Debate sobre la gestión de los tiempos electorales. Acto I

Corrupción hay en todas partes. Dicho en el bar, entre compadres ebrios, luces tenues y música hortera, parece el típico chascarrillo previo a un trago, pero habiendo salido la frase de la boca del Presidente del Gobierno en sede parlamentaria, deja en el aire la pregunta de si debemos empezar a asumir la corrupción como éndémica y crónica. Quién sabe, igual haríamos bien aceptándolo más pronto que tarde. Quizá nos iría mejor si fuésemos todos corruptos.

La cosa es que Mariano Rajoy asume como inevitable que “corrupción hay en todas partes” en un discurso a la defensiva en el debate de la segunda moción de censura a la que se tiene que enfrentar desde que no tiene una mayoría absoluta aplastante. Una moción de censura que no se presenta por ser el de Rajoy un partido corrupto, sino porque -según una sentencia- se ha beneficiado de la corrupción, que no es lo mismo por similar que parezca.

El debate fue breve. Duró lo que tardó el candidato, Pedro Sánchez en este caso, en comprometerse a gobernar con el Presupuesto aprobado en el Congreso y elaborado y negociado por el Partido Popular a la medida del partido que tiene la llave para desalojar a Mariano Rajoy de Moncloa: el PNV. Después de eso, todo cuesta abajo. Las horas de la basura.

Y eso que el duelo diálectico prometía. Lo abrió José Luís Ábalos, portavoz socialista y encargado de presentar y exponer la moción. Y no lo hizo mal hasta que cometió el error de bajar al fango a pelear con un curtido Rajoy que sacó provecho de la distancia corta en el intercambio de imputados por parte de ambos partidos. Se siente cómodo el todavía presidente en esa lid. Se gusta. Le permite tirar de ironía, sacar la hemeroteca y, en definitiva, ser públicamente ese socarrón que ya muchos intuímos es en la intimidad.

Y así esperó Mariano las embestidas de Sánchez. Con la guardia alta tras haber sacudido a Ábalos, la sonrisa presta y el desafío en la mirada. Pero la embestida de Sánchez no llegó. El candidato se plantó con un tono neutro y sin aspavientos sugirió a Rajoy que dimitiese. Acto seguido anunció que gobernaría con los presupuestos que hacen grandes concesiones a los nacionalistas vascos y ahí se acabó todo. Rajoy se empezó a desmoronar un poco. Dejó de espererar con la guardia alta y se vio obligado a pasar al ataque. Y no le fue bien.

No le fue bien porque ya todo el mundo sabe que va a tirar de hemeroteca para poder recurrir a su ya consabido “fin de la cita”. Pero, sobre todo, porque sus citas son un arma de doble filo. Lo son porque quiso dejar en evidencia a Sánchez -como antes quiso hacer con Ábalos- recordando algunas de las píldoras que el del Psoe dedicó en su día a los partidos que deben apoyar la moción de censura. Recordó las críticas del socialista a los independentistas catalanes, a los nacionalistas vascos o a Podemos. Perlas que, por otra parte, no distan mucho de lo que el propio Rajoy y su partido han dicho de esos mismos actores.

Es decir, el PP, que critica a los partidos catalanes, intenta dejar en evidencia al Psoe por criticar a los partido catalanes. O Rajoy, que critica a Podemos, trata de descreditar a Pedro Sánchez por haber criticado a Podemos. No se da cuenta el presidente que tratar de dividir a sus oponentes no le va a granjear adhesiones. Como mucho logrará que voten a favor de la moción de censura con los ojos cerrados y una pinza en la nariz, lo que no impediría su salida de Moncloa.

La resolución a todo, como sabemos, la tendremos en la votación de mañana. Eso si se llega a producir, porque si esta tarde el PNV hace pública su intención de votar a favor de la moción de censura, y el resto de partidos confirman una elección similar, Rajoy podría pensar en la dimisión de forma seria, algo que ayer era plausible, a media mañana de hoy parecía imposible pero que ya no es descartable. Todo dependerá de cómo vaya a conjugar sus intereses electorales particulares, que es de lo que va todo esto. Manejar los tiempos en tiempos revueltos. La razón por la que Ciudadanos rechaza apoyar la moción. Netflix debería hacer una serie con eso.

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Aplicaciones prácticas de la actividad parlamentaria

La Junta General del Principado, con toda la actividad política que en ella se desarrolla, es, como el resto de sedes parlamentarias de toda Europa, un laboratorio del que podemos sacar ideas para la vida cotidiana de todos los ciudadanos. Nuestros señores diputados y sus correspondientes Grupos parlamentarios son como cobayas en observación, de los que extraemos información preciada para construir comportamientos, argumentos y relaciones sociales de gran utilidad. Un ejemplo: el día que tu pareja castigue a tu hijo, suéltale 50 euros al chaval para que se vaya de juerga. Tú dáselos, y luego condiciona su salida nocturna a que el otro progenitor dé su consentimiento. Puede que no sea una buena estrategia para la estabilidad del matrimonio; puede que a tu vástago no le parezca bien tu ambigüedad, pero los 50 pavos le durarán meses. Años, si tu pareja sigue inflexible. Este modelo de comportamiento nace de la extrapolación a la vida familiar de experiencias recogidas en el Parlamento asturiano. En concreto de la firma de la propuesta de reforma de la Ley electoral. Que el Partido Socialista pueda llegar a rechazar en la Junta regional una proposición de ley que ha avalado con su rúbrica si ésta no es apoyada por algún otro partido de derechas, a demás de por UPyD, no deja de ser una irónica experiencia que se puede reproducir, como vemos, en el genérico mundo civil.

Hay muchos más ejemplos. Me gusta particularmente el de los defensores del maltrato animal en forma de tauromaquia. Asegurán estos ciudadanos que el toro ha nacido para morir, sea en el ruedo, sea en una vega de Tordesillas; que ése es su destino. Que se joda el toro, vamos. Es, como habréis advertido, un argumento elaborado gracias a las muestras obtenidas en un estudio realizado en el Congreso de los diputados, más en concreto en la bancada popular, en la zona en la que se ubica la levantina Andrea Fabra. Y qué decir de las diferentes sesiones plenarias, desarrolladas en las distintas Cámaras parlamentarias que pueblan la extensa geografía peninsular, en las que apenas hay diputados escuchando las comparecencias de determinados portavoces. Gracias a ellas hemos aprendido a desconectar nuestra mente cuando nuestra pareja nos echa la bronca por haber llegado tarde la noche anterior. Una aplicación, ésta, que por sí misma sería merecedora de acabar con la cacareada desafección política.