, los españoles afines, los españoles no afines pero contrarios al referendum, los españoles no afines y partidarios del referendum y la comunidad internacional, Puigdemont y los suyos sólo se esforzaron por enviar mensajes a los catalanes independentistas, a los catalanes no independentistas pero partidarios del derecho a votar y a la comunidad internacional. Obviamente, sus posibilidades de éxito son estadísticamente mayores.

El emisor Moncloa debe dirigirse a un número mayor de receptores porque el Estado debe emitir mensajes para todos sus súbditos. Para todos. Aunque ellos no se sientan súbditos. El emisor soberanista se dirige sólo a los emisores que le interesan porque su objetivo de comunicación le permite discriminar. Es decir, mientras que Madrid debe emitir mensajes para todos los receptores a sabiendas de que van a ser rechazados por buena parte de ellos, Barcelona escoge mensajes diseñados para sus receptores selectos porque le da igual lo que piensen el resto.

Luego, si el eje de comunicación de los soberanistas es “Somos unos demócratas a los que no dejan expresarse en libertad y estamos reprimidos por la violencia del Estado”, sea o no sea esto verdad, el mensaje tiene muchas probabilidades de triunfar porque sólo pretende alcanzar a tres colectivos bien diferenciados que luego deberán interpretarlo en función del código utilizado y las interferencias. Unos lo asumirán sin rechistar por convicción emocional e ideológica, otros lo interpretarán en base a la coyuntura.

Así (siguiendo con el ejemplo aleatorio expuesto), si el citado eje de comunicación formara parte de un plan de comunicación cuyo objetivo fuera fomentar el independentismo dentro de las fronteras de Cataluña y aumentar la simpatía por este proceso soberanista fuera de las fronteras de España, todos los mensajes diseñados bajo ese eje irán encaminados a reforzar el objetivo último del plan de comunicación. Concluido el periodo de vigencia que se le haya querido dar al plan, se hará balance de los éxitos o fracasos del mismo. En virtud de los episodios violentos que todavía estamos viendo hoy en cataluña, no sería descabellado que los mensajes hayan logrado el efecto deseado en buena parte de los receptores que la Generalitat ha escogido. Obviamente, en el resto no, pero eso a los partidarios del Procès les da igual. Así, los independentistas verán reforzada su postura, los catalanes no independentistas se verán más lejos de tomar la mano del Estado y la comunidad internacional, al menos en lo que le toca a la opinión pública, verá al independentismo catalán como a un colectivo acosado.

El Estado, por su parte, podría haber diseñado un plan de comunicación para reafirmar la inquebrantable unidad de una España democrática y libre. Para ello podría haber elegido como eje de comunicación “El Procès es ilegal, Cataluña es España y el Govern ha secuestrado al Parlament”.  No ahondaré en la ilegalidad del Procès ni en la ilegitimidad de los resultados del referéndum, insisto. El Gobierno Central puede decir la verdad en sus mensajes pero esto no es lo que importa en este análisis. Lo que sí está claro es que sus mensajes chocan de plano con los catalanes independentistas y con los españoles no afines partidarios del referéndum. Además, su eje de comunicación encuentra resistencia en los catalanes no independentistas que quieren votar. De mano, el plan de comunicación de Moncloa se encuentra con que casi la mitad de sus receptores son reacios a interpretar el mensaje.

Teniendo en cuenta que a los afines ya los tiene ganados sea cual sea el mensaje, Rajoy se encuentra con que su principal baza de comunicación está en ganarse al receptor comunidad internacional. Políticamente ya lo tiene hecho, pero aquí analizamos el proceso de comunicación, y por comunidad internacional entendemos también a la opinión pública del resto de Estados interesados en la política interna española. Los mensajes para estos receptores llegan en general por medio de menos canales, con más interferencias y, en muchas ocasiones, con problemas con el código. Inernet, la Redes Sociales… La información fluye. Contaminada, sesgada, manipulada. Pero fluye. El receptor lo sabe, tampoco es tonto, pero las fuentes fiables, aunque le cuenten que no habrá interventores en las mesas electorales para verificar la validez de los votos, aunque le digan que no hay censo o que los partidarios del No no van a ir a votar, le digan lo que le digan, no le van a causar más impacto que la imagen de policías cargando para retirar urnas, un poderoso mensaje que refrenda el eje de comunicación independentista y sólo encuentra justificación en los colectivos más férreamente identificados con la unidad del Estado a cualquer costa.

