Tengamos el derbi en paz

En la vida hay muchas cosas que son obligatorias y el fútbol no es una de ellas. Si no te gusta ver a tu equipo perder, no vayas al campo; si no te gusta verlo empatar, no vayas al partido. Son cuestiones básicas, aunque en los tiempos que corren no está de más recordarlas de vez en cuando. Que no te gustan los derbis, no los veas; que no soportas que tu equipo pueda llegar a perder contra el eterno rival, enciérrate en casa durante 90 minutos o 15 días.

Si el fútbol fuera ganar partidos, sólo habría dos equipos con aficionados. Afortunadamente es mucho más. Es pasión por los colores, identificación con unos valores, ganas de sentir. Ir al fútbol es querer sentir. Sentir euforia, sentir la camaradería de los tuyos, el calor de una victoria, aunque también la decepción de la derrota. El fútbol te hace sentir el pack completo, no te deja escoger. Si no estás dispuesto a sentir el amargor de una goleada en contra, olvida este deporte.

Un derbi es un partido de fútbol concentrado que no es necesario diluir. Dura las dos semanas que van desde el lunes previo hasta el viernes posterior al encuentro. Esto es así porque es el único partido que también juega la afición. En la calle, en el trabajo, en casa… Todos conocemos a alguien que anima al rival. Todos sabemos lo que le diremos si gana nuestro equipo. Todos sabemos lo que nos caerá si gana el contrario. Ha sido así durante decenios y no entiendo por qué ahora hay quien se empeña en cambiarlo.

Quitarle la rivalidad al derbi es como rebajar el Vega Sicilia con agua. Peor aún, con gaseosa. La rivalidad no es un concepto mensurable. No existe una escala a la que se pueda ir ajustando. Hay rivalidad o no la hay. O existe un partido especial entre enemigos íntimos o, con todos mis respetos para el citado, convertimos el derbi en un encuentro más, como el que nos enfrentará algún día al Lorca.

Así que si no puedes afrontar las decepciones, si no estás dispuesto a bajar al fango a levantar a los tuyos, si dices que tu equipo no necesita ganar el derbi porque lo importante es que sigue vivo, si crees que tu equipo es superior sólo porque ha estado más arriba un tiempo determinado, si opinas que tu afición es mejor porque tiene más abonados sin tener en cuenta el tamaño de las ciudades que albergan a los clubes que comparas, si te ofenden unas camisetas o si estás dispuesto a emplear la violencia en defensa de tus creencias deportivas, seas del equipo que seas, te tengo que decir que a ti no te gusta el derbi y no sé si siquiera el fútbol.

El derbi requiere valor. Coraje. Es necesario para superar los nervios previos. Es imprescindible para soportar el chaparrón si pierden los tuyos. Es innegociable para evitar las provocaciones violentas. Para no buscar justificaciones retorcidas en la derrota. Para no denostar con condescendencia la alegría del otro. El derbi sólo gusta a los valientes. Puedes estar preparado para el fútbol pero no dar la talla para el derbi. Querrás entonces rebajar la rivalidad para hacer un partido a tu medida. Insulso. Abúlico. Plano. Te receto que veas sólo partidos de Champions de equipos lejanos y, a ser posible, por la tele. Déjanos el derbi y los partidos con pasión a los que nos gusta vivirlos en paz.

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El cruce

Sé lo que estás pensando, he visto tu futuro. Lo he saboreado. Te arruinarás. Ese proyecto te hará perder tu patrimonio. Los siguientes te endeudarán irreversiblemente.  Tus amigos tratarán de sacarte adelante pero será demasiado tarde, habrás tocado fondo. Vivirás pobre y morirás pobre. Mediocridad. Tendrás que aceptar trabajos básicos, mal pagados, para no recurrir a la caridad de los tuyos. Lo he visto. De sol a sol. Mano de obra barata. Fuerza bruta. Sudor. Lo he saboreado. Paro, precariedad, piscina municipal y sandwich de jamón. Toda tu vida. Hasta los noventa años. Vida de barrio. Anónima. Fútbol en el bar, frituras, grasa. Lo he olido. De ahí no se sale. Ninguno de tus descendientes lo hará.

