Definición de competitividad

Hay que hacer un esfuerzo, joder. Que estamos saliendo de la crisis, hostia. No lo entendéis. De verdad que a veces parece que no lo entendéis. Necesitamos ser más competitivos. Lo estamos logrando poco a poco, pero necesitamos un último empujón. Porque no es fácil, en serio. No es fácil competir contra empresas de fuera que apuestan por la calidad, la innovación y la tecnología, y que invierten en investigación. Es muy complicado. Esas empresas se gastan fortunas en I+D+i y aquí el Gobierno nos está recortando las ayudas para eso. Estamos jodidos. Y necesitamos competir, leches. Que algunas de esas empresas se gastan dinerales en contratar a buenos profesionales. Que incluso algunos de nuestros ciudadanos se van a ellas a trabajar, copón. Y hay que luchar contra eso. Que es personal muy cualificado, y motivado por un buen sueldo. Y nosotros tenemos pocas subvenciones a la contratación. Hay que trabajar contra eso como sea. Siendo más competitivos. Y exigiendo más subvenciones, quizá. Sí, más ayudas estaría bien. Y luego está lo de los productos tecnológicamente avanzados y tal. Eso deja a esas empresas unos beneficios increibles. Y nosotros para poder superar esos beneficios necesitamos solo una cosa: competitividad. Es lo único que pedimos. Un esfuerzo, joder. La verdad, en el club de campo no hablamos de otra cosa. Hay mucha preocupación por el egoismo de los trabajadores indefinidos, que se empeñan en tener más privilegios que los temporales. Como si fueran más importante o algo. Es que una jornada de 10 horas al día les parece mucho. Mi padre se levantaba a las 06:00 y volvía a casa a las 22:00. Todos los días. Fue su esfuerzo el que levanto esta empresa. Que descanse en paz. Ahí lo tenéis en una foto abrazando al Alcalde. Y ahí con el Presidente de la Diputación, jugando al golf. Esos grandes políticos visionarios que acertaron a conceder el primer contrato a esta gran compañía. Es a ellos a quien hay que votar. Y no a perroflautas. Ni a comunistas. Ni a los de la ceja. Que solo quieren quebrar el país. Necesitamos ser fuertes, hombre. Y vosotros sin ayudar. Negándoos a ser competitivos para acabar de salir de la crisis. Solo os pedimos eso. Lo mejor que podemos hacer. Lo único que sabemos hacer: Seguir bajando los sueldos.