Al Gobierno Central quizá le hubiera ido mejor con el eje de comunicación “El Govern no quiere dialogar, pretende sacar a la totalidad de los catalanes de España de forma antidemocrática y totalitaria cuando más del 50% no le apoya”, lo que pasa es que para eso habría sido necesario incluir en el plan de comunicación incontables y reiterados llamamientos al diálogo, cosa que no se ha producido. En la batalla por la comunicación no importa lo demócrata que seas, sino lo demócrata que consigas que los receptores de tus mensajes crean que eres. Por eso hay que planearla bien antes de empezar.

El Govern inició una huída hacia delante precipitada que fue reconduciendo hasta llegar al día de hoy. El Gobierno Central ha dejado que las cosas se fueran resolviendo sólas, por la vía judicial más que por la política, en la convicción de que la Ley estaba de su parte. El resultado de ambas posturas lo hemos visto hoy, un día en el que ha finalizado una batalla de la comunicación y ha comenzado otra.

Los vencedores de la lucha obrera

Dentro de poco se cumplirán cuatro años del anuncio de cierre de la fábrica de amortiguadores de Tenneco, en Gijón. La planta era rentable pero la dirección de la multinacional tenía diseñado un plan de reducción de costes que despreciaba los beneficios que daba la factoría. No es que a los directivos no les interesara ganar dinero con la venta de recambios para el automóvil, sino que querían una reducción de costes de producción que aumentara, obviamente, el beneficio. Era 2013. La crisis, ya se sabe. Total, que -recapitulemos- Tenneco quería deshacerse de su planta de Gijón y llevarse todo el montaje a cualquier país del Este que garantizara salarios más bajos. Se llegó a hablar hasta de Rusia, a pesar de que EEUU y la UE habían anunciado sanciones a la patria de Putin por el conflicto con Ucrania. Todo era un esperpento.

Lo que sucedió hace ya casi 4 años es que los trabajadores lucharon por sus puestos de trabajo. Se encerarron en la fábrica para evitar la salida de las máquinas, impugnaron el ERE, denunciaron a la dirección, se movilizaron, se pusieron en contacto con dirigentes políticos locales, autonómicos, estatales y europeos, buscaron el apoyo de los vecinos y se coordinaron en una iniciativa suprasindical sin precedentes que fue el germen de la Plataforma de Trabajadores en Lucha. Todo un ejemplo de lucha de la clase obrera cuyo hito fue lograr el Vicepresidente de la Comisión Europea y Comisario de Industria, Antonio Tajani, se interesara por su caso, asesorado por su jefe de gabinete, el asturiano Diego Canga. Y Tajani Medió.

Poco a poco la coyuntura fue cambiando. El ERE fue declarado nulo y los trabajadores se mantuvieron firmes, por lo que la empresa tuvo que ir reculando y acabó desistiendo de su idea inicial de cerrar la factoría. A cambio propuso reducir la plantilla y concederse un periodo de dos años para encontrar un comprador para la fábrica. Se empezaba a ver la luz al final del Negrón. La multinacional vio concedido su deseo de aligerar costes y acabó pactando una nómina de casi la mitad de los operarios que había al inicio del conflicto. Los empleados celebraron el mantenimiento de la actividad. Era 2014 y comenzaba el plazo de dos años para la venta de la instalación.

Pura matemática: en 2016 se llevó a cabo la operación. Tras dos años de explotación de la planta con sus costes laborales menguados, Tenneco hizo caja al vender la factoría a un fondo de inversión. La idea era que las piezas que se fabricaran fueran para la propia Tenneco. Un golpe maestro para Tenneco y Quantum. La lucha de los trabajadores había logrado mantener la actividad para una parte de la plantilla y a la vez la multinacional había logrado su objetivo inicial de abaratar costes. Tenneco tiene previsto seguir sirviéndose hasta 2021 de los amortiguadores de la planta que quiso cerrar. Tal era su imperiosa necesidad de abandonar Asturias.