Pero no tiene por qué ser así. Tu destino puede ser otro. La muerte te llegará antes, pero vivirás como un rico junto a los tuyos. Trajes, coches, esquí catalán. Lo he visto. Dinero. Más dinero. El olor de la sangre. Tus amigos te sacarán adelante, te llevarán a la cumbre. Ese reloj, ese rifle, ese traje. Brilla. Late. Está vivo. Es el poder. Las altas esferas. La urbanización de lujo. Lo he saboreado. Todo tuyo. Ese porte, esa fachada. Esa firmeza. Hasta los setenta. Veinte de tus años. Eso pido. Es el éxito. Es la vida. Lo he olido, Miguel. Sólo tienes que adorarme. Tú decides.

Los vencedores de la lucha obrera

Dentro de poco se cumplirán cuatro años del anuncio de cierre de la fábrica de amortiguadores de Tenneco, en Gijón. La planta era rentable pero la dirección de la multinacional tenía diseñado un plan de reducción de costes que despreciaba los beneficios que daba la factoría. No es que a los directivos no les interesara ganar dinero con la venta de recambios para el automóvil, sino que querían una reducción de costes de producción que aumentara, obviamente, el beneficio. Era 2013. La crisis, ya se sabe. Total, que -recapitulemos- Tenneco quería deshacerse de su planta de Gijón y llevarse todo el montaje a cualquier país del Este que garantizara salarios más bajos. Se llegó a hablar hasta de Rusia, a pesar de que EEUU y la UE habían anunciado sanciones a la patria de Putin por el conflicto con Ucrania. Todo era un esperpento.

Lo que sucedió hace ya casi 4 años es que los trabajadores lucharon por sus puestos de trabajo. Se encerarron en la fábrica para evitar la salida de las máquinas, impugnaron el ERE, denunciaron a la dirección, se movilizaron, se pusieron en contacto con dirigentes políticos locales, autonómicos, estatales y europeos, buscaron el apoyo de los vecinos y se coordinaron en una iniciativa suprasindical sin precedentes que fue el germen de la Plataforma de Trabajadores en Lucha. Todo un ejemplo de lucha de la clase obrera cuyo hito fue lograr el Vicepresidente de la Comisión Europea y Comisario de Industria, Antonio Tajani, se interesara por su caso, asesorado por su jefe de gabinete, el asturiano Diego Canga. Y Tajani Medió.

Poco a poco la coyuntura fue cambiando. El ERE fue declarado nulo y los trabajadores se mantuvieron firmes, por lo que la empresa tuvo que ir reculando y acabó desistiendo de su idea inicial de cerrar la factoría. A cambio propuso reducir la plantilla y concederse un periodo de dos años para encontrar un comprador para la fábrica. Se empezaba a ver la luz al final del Negrón. La multinacional vio concedido su deseo de aligerar costes y acabó pactando una nómina de casi la mitad de los operarios que había al inicio del conflicto. Los empleados celebraron el mantenimiento de la actividad. Era 2014 y comenzaba el plazo de dos años para la venta de la instalación.

Pura matemática: en 2016 se llevó a cabo la operación. Tras dos años de explotación de la planta con sus costes laborales menguados, Tenneco hizo caja al vender la factoría a un fondo de inversión. La idea era que las piezas que se fabricaran fueran para la propia Tenneco. Un golpe maestro para Tenneco y Quantum. La lucha de los trabajadores había logrado mantener la actividad para una parte de la plantilla y a la vez la multinacional había logrado su objetivo inicial de abaratar costes. Tenneco tiene previsto seguir sirviéndose hasta 2021 de los amortiguadores de la planta que quiso cerrar. Tal era su imperiosa necesidad de abandonar Asturias.