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La Máquina

-Se presenta el teniente Winslow, Señor. Le traigo el informe detallado de mi viaje a 2015, Señor.
-Siéntese, Winslow. Hágame un resumen.
-Un desastre, Señor.
-¿Cómo? Cuénteme qué pone en ese informe. Explíqueme qué ha pasado.
-Sí, Señor. Verá, las consecuencias del plan concebido por quienes usted ya sabe se resumen en la palabra catástrofe. La idea de contrarrestar la escasez de recursos del planeta con una gran subida de los precios de todos los productos ha provocado el caos en La Tierra.
-Continúe.
-Los estrategas del Grupo de trabajo psico-social han errado en sus cálculos, Señor. La previsión de que el conformismo y el desánimo calarían entre la población de forma proporcional a su pérdida de poder adquisitivo no se ha ajustado a la realidad. De hecho, en los primeros días tras el anuncio de que todos los productos de las principales compañías tecnológicas subirían sus precios un 1000% ya comenzaron a registrarse las primeras revueltas. Es cierto que parecían casos aislados: tiendas de Apple asaltadas aquí y allá, alguna gran superficie comercial incendiada… Poca cosa. Y poco preocupante porque las víctimas que se produjeron fueron todas ciudadanos trabajadores. Sin embargo, antes de que pasara la primera semana desde la aplicación de la medida, una estación logística de distribución de Sony en EEUU sufrió un ataque en el que resultó fallecido uno de los directivos de la firma. Obviamente se dio aviso a los medios de comunicación para que trataran el caso como algo intolerable, pero el descontento por aquel entonces era creciente, y la noticia de la muerte de un alto empleado de una compañía no fue recibida con pesar sino, más bien, con satisfacción.
-Siga.
-Verá, señor, se intentó, como estaba previsto, sofocar las iras ciudadanas con el plan B, es decir, aplicando un considerable aumento de sueldo a los que trabajaban y contratando a muchos de los que estaban en paro, pero no sirvió, ya que esos nuevos salarios de nivel alto no compensaban en modo alguno el incremento del IPC. Además, la tecnología fue solo el principio. Los precios de la energía y del transporte fueron el detonante casi definitivo. En algunos países europeos comenzó a propagarse la idea de que, al no poder acceder la mayoría de la población a muchos bienes y a la mayor parte de los servicios, el sistema de consumo capitalista imperante había demostrado su agotamiento y su inoperancia. Naturalmente, se volvió a recurrir a los medios de comunicación y a la industria cinematográfica para continuar recreando la idea de que se podía aspirar a vivir como un rico, pero, si bien las generaciones con más edad parecía sucumbir a esa encantadora llamada, las más jóvenes parecían inmunes. Comenzaron a unirse en nuevos partidos que ganaban adeptos de forma exponencial. Como ya habíamos aprendido gracias a “La Máquina” que no conviene eliminar el derecho al voto, se apostó por ilegalizar, criminalizar y destruir a esas nuevas formaciones, y se aplicó el plan “ociosidad” facilitando el acceso a las drogas a la juventud, para tratar de marginar y alienar a determinadas zonas. El problema es que esas áreas de descontento eran cada vez mayores, por lo que no tardó en comenzar la violencia. Ahora sabemos que, una vez prendida la llama, no sirvió de nada volver a legalizar sus partidos políticos, porque la ciudadanía ya no quería seguir las reglas políticas. Comenzaron los asesinatos de las personas más adineradas, empezando, obviamente por pequeños empresarios que apenas podían considerarse ricos. Se combatió esa delincuencia con la policía, claro, pero la violación y muerte de Bill Gates y su esposa, a manos de una turba que asaltó su mansión, dio comienzo a una auténtica revolución.
-¿Mataron a Bill Gates y violaron a su esposa?
-Al Revés, Señor… Da igual. La cuestión es que por aquel entonces se había anunciado que el 10% de la población atesoraba más riqueza que el 90% restante, lo que generó una rabia incontenible que derivó en un enfrentamiento abierto.
-Defina enfrentamiento abierto.
-Una guerra, Señor. Se recurrió al ejército en todos los países, lo que generó la idea de que los ricos luchaban contra los pobres y se recrudeció la violencia. Los Hamptons fueron arrasados, al igual que La Moraleja. Un horror. Cualquier persona sospechosa de tener dinero en el banco fue ejecutada. Parte de los militares se negaron a luchar contra su pueblo, con lo que quienes usted sabe tuvieron que refugiarse en Rusia, donde la ciudadanía estaba más acostumbrada a ser ninguneada por nuevos millonarios. Allí crearon un gueto, pero la sublevación de los rusos lo aplastó, aunque ya daba igual porque el sistema se había desmoronado y la población mundial, sin acceso a internet ni a la energía, había vuelto al siglo XV organizándose unos en comunas, y otros en pandillas de vándalos. Fue en ese punto cuando regresé.
-Bien, llevaré su informe a mis superiores. Tendremos que aplicar el protocolo alternativo.
-¿Se refiere a empobrecer a la población en lugar de subir los precios, Señor?
-Sí, Winslow. Y empezaremos mañana mismo generando las primeras crisis económicas. Prepare “La Máquina” para viajar a 2015 y a ver si esta vez tenemos buenos resultados y, tal y como prevén los estrategas del Grupo de trabajo psico-social, la población permanece aborregada.
-A la orden, Señor.

Enséñame la pasta

Sí hay dinero, el problema es que no lo tenemos nosotros. Proverbio asturiano.

La enorme complejidad del mundo en el que vivimos, con sus infinitos matices que influyen en el entramado que hemos dado en llamar sociedad, no impiden que, en ocasiones, sea posible -hasta necesario; sano, incluso- hacer análisis simplistas. Más en estos días en los que nos bombardean con mensajes, todos ellos interesados, que debemos interpretar unos, y tragar sin masticar otros. Un exceso de información que es necesario decodificar y reducir para poder advertir el verdadero eje de la comunicación.