A falta de saber qué pasará dentro de cuatro años con la fábrica gijonesa, todo el proceso anteriormente narrado se ha cobrado algunas víctimas. Se ha perdido un centenar de puestos de trabajo por el camino. Fue el coste asumido para que la multinacional permitiera mantener la actividad hasta la consecución de la venta. También se ha perdido el espíritu de la Plataforma de Trabajadores en Lucha, desinflada cuando los obreros que la impulsaron abandonaron las barricadas para reincorporarse a sus puestos de trabajo en la construcción de amortiguadores. La Plataforma mantiene su actividad, sí, pero sin haber logrado erigirse en el mecanismo suprasindical de asistencia a los trabajadores en conflicto al que parecía aspirar.

Así, lo que nos ha quedado ha sido un triunfo parcial para los trabajadores de Tenneco, que lograron mantener la actividad con la pérdida de casi el 50% de los puestos de trabajo pero que mantienen la espada de damocles sobre su cabeza; una victoria amplia para un fondo de capital, que está recuperando lo invertido en Tenneco vendiendo su producto al mismo empresario al que compró la fábrica, y un triunfo casi total de la propia multinacional, que logra reducir sus costes a la vez que continúa suministrando a sus clientes un producto de primera calidad. La lucha obrera siempre acaba en victoria.

Primero de Primarias

Patxi López no quiere formar parte de la candidatura de Pedro Sánchez a las primarias del partido Socialista Obrero Español y a mí me parece normal. Cuando el exLehendakari presentó su precandidatura me dejó la sensación de estar tratando de restar apoyos a Sánchez en una -hipotética de aquella, ya que ninguno había dado ningún paso todavía- batalla entre el exSecretario General y la Presidenta andaluza. Claro, si la candidatura de López nació con ese objetivo, con la intención de obstaculizar a Sánchez, entonces es lógico que no quiera unirse a él, ya que la votación todavía no se ha producido y, por tanto, no ha cumplido su cometido.

Así las cosas -y siempre en el supuesto de que la candidatura de López sólo pretenda contener la euforia sanchista-, el líder socialista vasco seguirá en campaña ahora con más fuerza que nunca, teniendo en cuenta que la candidatura de Pedro Sánchez ha logrado meter el miedo en el cuerpo a la de Susana Díaz con la presentación de un similar número de avales. Así que suerte, Patxi, las encuenstas dicen que la vas a necesitar. Y suerte también a los militates y votantes socialistas, ya que e este proceso de primarias decidirán, creo yo, algo más que el líder de todos ellos.

Una de las cosas que me va quedando claro del Partido Socialista, sea del país que sea, es que después de la borrachera de éxito de finales del siglo pasado ha llegado una resaca de tal magnitud que ha dañado la conexión entre el aparato y la militancia y ha arrasado la conexión entre el partido y el votante. La estrategia que han parecido querer adoptar en todas partes ante el imparable declive de votos ha sido la de culpar al que fuera el líder en cada momento, desdeñando la idea de que igual el partido debía renovarse, ordenar sus ideas y -quién sabe- recuperar el espíritu izquierdista que una vez le dio alas. La militancia, por su parte, se está empeñando en votar a líderes cada vez menos centrados y más escorados a la izquierda, con independencia de que luego no ganen votos, como ha pasado en Francia.

Hace más de tres años el Partido Socialista español necesitaba una refundación. No lo digo yo, lo decía Rodríguez Ibarra entre otros destacados miembros del Psoe. Ante tal urgencia, el partido del puño y la rosa (a veces sólo de la rosa) decidió abordar tan procelosa labor en una Conferencia política de la que salieron airosos proclamando que la cita había servido para unir al partido en torno a unas ideas claras. Hace más de tres años de eso, insisto, casi cuatro. De aquel cónclave, el entonces líder socialista Alfredo Pérez Rubalcaba destacó dos ideas fundamentales (entre muchas otras): una, la generosidad de su partido por apostar por las primarias “en un ejercicio de la mejor democracia” y, otra, echar al PP por sus “repugnantes” decisiones. La segunda proposición no la han logrado todavía, pero las primarias sí dejaron consecuencias: Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez se tomó al pie de la letra aquella proclama rubalcabista y estuvo dispuesto a que el Partido Socialista no permitiera al PP seguir gobernando. Ya, ya sé que muchos dicen que no lo hizo ni por el partido ni por España, que lo hizo para mantenerse en el sillón y tal y cual. Y parte de razón tendrán cuando coinciden en tal afirmación miembros del PP, de Ciudadanos y del Psoe. Tanta unidad de criterio no puede estar desencaminada.