A falta de saber qué pasará dentro de cuatro años con la fábrica gijonesa, todo el proceso anteriormente narrado se ha cobrado algunas víctimas. Se ha perdido un centenar de puestos de trabajo por el camino. Fue el coste asumido para que la multinacional permitiera mantener la actividad hasta la consecución de la venta. También se ha perdido el espíritu de la Plataforma de Trabajadores en Lucha, desinflada cuando los obreros que la impulsaron abandonaron las barricadas para reincorporarse a sus puestos de trabajo en la construcción de amortiguadores. La Plataforma mantiene su actividad, sí, pero sin haber logrado erigirse en el mecanismo suprasindical de asistencia a los trabajadores en conflicto al que parecía aspirar.

Así, lo que nos ha quedado ha sido un triunfo parcial para los trabajadores de Tenneco, que lograron mantener la actividad con la pérdida de casi el 50% de los puestos de trabajo pero que mantienen la espada de damocles sobre su cabeza; una victoria amplia para un fondo de capital, que está recuperando lo invertido en Tenneco vendiendo su producto al mismo empresario al que compró la fábrica, y un triunfo casi total de la propia multinacional, que logra reducir sus costes a la vez que continúa suministrando a sus clientes un producto de primera calidad. La lucha obrera siempre acaba en victoria.

Ideología de género

Nunca he estado en Polonia y no conozco la realidad del país de origen de ese eurodiputado misógino que se atreve a soltar su ideología de género en el Parlamento común amparado por la libertad de expresión. No conozco Polonia y no pretendo juzgar a todo un país, así que me limitaré a decir que los polacos han votado a una persona llena de odio para que les represente en el proceso de construcción de la hermandad europea. Como enviar a Trump a una cumbre por la paz o a un futbolista a Saber y ganar. Afortunadamente, nuestros políticos machistas no se atreven a expresar en público opiniones como las del polaco por mucha superioridad intelectual que tengan. Qué suerte tenemos.

Aunque, son pocos los ultramachistas que viven en España. Excesivos en números absolutos, quizá, pero pocos en términos relativos. Son, no obstante, los más ruidosos, aunque también los más fáciles de combatir porque su poco disimulada ideología de género carece de base o argumentos sólidos. Todo lo fían a que las cosas son así porque lo dicen sus testículos o porque siempre han sido así y, claro, se ven superados en cuanto cualquier persona les presenta una reflexión compleja. No digo que no haya que combatirlos, ojo, aunque ellos mismos se encaminen a la extinción, acorralados, incluso, por los micromachistas. El problema es que mueren matando. Ya he comentado en anteriores entradas la extrañeza que me produce que se haya encontrado una clara relación entre el odio filoterrorista y los chistes sobre dictadores de altos vuelos sin que se le acabe de ver ningún vínculo letal a la apología del machismo.

Algún día abundaré en la necesidad de considerar los discursos ultramachistas como manifestaciones de odio punible pero hoy me ocupa otro asunto no menor. Acabáis de leer, puede que que con espanto, que he considerado que los ultramachistas son pocos. Me reafirmo. Machistas, no obstante, hay muchos. Millones. Puede que decenas de millones sólo en España. El problema es que la mayoría o bien dice que no lo es o bien cree que no lo es. Y ese es el principal problema al que nos enfrentamos, porque los machistas ignorantes, por un lado, y los mentirosos, por otro, son el principal foco de propagación de esta lacra.

Son los que se proclaman, orgullosos, defensores de la igualdad, de la educación para vencer al machismo. No pocos hombres y mujeres, machistas sin saberlo, mantienen discursos de este tipo. Que si hay que concienciar a los niños, que si hay que compartir las tareas… Como si pasar la aspiradora te hiciera converger con la igualdad elevándote a un estrato moral superior. Un machista ignorante fregando deja más limpia su conciencia que los platos y, a su parecer, queda legitimado para conservar el resto de actitudes micromachistas, que le acompañan desde que fue intoxicado con ellas en su más tierna infancia. Además, este tipo de machista es capaz de condenar el ultramachismo, lo que -también a su propio parecer- le sigue legitimando para sus pequeñas hazañas micromachistas.

