La batalla de la comunicación

Por mucho que no sea veraz, un mensaje no deja de ser un mensaje. Y en las batallas de la comunicación, sobre todo en política, que los mensajes digan verdades o mentiras es accesorio, dado que en este tipo de terrenos el fin suele justificar los medios. La guerra de comunicación se libra con mensajes, no con verdades. Es por eso que -partiendo de esta premisa- creo que el Gobierno central ha perdido la batalla de la comunicación contra el Govern de la Generalitat este 1-O.

Es cierto que Moncloa partía en desventaja. Para imponerse en una guerra de comunicación es importante contar con mensajes y canales, y en esta ocasión ambas partes contaron con ellos, pero es más sencillo vencer en esta lid cuando tienes definidos menos receptores de tus mensajes.  Es decir, mientras los de Rajoy tenían como receptores a los catalanes independentistas, los catalanes no independentistas pero partidarios de votar, los catalanes unionistas, los españoles afines, los españoles no afines pero contrarios al referendum, los españoles no afines y partidarios del referendum y la comunidad internacional, Puigdemont y los suyos sólo se esforzaron por enviar mensajes a los catalanes independentistas, a los catalanes no independentistas pero partidarios del derecho a votar y a la comunidad internacional. Obviamente, sus posibilidades de éxito son estadísticamente mayores.

El emisor Moncloa debe dirigirse a un número mayor de receptores porque el Estado debe emitir mensajes para todos sus súbditos. Para todos. Aunque ellos no se sientan súbditos. El emisor soberanista se dirige sólo a los emisores que le interesan porque su objetivo de comunicación le permite discriminar. Es decir, mientras que Madrid debe emitir mensajes para todos los receptores a sabiendas de que van a ser rechazados por buena parte de ellos, Barcelona escoge mensajes diseñados para sus receptores selectos porque le da igual lo que piensen el resto.

Luego, si el eje de comunicación de los soberanistas es “Somos unos demócratas a los que no dejan expresarse en libertad y estamos reprimidos por la violencia del Estado”, sea o no sea esto verdad, el mensaje tiene muchas probabilidades de triunfar porque sólo pretende alcanzar a tres colectivos bien diferenciados que luego deberán interpretarlo en función del código utilizado y las interferencias. Unos lo asumirán sin rechistar por convicción emocional e ideológica, otros lo interpretarán en base a la coyuntura.

Así (siguiendo con el ejemplo aleatorio expuesto), si el citado eje de comunicación formara parte de un plan de comunicación cuyo objetivo fuera fomentar el independentismo dentro de las fronteras de Cataluña y aumentar la simpatía por este proceso soberanista fuera de las fronteras de España, todos los mensajes diseñados bajo ese eje irán encaminados a reforzar el objetivo último del plan de comunicación. Concluido el periodo de vigencia que se le haya querido dar al plan, se hará balance de los éxitos o fracasos del mismo. En virtud de los episodios violentos que todavía estamos viendo hoy en cataluña, no sería descabellado que los mensajes hayan logrado el efecto deseado en buena parte de los receptores que la Generalitat ha escogido. Obviamente, en el resto no, pero eso a los partidarios del Procès les da igual. Así, los independentistas verán reforzada su postura, los catalanes no independentistas se verán más lejos de tomar la mano del Estado y la comunidad internacional, al menos en lo que le toca a la opinión pública, verá al independentismo catalán como a un colectivo acosado.

El Estado, por su parte, podría haber diseñado un plan de comunicación para reafirmar la inquebrantable unidad de una España democrática y libre. Para ello podría haber elegido como eje de comunicación “El Procès es ilegal, Cataluña es España y el Govern ha secuestrado al Parlament”.  No ahondaré en la ilegalidad del Procès ni en la ilegitimidad de los resultados del referéndum, insisto. El Gobierno Central puede decir la verdad en sus mensajes pero esto no es lo que importa en este análisis. Lo que sí está claro es que sus mensajes chocan de plano con los catalanes independentistas y con los españoles no afines partidarios del referéndum. Además, su eje de comunicación encuentra resistencia en los catalanes no independentistas que quieren votar. De mano, el plan de comunicación de Moncloa se encuentra con que casi la mitad de sus receptores son reacios a interpretar el mensaje.