De todos los mensajes que nos llueven a diario yo destacaría los que están a favor de la idea de la recuperación económica y los que están en contra. Opuestos, pero no excluyentes. Por un lado, nos dicen que las cosas van mal: las familias en riesgo de exclusión social crecen de forma imparable; la pobreza energética es un concepto que está ya en boca de cualquiera, surgido como de la nada y asumido con facilidad pasmosa; los jóvenes tienen más de un 50% de paro; nos juran que no hay dinero para la educación ni para la sanidad; Nos perjuran que las pensiones no son sostenibles; los sueldos bajan hasta lograr que una persona que trabaje diez horas al día no pueda dejar de ser pobre; los contratos temporales se generalizan creando una tensión en el trabajador que le lleva a aceptar ofertas que le obligan a vivir literalmente por encima de sus posibilidades, teniendo que recurrir a la familia o a los servicios sociales (cada vez menos dotados) para llegar a fin de mes.

Y nos dicen todo esto mientras nos cuentan que las cosas, en realidad, van bien: los bancos y las grandes multinacionales vuelven a los beneficios multimillonarios; los ricos se multiplican como por esporas; el dinero de los ricos se multiplica como por esporas que se multiplican por esporas; que los ricos y su dinero se multipliquen como por esporas hace crecer la confianza de los mercados y baja el interés al que se financia el país; el crédito barato hace que suba la deuda a niveles históricos; la entrada de crédito hace que se pueda destinar dinero a sanear bancos para que puedan volver a tener beneficios multimillonarios, y la deuda ya la pagaremos entre todos cuando la economía despegue. En definitiva, que nos dicen que no hay dinero a la vez que nos cuentan que cada vez hay más, lo que nos lleva a concluir que el dinero, de forma similar a la energía, no aparece ni desaparece, simplemente cambia de manos. Y ahora se concentra en unas pocas. No nos digáis que no hay dinero, decidnos que no lo queréis compartir con nosotros.

El PP entra en campaña para las elecciones de 2019

Una análisis semiótico nivel usuario de los actuales mensajes del Gobierno vigente deja al desnudo la ingeniería comunicativa destinada a obtener el poder a largo, cuando es imposible conservarlo en el corto plazo.

Al contrario que lo sucedido al inicio de la actual crisis económica, en los lejanos años de la primera década del siglo, cuando apenas cuatro pringados fueron capaces de anticipar el batacazo financiero que se nos venía encima (y que, por supuesto, fueron ignorados), hoy no son pocas las voces que advierten de los inminentes peligros económicos que nos acechan a la vuelta de la esquina. Nos hablan de burbujas financieras, que no afectarán directamente a los más pobres, sin capacidad para jugar en los mercados, pero que les castigarán indirectamente cuando haya que arreglar el desaguisado; de casi inasumibles deudas públicas que a primera vista nos hacen crecer, pero que en algún momento habrá que empezar a pagar; de conflictos con Rusia, que parecen lejanos porque estupidamente creemos que hemos logrado aprender alguna lección de nuestra propia historia; de bajada de precios del petróleo y de deflación, entre otros argumentos.

Y todo en un contexto bastante diferente al de 2007/2008, al menos en este país, con casi 5 millones de parados, una creciente brecha en el poder adquisitivo, una lacerante pérdida de dercehos sociales entre las capas más bajas, y con la propagación, cual plaga medieval, de la pobreza incluso entre la clase trabajadora. Una coyuntura que, sin ser economista, me invita a pensar que las consecuencias de una posible nueva crisis podrían ser aún más devastadoras que las de la vigente. Es decir, que se podría multiplicar el número de pobres y de ricos.

El escenario se completa con las encuestas de intención de voto, sea éste directo o no, que auguran un descalabro del partido en el Gobierno -el PP- y un ascenso de Podemos, la nueva formación que ya sorprendio en las pasadas elecciones europeas. Es una coyuntura en la que, desde mi punto de vista, el PSOE no sale mal parado, ya que aventajaría a los populares y se posicionaría como el primero de los partidos políticos tradicionales, aquellos que más están pagando el descontento ciudadano por la situación económica y los incesantes casos de corrupción. Es, en cualquier caso, una coyuntura que alejaría al PP del próximo Gobierno que se podría decidir en menos de un año.

Con todos los sondeos en su contra, y con el desgaste propio del partido que sostiene al ejecutivo, los populares han elegido algunos ejes de comunicación que podrían sorprender a primera vista, uno por desafortunado y otro por todo lo contrario. Uno, el menos acertado, es el ataque directo a Podemos, un partido sin representación parlamentaria, al que el PP estaría dando tratamiento de formación de Gobierno al convertirlo en el principal blanco de sus poco afortunados dardos dialécticos, lo que estaría reforzando la intención de voto del electorado que hubiera dudado en algún momento de que el Pablo Iglesias estuviera capacitado para liderar el país. El otro, el relativamente más acertado (está condicionado a que la ciudadanía se lo crea o no), es el mensaje de que la crisis ha acabado ya.