Así, los ultramachismos, aunque inadmisbles, se me antojan meras bufonadas en comparación con los micromachismos.Todas/os conocéis algún ejemplo. Esas niñas que deben dejar pasar primero a los niños al entrar al autobús ante la pasividad de las madres de ellos; esa condescendencia disimulada en tu puesto de trabajo; esa manía de considerar un halago determinados “piropos”; ese déjame a mí, que tú no sabes; esa educación en guerreros y princesas; ese desprecio a películas con heroínas o esas miradas y comentarios que en el día a día yo no sufro y por tanto me cuesta explicar.

No se acaba con la desigualdad sin frenar ese machismo edulcorado que impregna la estructura social; el de quien, mientras pide igualdad de género, propaga actitudes machistas, a veces sin querer y, otras, sin querer reconocerlo. Es el machismo que está enquistado, pegado al hueso y nutriéndose de él. Es la enfermedad y el ultramachismo es su síntoma. Y no habrá cura sin abrir los ojos de esos millones de personas. Miles de mujeres feministas lo intentan pero el machismo defiende bien sus privilegios ayudado por que, de vez en cuando, un payaso ultramachista deja suelto su odio para despistar.

La Historia inolvidable

Si aceptamos como válidas las proposiciones planteadas en las célebres citas “la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa” y “quien olvida su historia está condenado a repetirla”, tenemos un problema. La tragedia ya la hemos vivido y, a estas alturas, los oviedistas todavía estamos tratado de superarla, sin mucho éxito -me temo- en algunas parcelas, al menos en lo emocional (la interpretación emocional de cualquier episodio traumático es subjetiva, por lo que es inevitable que haya quien no se sienta conscientemente aludido por esta valoración). Nos queda, pues, la farsa, en función de la verosimilitud de las palabras de Marx.

No es que haya síntomas explícitos de que nos dirijamos ineludiblemente a repetir los errores del pasado, no nos pongamos dramáticos, pero tampoco ponemos en marcha las medidas de prevención correctas para evitar hacerlo. Qué sé yo, me llamaréis exagerado pero a mí me parecería adecuado implantar un máster específico centrado en explicar las decisiones tomadas por quienquiera que fuera el máximo accionista del Real Oviedo desde 1992 y hasta que la afición le arrebató el control de la S.A.D. en una movilización sin precedentes. Los mejores docentes deberían explicar a los alumnos cuáles fueron las motivaciones que condicionaron esa gestión del Real Oviedo, cuáles las intenciones; qué se hizo y por qué. La idea, obviamente, es que los jóvenes conozcan cómo evitar el desahucio de un club, asociación o sociedad a la que quieran y respeten; qué no hacer si quieren ver a su equipo en lo más alto o en una zona media y evitar a cualquier coste su desaparición. Es decir, que conozcan la historia para evitar repetirla en cualquier Sociedad Anónima Deportiva del planeta. Seguro que en otras ciudades tienen también algún ejemplo que añadir al temario. Y conste que bajo ningún concepto voy a justificar, defender o minorar el papel que jugadores que creíamos oviediedistas jugaron en la precipitación de la tragedia azul, jamás, pero nada de eso habría sido posible sin la eficiente labor que durante el decenio anterior se había llevado a cabo desde lo más profundo de lo que me gusta llamar “las entrañas del club”, aunque ya no lo sea (un club, digo). Poco se habla de eso. Y con razón. ¿A quién le interesa hablar del pasado cuando el presente es gris o el futuro halagüeño? A nadie, claro.

En el Real Oviedo, de lo único de lo que realmente ha merecido la pena hablar en los últimos 15 años es de la afición. Ahí hay unanimidad. Eso sí ha sido un bloque capaz de ganar campeonatos de supporters si éstos hubiesen existido. Ningún otro colectivo de aficionados ha sostenido a su equipo como el oviedista. Voluntarios de toda clase y condición promovieron el apoyo financiero de los peores momentos de la crisis institucional y económica, trabajaron con sus propias manos en sus ratos libres en la limpieza y adecuación de las instalaciones deportivas, impulsaron la supervivencia de las categorías inferiores y alentaron sin descanso a los jugadores del primer equipo en los mejores barrizales de Asturias primero y en los del resto del país en una segunda instancia. La alegoría que se me viene a la cabeza es la de un enorme y pesado paso procesional: la figura del Real Oviedo se tambalea sobre una multitud de porteadores que, pese a todas las inclemencias, se mantiene firme. Hay gente en Oviedo -algunos, incluso, en Asturias y muchos fuera del Principado- que desconocen ese esfuerzo y, por tanto, son incapaces de ponerlo en valor. No es mi caso. El número de aficionados que moviliza tal o cual equipo es un indicador de cantidad. El trabajo incondicional en los peores momentos, cuando lo fácil era entregarse a la voluntad política de refundación, es un indicador de calidad que no incluye galardón ni contraprestación, tan sólo el reconocimiento del mérito.