No conozco cuáles fueron las motivaciones del por aquel entonces Secretario General de todos los socialistas y a mí, personalmente, me dan igual, pero lo cierto es que Sánchez continúa hoy dispuesto a alcanzarlas. De hecho, hoy se está jugando su futuro en el Psoe al comodín de la militancia. No tiene el respaldo del aparato del partido pero cuenta con una ventaja: su posición de outsider le permite moverse por el tablero con total libertad, decir lo que le venga en gana y criticar lo que le parezca, mientras que Susana deambula con prudencia, tratando de aparentar poder en todo momento y siempre atenta a lo que pueda hacer el Gobierno que su corriente ayudó a instaurar. La andaluza tiene un ojo puesto en Sánchez y otro en Rajoy, porque cada escándalo de corrupción que salpica al Presidente resuena en su cabeza como el eco lejano de un #NoEsNo. Patxi López simplemente está, y eso ya es bastante (siempre teniendo en cuenta la hipótesis planetada al principio del texto).

Como creo que los problemas del Partido Socialista van más allá de quién sea su líder, mantengo que la solución a esos problemas no va a salir de estas primarias. Habrá que esperar, como mínimo, al Congreso. Y, sobre todo, a ver cómo evolucionan el resto de partidos de la esfera parlamentaria. Si el PP sigue empeñado en intentar autodestruirse (de momento sin éxito) a base de casos de corrupción, quién sabe si alguna vez logarará su objetivo y dejará espacio para que crezcan los socialistas. O, si Podemos sigue empeñado en destruir al Psoe en lugar de tratar de alcanzar el Gobierno, quién sabe si dejará de ser una alternativa al PP y abrirá, por tanto, espacio a los socialistas. O, incluso, si Ciudadanos un día deja de interpretar que la estabilidad está reñida con castigar a los partidos políticos imputados en casos de corrupción, quién sabe si, incluso, permitirá el ascenso de un partido que esté todavía por fundarse. Quién sabe lo que podría pasar en tan hipotéticas coyuturas.

 

El futuro

Los seis muchachos de ojos estrellados y mejillas bañadas en lágrimas se ecercaban de forma incosciente a Senén, ansiosos por escuchar el final, cuando, súbitamente, la puerta se abrió permitiendo que un cuchillo de luz rasgara la atmosfera del bar.

Durante los diez segundos que aquella silueta tardó en traspasar el umbral, los corazones dejaron de latir. Todavía duró algo más la incertidumbre, hasta que la puerta se cerró sobre la oscuridad, evitando que se escaparan las sombras, y las pupilas recobraron su tamaño.

El recien llegado se acercó al grupo con una sonrisa. Senén, aliviado, pudo satisfacer a su audiencia. Hizo que una mueca precediera a su mirada y se dirigió a sus amigos: “y, entonces, explotó”.

El recién llegado observó cómo los siete muchachos se doblaban de forma automática, como queriendo cerrar el paso al alma que se escabulle de sus entrañas. Ríos de sal se escapaban de los párpados como bandoneones.

“Explotó”, alcanzó a balbucear uno de ellos entre sollozos. Y las contorsiones volvieron a adueñarse del grupo. Tardaron varios minutos en recobrar la compostura. Fue entonces cuando saludaron uno a uno al compadre que acababa de llegar.

“Qué, ¿otra ronda?”, propuso el nuevo. El grupo miró a su alrededor. Varios chicos se separaron para volver a inspeccionar el garito. Tras escudriñar las caras del resto de jóvenes, asintieron.

En total había cerca de cuarenta personas distribuidas en unas siete pandillas. Todas llorosas. Todas vigilantes. Los siete chavales abrieron el círculo para dejar sitio a otro taburete. “Vale, un chiste más. El último y nos vamos a casa”.

 

 

El bipartidismo contraataca

La eclosión de nuevos partidos con presencia parlamentaria no es el culmen del último paso evolutivo de la vida política, según lo visto en el Debate de Investidura de este miércoles cuyo análisis por este blog comenzó aquí. En líneas generales, en esa sesión nos encontramos a un Mariano Rajoy empeñado en que le dejen no sólo ser Presidente sino gobernar. El candidato del PP mantiene que debe haber un Ejecutivo para aprobar los Presupuestos, lo que indica que su objetivo de ser investido lo tiene ya amortizado y su mirada está puesta ya en lo que va a hacer desde Moncloa. A Rajoy, da la sensación, el pluripartidismo se la trae al pairo, lo mismo que el bipartidismo, porque lo suyo es la búsqueda de un monoparidismo plural, es decir: él gobierna y los demás acatan protestando unos más y otros menos. Pero Rajoy no es el único que nos envía señales que indican el fin del pluripartidismo. Psoe, Podemos y C’s también lo han hecho.