El partido Popular necesita que el mensaje del fin de la crisis cale entre la mayor cantidad de personas posible. Necesita plantar la semilla de la esperanza. O, mejor dicho, necesita plantar la semilla de la duda. Por ahí pasa su mejor baza para su futuro electoral, por que la gente pueda llegar a dudar sobre si será verdad o no que no hay riesgo de crisis, que a partir de ahora todo va a volver a ser vino, rosas y aeropuertos en páramos levantinos. Y no es que el PP necesite con urgencia propagar este pensaje para tener opciones de cara a las elecciones del próximo año, no. Los populares deberían estar pensando ya en los comicios de 2019.

Si, como todo apunta, el PP se descalabra en la próxima cita con las urnas, de nada le servirá gastar munición en la cada vez más cercana campaña electoral; de nada servirá quemar a su mejor candidat@ a la presidencia. Su mejor estrategia sería, en todo caso, preparar el camino de regreso a Moncloa a cuatro años vista, asumiendo el ERE que sufrirán sus cargos y asesores, y previendo la legislatura en la oposición en la que podrán volver al catastrofismo ilustrado. En esta tesitura, lo más sabio sería, como digo, sembrar la semilla de la campaña de 2019, que no es otra que decir que ha acabado la crisis.

Porque, si como todo apunta, regresa la recesión por la causa que sea, incluida la descomunal deuda que el propio Partido Popular está alimentando, el PP ya tendría hecha la campaña de 2019 con los lemas “Solo el PP puede sacarnos de la crisis”, “La izquierda solo sabe provocar crisis”, “Devolveremos la confianza de los mercados” (en el probable caso de que la crisis sea financiera) o “Es hora de que una mujer sea presidenta”. Y, sinceramente si la vigente crisis nos dejó 5 millones de parados, la próxima podría dejarnos 6 o 7 tranquilamente. Y todos sabemos lo mucho que les gustan a los españolitos los salvapatrias. El PP podría recuperar el Gobierno dentro de 5 años con el mismo mensaje populista con el que llegó al actual hace 3. Y todo por ser previsor. Los populares irían de crisis en crisis y tiro porque me toca.

Culpas

No voy a opinar sobre si la responsabilidad es de unos o de otros, pero el hecho de que el debate se haya centrado en quién tiene la culpa de haber derribado un avión comercial con un misil está arrinconando a la verdadera cuestión de fondo de este asunto: se ha asumido como normal asesinar a civiles en el tablero geoestratégico; hemos digerido como cotidiano el hecho de matar a 300 personas solo para ganar una posición de fuerza sobre el adversario en el escenario internacional, y ahora estamos cagando los resíduos en forma de estupida discusión sobre quién disparó el cohete. Y lo más preocupante de todo es que esa práctica, la de enajenar la responsabilidad de las desgracias del mundo, está tan extendida que también la hemos legitimado. Y todo gracias a los medios de comunicación.

La humanidad no vive en sociedad, sino en sociedades que chocan entre sí como placas tectónicas, provocando de vez en cuando terremotos unas veces en forma de guerras, otras en forma de crisis económicas. Precisamente, las crisis -como las guerras- perjudican a muchos y benefician a unos pocos. A estos últimos lo primero que les preocupa cuando millones de personas se mueren, arruinan, se van a paro y/o no pueden alimentar a sus hijos es encontrar un culpable de la atrocidad. En la crisis económica que nos ocupa, los que no se vieron perjudicados por la recesión corrieron a responsabilizar de todo el desastre al Estado de bienestar, por insostenible. Y lo hicieron mientras crecía a ritmo de dos cifras el porcentaje de ricos y millonarios al calor del colapso económico. Y así fuimos tirando. Echando culpas a los demás.

Gaza tiene la culpa de las muertes en Gaza; los vividores andaluces tienen la culpa del independentismo catalán; Venezuela tiene la culpa de que surjan partidos de izquierda en España; la plataforma antidesahucios tiene la culpa de la inseguridad ciudadana. Y así todo. Cuando lo importante es imponerse en un debate de imagen pública, lo aconsejable es evitar que circulen aviones por Ucrania, en lugar de tratar de impedir que un desastre como el que ha ocurrido vuelva a suceder. Con la crisis ha pasado un poco igual: en lugar de articular los mecanismos de control que eviten catástrofes económicas como la que todavía nos azota, hemos preferido paliar sus efectos (al menos para los bancos), de tal manera que ya podemos decir que estamos empezando a poder estar preparados para la nueva sacudida. A ver de quién será culpa la próxima vez.