Es así y conviene asumirlo: haber logrado evitar la causa de disolución de la Sociedad, mediante la aportación de los ahorros que cada uno pudo, no implica la obtención de derechos sobre la entidad o la plantilla. Ni legales ni morales. Los segundos sólo están en la imaginación de cada uno y los primeros sólo se habrían alcanzando si hubiéramos multiplicado nuestro esfuerzo económico en la ampliación de capital. Los únicos derechos reconocidos no se deben al éxito de evitar la desaparición (una vez más) del Real Oviedo, sino a la adquisición de unas acciones que nos abren las puertas de las Juntas de Accionistas. Y poco más, porque el derecho al pataleo ya lo teníamos y veníamos ejerciéndolo sin mucho tino desde 1988 por lo menos. Lo que pasa es que en aquella época no había Twitter. De buena se libraron Elcacho, Gaspar, Lillo o Irureta, por citar sólo algunos nombres. Sí, amigos, el viejo Tartiere también pitaba. Incluso a Dubovsky cuando no deslumbraba con alguna genialidad. Yo era joven, pero me acuerdo. Y de mi propósito de nunca ser como aquellos paisanos llegan estas líneas. Lo recuerdo bien para no repetirlo. ¿A qué tenemos derecho entonces los oviedistas por el mero hecho de serlo? ¿Qué podemos exigir? Pues sólo una cosa: que todo miembro del cub, sea jugador o directivo, desempeñe sus funciones bajo el estricto mandato de los principios que marcan nuestras señas de identidad: orgullo, valor y garra. A eso tenemos derecho. Porque ni siquiera el hecho de pagar un abono anual en la zona más cara del campo te da otros privilegios más allá de sentarte en uno u otro banco. El abono no te da derecho a ver victorias. Ni siquiera te garantiza que vayas a ver empates; sólo te permite ver partidos. Eso sí, nadie te dice cómo tienes que verlos, si animado a tu equipo para que consiga sus objetivos o pitando si crees que no los va a conseguir. Eso lo decides tú en función del tipo de aficionado que seas.

Llegados a este punto, ahora es cuando confieso que yo nunca quise la llegada del Grupo Carso al Real Oviedo. Las nefastas experiencias de otros clubes con accionistas extranjeros me pusieron en guardia. Pero claro, empecé a escuchar a muchos oviedistas decir que si íbamos a subir, que si la Uefa, que si tal o cual… Y entonces empecé a desconfiar más. Porque empezábamos a soñar con repetir los errores que nos llevaron al pozo, antes incluso de salir de él. Hubo quien elucubró con nombres rimbombantes de la galaxia futbolística (que vete a saber cómo se iban a pagar), quien construyó una trayectoria europea en el aire. Hablo de oviedistas, claro. Aficionados que empezaron a meterme el miedo en el cuerpo porque sus lógicas ansias por volver a la élite -creía yo- señalaban inexorablemente hacia un regreso, sí, pero a los peores años del club, cuando, a pesar de estar en primera, se socavaban los cimientos para preparar el hundimiento. Y todo era porque el Grupo Carso tenía recursos económicos. Como si cualquier inyección económica externa no fuera a generar deuda en el club. Afortunadamente, algo vino a tranquilizar mi espíritu: la conversión de deuda en acciones por parte de Carso. Ahí empecé a pensar que esos tíos estaban locos.