Por que también observamos en el citado debate cómo Pedro Sánchez defendía la tradición socialista forjada en el bipartidismo de rechazar al Partido Popular y punto. Sin más. Es decir, lo lógico. Nunca se ha visto al Psoe apoyando por activa o por pasiva una investidura popular pero no está claro todavía si nunca se verá. De momento, Sánchez ha sido inasequible a estímulos externos y en su universo autárquico solo tiene en el punto de mira a su némesis liberalconservadora. Su postura, unida a la situación de bloqueo que está provocando Rajoy, refuerza el bipartidismo probablemente de manera inconsciente, porque a esta tarea también contribuyen Podemos y Ciudadanos como hemos dicho.

Sí, porque vimos a un Pablo Iglesias bipolar en la sesión del miércoles. A ratos espontáneo y brillante y por momentos visceral y enquistado. Tal fue su dedicación a la búsqueda del liderazgo de la oposición, que olvidó que ese puesto ya estaba reservado y se quedó a medio camino, en tierra de nadie, como si se hubiera apagado la música y fuera el único sin silla. No contribuyeron a mejorar su situación las intervenciones de los portavoces de sus confluencias, que demostraron que la fórmula del reparto de tiempos es pintoresca, gallarda y todo un alarde de cara a la galería, pero divide las fuerzas. Como a quien hay que dividir para vencer es al rival, la estrategia no parece muy acertada. En cualquier caso, Iglesias se vio condicionado por la férrea posición de Pedro Sánchez y sus esfuerzos para quitarle el lidrazgo de la oposición fueron inútiles a pesar de que el líder de Podemos fue de los mejores en el cuerpo a cuerpo contra Rajoy. Iglesias quiso lanzar el mensaje de que él es la antítesis de Mariano, pero tuvo la mala suerte de intervenir después de Sánchez, quien acaparó todos los focos mediáticos (para bien y para mal) quedando señalado como el auténtico antagonista de la investidura (villano según qué medios). A Unidos Podemos se le multiplicará ahora el trabajo al tener que hacer oposición a Rajoy (obligatorio si quiere ser alternativa de Gobierno) y a Pedro Sánchez, lo que acabará por desgastar no solo a su líder, sino a la propia esencia del partido, que acabará siendo visto por el electorado como unos cascarrabias que se oponen a todo y a todos.

Con Podemos perdiendo fuelle en la carrera por la oposición, y no digamos por el Gobierno, llegó el turno de Albert Rivera. Taciturno, casi encorvado, trató de explicar en el debate por qué el suyo es un partido bisagra que lo mismo apoya a unos que a otros, una ambigüedad que roza la indefinición y que le condena como posible partido de Gobierno de cara a la mayoría del electorado. Como se ha apuntado, para aspirar al Gobierno es necesario hacer oposición y da la sensación de que Rivera ha evitado esta tarea en la anterior y en esta legislatura. El votante puede ser listo o no, pero quiere que se lleven a cabo las políticas que propone el partido que ha votado, no que se se lleven a cabo algunas políticas parecidas a las propuestas por el partido que ha votado. Albert Rivera ha lanzado el mensaje de que su generosa capacidad negociadora hará que cualquier propuesta electoral pueda ser matizable después en una negociaicón. Y no sólo eso, sino que esa matización se puede inclinar a la derecha o a la izquierda en función del partido con el que se vaya a aliar. Esta posición a priori aperturista y regeneradora tiene poco recorrido sobre todo porque, al haberse celebrado dos elecciones consecutivas y dos sesiones de investidura lideradas por candidatos de distinto signo, C’s ha enseñado sus cartas antes de tiempo; ha quedado en evidencia que su programa siempre estará condicionado al resultado de las elecciones y con el tiempo sus votantes con más poso ideológico acabarán por confiar su apoyo a alternativas menos flexibles con sus promesas. No digo que Ciudadanos vaya a desaparecer, sino que si no logra defender su propio programa sin concesiones quedará relegado al papel de facilitador. Un papel que bien vestido puede ser presentado como el de “engranaje de la democracia”, pero de reojo se puede ver como una “veleta de amplio espectro”.