El Señor de las limosnas

No voy a entrar a valorar la inmundicia que cada tarde nos suelta Televisión Española con la emisión del programa Entre todos, ese espacio que lamentablemente se ha hecho famoso porque su conductora hizo callar a una mujer que, no sé muy bién por qué, fue al programa a decir, entre otars cosas, que su marido le pegaba. La presentadora en cuestión, Toñi Moreno, hizo “de madre” y le espetó a la jóven que “esas cosas o se denuncian o se callan para toda la vida”. Con un par de hevos. No, no voy a entrar en el detalles de tal estercolero, sino que me voy a quedar en un mero análisis general de lo que se pretende con tal aberración televisiva. Usando un eufemismo: buscar la cooperación colectiva para ayudar a un necesitado. Hablando en plata: la limosna. Ni más ni menos. Que particulares altruistas suplan los servicios que debería facilitar una administración pública que de verdad se preocupe de los ciudadanos; que quienes tienen capacidad económica mitiguen la desesperación del desamparado de forma puntual, toda vez que el Gobierno de turno es incapaz de hacerlo.

No tengo los datos necesarios para asegurar categóricamente que son todos, pero en general la gran mayoría de las personas adineradas, y que además son caritativas, quiere que los pobres sigan siendo pobres, aunque unos no lo digan y otros no lo sepan. Tampoco estoy descubriendo la pólvora con esta sentencia. La limosna, se entienda este concepto como se entienda, es un garante de que los necesitados van a seguir viviendo y, más en concreto, van a seguir viviendo pobres, que es de lo que se trata. Y eso está muy bien, porque siendo los recursos y el dinero finitos -como son-, cuanto menos tengan los de abajo, más tendrán los de arriba. Y si esta expresión os parece un tanto clasista, lo diré de otra forma: cuanto más tengas los de arriba, menos tendrán los de abajo. Es tan básico que no sé ni para qué me molesto en escribir nada.

La limosna sirve, entre otras cosas, además, para lavar conciencias. Dejarlas como una patena. Y una persona con la conciencia aseada se siente con la legitimidad moral de decir “yo esto no lo tributo, porque me lo he ganado”. La conciencia brillante que nos deja la limosna nos permite defender con más ahínco los recortes de servicios sociales públicos, tan necesarios (los recortes) para poder desviar los recursos a sanear los bancos gracias a créditos de dinero público que jamás serán devueltos. Una conciencia pulcra para gobernarlos a todos. Una limosna para atraerlos y atarlos en la pobreza en la Tierra de España, donde se extienden las Sombras, donde la crisis ha pasado ya, aunque haya un 26% de parados y miles de familias no tengan ni para pagar la calefacción en invierno. Una Tierra en la que la supresión de derechos sociales es recibida en el parlamento entre aplausos y gritos de “qué se jodan”, pero no pasa nada porque el domingo voy a misa y allí doy mi moneda. Estamos salvados gracias a un mísero euro que cambia de manos. Un euro que es una condena para el que lo recibe, aunque él no lo sepa.

Coca-cola es así

Coca-cola

Una de dos: o yo no me he enterado de que las viejas estrategias de comunicación comunes al mundo empresarial y al político han caído en desuso, o los responsables de la planificación de la comunicación de Coca-cola no son tan buenos como este humilde periodista siempre quiso creer. Son las dos posibilidades que barajo como explicación a la nefasta gestión del ERE que Iberian Partners, embotellador único del citado refresco en España, pretende aplicar a unos 1.200 trabajadores cerrando cuatro de las “begas” distribuidas por la geografía peninsular. No puede ser otra cosa. A no ser que el espíritu berserker liberal de la reforma laboral haya hecho entrar en trance a los directivos de Iberian Partners, cegándoles ante cualquier atisbo de táctica comunicativa, y se hayan lanzado a recortar puestos de trabajo cual vikingo cercenador de cabezas, las dos únicas explicaciones plausibles que rebotan en mi cabeza son las citadas al principio. No hay más.