Reducir la deuda. Qué locura. Con razón hay quien desconfía de Carso. No hay precedentes de que se hayan minorado las obligaciones de la contabilidad de la entidad sin que medie un proceso concursal. Y, como no hay precedentes, es lógico que haya quien tema lo que se pueda derivar de esta singular e inédita coyuntura. Hay que tener en cuenta que esos añorados años en primera división, al menos los que llegarón a partir de la ya citada fecha de 1992, sólo dejaron -al margen de épicos partidos en el viejo Tartiere difíciles de olvidar- un crecimiento paulatino de la deuda que derivó en los tristes acontecimientos de 2003, por lo que es difícil prever qué podría pasar en una coyuntura de desendeudamiento. Igual por eso los hay ya a la defensiva. Normal. Claro, me diréis, a Carso no se le echa en cara la gestión económica, sino la deportiva, como si en un equipo de fútbol esas parcelas tuvieran que estar radicalmente separadas por Ley.

Total, que como el factor financiero nos está abrumando con pioneras y enigmáticas formas de gestión que derivan en una desconocida hasta ahora pérdida de deuda, los aficionados (me incluyo) estamos poniendo el punto de mira en el aspecto deportivo. Todos tenemos dentro un entrenador, un preparador físico y un director deportivo. Bueno, casi todos, los míos hace tiempo que han salido a por tabaco y no parecen querer regresar. Por eso no me atrevo a decir quién debe jugar y quién no. Sí lamento que en el Real Oviedo a veces haya enchufados que jueguen “por decreto”, no como en otros equipos en los que, al parecer, se deciden las alineaciones por votación popular. En cualquier caso, circunscribo las exigencias de la afición a que hay prisa por volver. A primera, digo. Que tiene que ser ya y debe ser a toda costa. Porque lo importante es volver. Porque el Real Oviedo es un club con Historia. Y como, efectivamente, lo es, conviene no olvidarla.

A ver si vais a pensar que yo no quiero que el Oviedo suba. Nada me gustaría más que cerrar el círculo en la máxima división. Lo que no quiero es que se vuelva a hundir si estando en primera baja por una mala temporada. No vayamos a pensar que si subimos es para quedarnos con los grandes para siempre. Yo quiero que el Real Oviedo suba, claro, lo que no quiero es volver a sentir la angustia de pensar que el único equipo que me importa puede desaparecer. Ya sé lo que se siente. Lo sufrí durante años y no quiero repetir. Hasta que el Real Oviedo suba, seguiré clamando por unas cuentas saneadas y por la implantación de la asignatura “Gestión del Real Oviedo 1992-2003” en todas las Universidades. Y pediré que se matriculen los máximos accionistas. Les dejaré escribir nuestra historia siempre que conozcan la más triste de todas.

Feminazi

Un machista ha asesinado a su propia hija al suicidarse tirándose con ella por una ventana. Un machista joven, no uno de esos recalcitrantes viejos con olor a régimen pasado, no. Lo aclaro porque a veces mentas a un machista y tal pareciera que hablas de un acartonado personaje de torva mirada y gesto altanero, y no. Este era joven y parecía un hombre normal. La niña era un bebé, contaba un año de edad. Sucedió todo después de que el machista discutiera con su pareja. Fue, de hecho, una venganza.

Los machistas parecen personas normales. A simple vista no los reconoces. A veces saludan. Un machista puede tener hijos, porque biológicamente está capacitado para ello, pero es incapaz de ser padre. El machista es un ser egoista y cruel, condiciones ambas incompatibles con la paternidad. En caso de engendrar un hijo, el pequeño recibirá implícita o explícitamente una educación machista. Así es como se perpetúa el mal: parasitando a jóvenes inocentes. Contaminándolos. Porque un machista no nace, se hace. Y, una vez hecho, campa a sus anchas y defiende sus principios anacrónicos.

Todo esto ocurre en España, un país en el que se cualquier persona puede ser procesada por hacer un chiste sobre el asesinato de un alto cargo de una dictadura hace cuarenta años. Un cargo muy alto. Como un quinto piso más o menos. Cualquier broma sobre ese tema te puede llevar ante un juez por enaltecimiento del terrorismo. Nunca se sabe qué clase de terrorista puede estar detrás de un chascarrillo de tres al cuarto.