El bipartidismo, por tanto, puede estar tranquilo. Solo tiene una amenaza: el monopartidismo que defiende Rajoy.

Rajoy surfea sobre el Parlamento

No ha acabado el debate de esta interminable sesión de investidura y ya me apetece hacer una primera valoración de la sesión cuando aún está caliente el enfrentamiento dialéctico entre Albert Rivera y Mariano Rajoy, duelo de oradores que lograría adormilar al mismísimo Tony Montana. Según lo escuchado esta mañana, se confirma que Mariano Rajoy se tomo su primer debate del martes como un trámite que solventar de la forma más aséptica posible. Por eso lo llenó de banalidades, interpretaciones subjetivas de la realidad y obviedades pronunciadas con un tono tan aburrido que no habría mejorado si el candidato del PP no lo hubiera leído de forma íntegra, incluido el capítulo de agradecimientos. El tostón de ayer comenzó a las 16:00 supongo que en un intento de pillar a los ciudadanos en la hora de la siesta, o en el chiringuito, y evitar que muchos de ellos se sonrojaran con la autocomplacencia indolente del que quiere ser Jefe del Gobierno. Rajoy quizá usó su tono más gris el martes consciente de que así le costaría menos brillar en sus intervenciones del miércoles. Y acertó. Vimos en el turno de réplicas al mejor Rajoy, socarrón con retranca e inmune a argumentos, surfeando sobre los discursos de sus oponentes como si de olas del mar Menor se trataran.

Y no es porque sus oponentes políticos no estuvieran bien. Algunos sí. A mí el discurso de Pedro Sánchez me gustó. Quizá porque iba dirigido a cerrar las vías de agua en el buque socialista del no a Rajoy, el candidato popular no se dio por aludido tras los envenenados dardos del líder del PSOE. Sánchez estuvo contundente, fue al grano y habló desde la lógica del discurso socialista que quiere aspirar a gobernar. Muy bien en líneas generales: menciones a la corrupción, a los recortes, a las políticas sociales… Todo muy bien, pero todo con un tono tan soso que a Rajoy le bastó un chascarrillo para hundir sus argumentos sin presentar otros mejores. Y lo peor es que en la contrarréplica Sánchez no tuvo la cintura suficiene para zarandear al popular con sus mismas armas y, aunque volvió a ser contundente e insistió en un tono de aspirante al Gobierno, Rajoy volvió a desmontarlo con su hasta ahora argumento favorito: “diga usted lo que quiera que yo tengo más apoyos”.

Estuvo también acertado Pablo Iglesias, que centro su primera intervención en presentar a su formación como la líder de la oposición. Iglesias gana mucho cuando su vena no se hincha en el fragor del debate, algo que volvió a ocurrir sin remedio. Sin embargo, antes de duplicar el tamaño de sus conductos sanguíneos, Iglesias sí tuvo tiempo para poner en aprietos a Rajoy. Y lo hizo usando el mismo tono socarrón que el candidato popular. En ese juego Pablo es mejor que Mariano, pero le pierde la ira. Y eso que ahí está Errejón para acariciar su hombro y susurrarle palabras de calma, como a un Bruce Banner de la oratoria. Pero Rajoy no sólo perdió el debate con Podemos por eso, sino porque, antes de ser acorralado por Iglesias, se dejó llevar por su arrogancia para tratar con desdén e indolencia a los portavoces de las confluencias, no sé si llevado por el famoso argumento de “yo tengo más votos” o poque realmente cree que se trata de gente que saldrá pronto de la vida parlamentaria.

Mi análisis termina de momento con la intervención de Albert Rivera y sus intercambios dialécticos con Rajoy, quizá lo más aburrido de la mañana. Rivera estaba preso del pacto firmado con Rajoy, por lo que dedicó buena parte de su discurso a justificarse con el horrendo argumento de que sabe lo que quieren los españoles. Quizá porque estaba condicionado tras los agudos y a veces virulentos ataques a Rajoy de sus antecesores, Rivera se vio atrapado en un debate incómodo del que supo salir airoso al dotarlo de un tono tan aburrido que fue difícil mantener la atención. Contó con la complicidad de Rajoy, que adoptó un tono parecido y huyó de la sorna y la indolencia para regresar a la autocomplacencia del martes, quizá en un anticipo de lo que nos espera si finalmente logra ser investido.

Continuará.