Para ser sincero, intuyo que las viejas estrategias de comunicación política y corporativa, las que son comunes a estas dos parcelas, siguen de rabiosa actualidad, con una vigencia que ya quisiera para sí el anterior marco regulador del mercado laboral. Y algunas de ellas podrían haber sido usadas con mayor o menor éxito en este singular caso para evitar un desgaste excesivo de la marca, algo que, estamos viendo, se está produciendo. Y hablo de daño a la marca, no al consumo por el boicot que hay en marcha y que no va a tener mucho éxito, ya que, en general, estas medidas de presión suelen tener poco impacto y, desde luego, no se prolongan demasiado en el tiempo. Pero algo se dejará notar, aunque, obviamente, no es lo mismo el ERE de Coca-cola que, por poner un ejemplo, Arcelor despida a 1.000 trabajadores. Porque a ver quién es el que le hace boicot a ArcelorMittal. Qué íbamos a hacer los consumidores, ¿dejar de comprar acero?

Pero, a lo que vamos: ¿cómo nos han hecho tragar a los ciudadanos la mayor parte de las barbaridades que nuestros gestores internos -es decir, el Gobierno- han ejecutado contra nosotros? Nos han creado una necesidad o nos han metido miedo en el cuerpo. Y cada vez que lo hacen tragamos como pavos, protestamos uno o dos días y luego nos vamos de fin de semana a olvidarnos de tanto desmán y a desconectar del día a día. Y así vamos tirando. Pero, ¿qué ha hecho Coca-cola? Ha anunciado un Expediente de regulación de empleo y ha dejado que asumamos que lo aplica nada menos que para mejorar sus cifras de beneficios, que ya son de por sí escandalosas. Es decir, Coca-cola ha sido incapaz de desligar su plan laboral del concepto de “codicia”. Y lo ha hecho en una coyuntura socioeconómica delicada, con más de un 26% de parados y con millones de ciudadanos haciendo grandes esfuerzos por llegar a fin de mes ante el constante aumento de los precios de los servicios básicos.

Pongamos que Coca-cola IB no puede esperar para aplicar el ERE. Pongamos que, en efecto, han valorado que el clima social no es el más apropiado para anunciar una regulación de empleo y el cierre de cuatro fábricas, pero que han calibrado el riesgo y entienden que su imagen no saldrá dañada, o que el rédito obtenido compensará el perjuicio sufrido. En ese caso, el fallo estaría en el objetivo de los despidos, sí, pero sobre todo en haber olvidado por completo la “misión” de la marca. Iberian Partners ha entrado en contradicción con los conceptos de “misión” y “valores” de su propia marca, demostrando que o les da igual la gente o les da igual la imagen corporativa de Coca-cola y, en caso de que esta segunda proposición sea cierta, les da igual que el público piense que el beneficio industrial está por encima de la “alegría de vivir”.

Y me extraña que una empresa que ha logrado vincular su producto a la vida, a la alegría y al goce, y que lo ha hecho con brillantes campañas de publicidad y comunicación, ahora se descuelgue con que quiere ganar más de 60 millones al año. Una conclusión que reduce los sueños y el amor que antaño vendía a meras latas y botellas. Muchas de ellas oxidadas. Algunas sin gas. Se acabó el idilio con el consumidor. No con el joven, que no se entera de nada y, en muchos casos, no se quiere enterar, pero sí con el adulto. Con el que creció bebiendo Coca-cola. Con el más difícil de recuperar. Porque tiene memoria. Y aunque no podrá evitar que sus hijos y nietos beban el refresco que quieran, les explicará que de la “chispa de la vida” nada. O poco.

Pero más raro me parece aún que Iberian Partners no haya vinculado los despidos, como decía antes, a un beneficio/necesidad para el consumidor o al miedo. O a una combinación de todo ello. Es la estrategia más vieja, la que mejor resultado da, y a la que tendremos que estar atentos, porque igual cometen el error de ponerla en marcha con efecto retroactivo, avalados por los muchos millones de euros que se pueden gastar en publicidad. Yo tengo en la cabeza qué habría hecho para justificar los cierres y despidos: generar una crisis. Está más que comprobado que da resultado. Como directivo avaricioso, habría sacrificado una ínfima porción de la imagen a cambio de la luz verde para recortar empleos. Y lo habría hecho con una estrategia bien definida. Afortunadamente (incluso para mí) no soy directivo de Coca-cola, por lo que seguiré como espectador los bandazos que esta antaño pionera marca está dando en materia de comunicación. Ánimo a los trabajadores.