Sin embargo, oye, por enaltecimiento del machismo no se detiene a nadie. No sería propio. Quizá por eso cualquier mindundi puede alardear de superioridad intelectual sobre una mujer en público. Muy en público. Incluso ante los medios de comunicación. Sabe que no le van a procesar por ello. Claro, diréis, hombre, un desliz de un comentario machista no significa que luego le vaya a pegar a su pareja. No, desde luego, pero tampoco se va a dedicar a poner bombas el tuitero que diga que Carrero Blanco inventó el coche volador.

Lo cierto es que, en esta cada vez más reaccionaria sociedad, nos estamos encontrando con un progresivo endurecimieto de los límites de la libertad de expresión en beneficio, nos sugieren, de una convivencia más pacífica. Algo tan subjetivo como el odio puede ser constitutivo de un delito. El odio es malo. Es pecado. Hay que rezar unos padrenuestros. Y si lo tuiteas, al juez. Me parece bien tratar de amarrar la seguridad de todos, aunque me preocupa la pobre impresión de los ciudadanos que tienen nuestros dirigentes, según denota el nivel de la presión normativa a la que nos someten últimamente.

El caso es que el machismo esconde odio. Odio burda y ridículamente disfrazado de amor. Y todos podemos ser víctimas de ese odio. Todos. Un bebé, incluso tú, hombre que me lees, también. Y da igual cuantas muertes produzca ese odio. Da igual, nadie toma las medidas necesarias para atajarlo. Nadie legisla contra el machismo, solo contra sus consecuencias, que viene a ser como perseguir el terrorismo pero no a los terroristas.

En esta sociedad paradójica en la que no puedes llamar campeón olímpico a un alto, altísimo (como una casa) cargo de una dictadura ya podrida pero puedes llamar feminazis a las únicas personas que de verdad hacen algo para erradicar la lacra del machismo, nos encontramos con que hay quien cree que la lucha contra este problema la deberían liderar los hombres. Como si esas mujeres que llevan decenios dejándose la piel sólo para lograr algo tan obvio como la igualdad tuvieran necesidad de más guía que la de sus propia convicción.

En estas circunstancias, en las que tienes que hacer un análisis semántico y otro semiótico antes de publicar un tuit si no quieres acabar en un calabozo, las palabras se convierten en armas de doble filo. Y feminazi es un búmeran (bumerán si lo prefieres) perfecto, porque viene a definir a las mujeres que quieren que los hombres tengan los mismos derechos que ellas. Es el título que los machistas dan a quien quiere algo tan revolucionario como la igualdad.

El término lleva explícito la palabra nazi, con toda la carga negativa que ésta implica. Pero en un país en el que un gobernante puede decir que el colectivo de personas estafadas por los bancos son ETA (es decir,  son terroristas), desvirtuando completamente el peso semántico del acrónimo con el consiguiente agravio a las víctimas, y sin que pase nada, no parece descabellado asumir que quien utiliza la palabra nazi como un sufijo para tratar de ofender a una mujer también está minimizando, consciente o inconscientemente, el perverso contenido que denota y connota el término.

Y así se llega a hablar de los nazis como si de una tribu urbana se tratara. Como si fueran una parte intrínseca de la sociedad con la que puedes o no estar de acuerdo pero a la que hay que respetar. Se acepta antes a un nazi que a una feminista, como si los primeros fueran agentes dinamizadores de una cultura alternativa y las segundas quisieran quitarnos algún privilegio. Quizá ese sea el problema.

Embestidura

Mariano Rajoy no tiene, de momento, rival en el Pleno del Congreso. En la sesión de este jueves de la sesión que acabará con su investidura, el candidato del PP ha demostrado que está en otro nivel aunque no por méritos propios. El principal argumento que sostiene la supremacía dialéctica de Rajoy es que puede decir lo que quiera sin que sus votantes se vean agraviados, ofendidos o deseosos de entregar su papeleta a otro partido. Y, claro, eso amplía con holgura la libertad de decir cualquier cosa. Además, ha tenido a casi todos los portavoces enfrente, pero no en contra.

Abrió el debate el discurso de Antonio Hernando, portavoz parlamentario con Sánchez y sin él; hombre cuestionado por parte de sus propios compañeros; el político antes conocido como el adalid del No es No; el hacedor de pactos con Ciudadanos en la tormenta y madre de dragones. Con ese curriculum no es de extrañar que Hernando saliera al estrado condicionado. Casi acongojado. Con dos ideas fundamentales en la cabeza: el Psoe es la oposición y la abstención no presupone estabilidad. El problema es que todas sus críticas a Rajoy, su Gobierno, su corrupción y sus recortes chocaban frontalmente con la proposición ya asumida de que su grupo va a permitir que el popular vuelva a gobernar. En esa coyuntura, Rajoy tuvo fácil su réplica: insistió en el chantaje; no sólo quiere gobernar, sino que quiere hacerlo con estabilidad. Lo que no sabemos es si Hernando cogió el mensaje o si pronto veremos una cabeza de caballo bajo sus sábanas. Para que nadie diga que Rajoy es un insensible, el candidato del PP mostró su magnanimidad paralizando las reválidas sin tener la menor intención de retirar la Lomce. Ya tiene argumentos para exigir lealtad institucional a los socilistas.

El debate se tornó duro con la llegada de Pablo Iglesias al estrado. Llegó con sonrisa de pillo. Casi de muñeco diabólico. Empezó con tono suave porque la primera idea que quiso transmitir era que el suyo era el principal partido de la oposición. Para demostrarlo, empezó a subir el tono hasta que por su ceño hubiera podido transitar la quilla del Bribón I. Atacó a Rajoy con los recortes y la corrupción y logró su objetivo principal: provocar. Por su sonrisa triunfante durante los recesos que tuvo que hacer por culpa de las quejas e increpaciones de la bancada popular (entre otras), se puede deducir que lo que pretendía era polemizar. Como decimos, tuvo éxito. Quiso desatar al Rajoy socarrón y lo logró. El culmen fue cuando, a respuetsa de un chascarrillo del líder de Podemos, el popular hizo un chiste sobre sus SMS a Bárcenas. Sí, amigos, Rajoy ya se ríe de aquel capítulo bochornoso en el que pedía al ahora exTesorero del PP (imputado y en pleno proceso judicial) que fuera fuerte. Y que ironice sobre ese capítulo ya sólo puede significar dos cosas: 1) que Rajoy da por amortizado el tema; es algo del pasado, una batalla del abuelo más que es mejor no remover. 2) que Rajoy desprecia a esa minoría de ciudadanos escandalizados por ese capítulo. Hay una tercera opción, y es que se le haya escapado sin querer, pero eso reforzaría en cualquier caso la tesis número 1.

Todo el mundo interpreta que Rajoy estuvo ágil para responder, pero este capítulo me ha hecho reflexionar sobre otra posibilidad: Pablo Iglesias pudo provocar conscientemente a Rajoy sabedor de que cualquier barbaridad que se le ocurriera decir al popular era una piedra sobre el tejado del Psoe, que es el que va a facilitar su Gobierno. Si es así, a Iglesias le salió bien la jugada. Puso el capote y Rajoy entró a la “embestidura”, un palabro que me acabo de inventar para hacer un juego semántico y poder titular este texto. Si no lo hizo conscientemente, entonces tuvo suerte. Y eso es algo muy importante en política como el propio Mariano Rajoy se empeña en demostar día tras día.

Por último, dedicaré unas líneas a la intervención de Albert Rivera, conciliador y templado. Jugó el papel de portavoz del grupo que sostiene al Gobierno y dedicó más tiempo a atacar a Pablo Iglesias que a condicionar el Gobierno de Rajoy. Flaco favor le hizo al Psoe, ya que fue Rivera el primero en identificar a Unidos Podemos como primer partido de la oposición. Rajoy fue paternalista con él en su respuesta y sólo le restó acabar su réplica con un abrazo. En algo sí tiene razón el líder naranja: esta puede ser una gran legislatura. Que cada uno lo interprete como quiera.