Teniendo en cuenta que a los afines ya los tiene ganados sea cual sea el mensaje, Rajoy se encuentra con que su principal baza de comunicación está en ganarse al receptor comunidad internacional. Políticamente ya lo tiene hecho, pero aquí analizamos el proceso de comunicación, y por comunidad internacional entendemos también a la opinión pública del resto de Estados interesados en la política interna española. Los mensajes para estos receptores llegan en general por medio de menos canales, con más interferencias y, en muchas ocasiones, con problemas con el código. Inernet, la Redes Sociales… La información fluye. Contaminada, sesgada, manipulada. Pero fluye. El receptor lo sabe, tampoco es tonto, pero las fuentes fiables, aunque le cuenten que no habrá interventores en las mesas electorales para verificar la validez de los votos, aunque le digan que no hay censo o que los partidarios del No no van a ir a votar, le digan lo que le digan, no le van a causar más impacto que la imagen de policías cargando para retirar urnas, un poderoso mensaje que refrenda el eje de comunicación independentista y sólo encuentra justificación en los colectivos más férreamente identificados con la unidad del Estado a cualquer costa.

Al Gobierno Central quizá le hubiera ido mejor con el eje de comunicación “El Govern no quiere dialogar, pretende sacar a la totalidad de los catalanes de España de forma antidemocrática y totalitaria cuando más del 50% no le apoya”, lo que pasa es que para eso habría sido necesario incluir en el plan de comunicación incontables y reiterados llamamientos al diálogo, cosa que no se ha producido. En la batalla por la comunicación no importa lo demócrata que seas, sino lo demócrata que consigas que los receptores de tus mensajes crean que eres. Por eso hay que planearla bien antes de empezar.

El Govern inició una huída hacia delante precipitada que fue reconduciendo hasta llegar al día de hoy. El Gobierno Central ha dejado que las cosas se fueran resolviendo sólas, por la vía judicial más que por la política, en la convicción de que la Ley estaba de su parte. El resultado de ambas posturas lo hemos visto hoy, un día en el que ha finalizado una batalla de la comunicación y ha comenzado otra.

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Dime cómo piensas y te diré qué refresco bebes

Como un sociólogo que disecciona con afilado bisturí el perfil genético del buenpensamiento español. Así es Coca-cola. Como un agente que lucha contra el crimental, tal y como lo percibe España, concebida ésta como una, grande, etc… Ni el pijo sin amigos necesitado de mantener una postura social que le permita encajar en un club de campo habría podido firmar un episodio de fidelidad al pensamiento del régimen tan contundente y eficaz. Nadie podría. Es imposible. Para empezar porque muy pocas personas son capaces de comprender y digerir la enrevesada ideología de la derecha española, que es liberal y conservadora a la vez. Esto, fuera de España, no lo digiere ni dios. Un país en el que la derecha quiere libertad para despedir, pero no para abortar; libertad para no pagar impuestos, pero no para manifestarse en las calles o en las redes sociales; libertad de mercado, pero rescatando bancos con dinero de todos; libertad para hacer chiquilladas con una bandera franquista, pero no para recuperar los cuerpos de los desaparecidos en la dictadura. Y así hasta la eternidad.

Ese conglomerado liberaconservador es muy difícil de sintetizar en una sola frase que explique el concepto. En una sola idea. En un solo spot televisivo. Es jodido de verdad. Pero Coca-cola nos ha proporcionado la metáfora perfecta: queremos libertad para destruir 1.200 puestos de trabajo, con el consiguiente poder adquisitivo que se pierde en el país y con la de jóvenes que tendrán que emigrar porque no podrán acceder a esos empleos, pero velaremos por la integridad moral españolista de hasta el último subcontratado por una empresa externa para hacer cualquier estupidez. Vamos, que si no eres de la cuerda, no sales en los anuncios del refresco de moda. Eso le pasa al actor por pensar. Pero no por pensar cualquier cosa, no, sino por pensar de forma distinta a la mayoría. Lo único que le falta es estar en paro, que se le acabe la prestación, que no pueda acceder a más recursos y que una diputada elegida por el pueblo como persona capacitada para gobernarnos a todos suelte un “que se joda”.

Realities

En un país en el que cualquier mentira en una campaña electoral sirve para determinar el sentido de un voto -de forma que el electorado crédulo siempre apostará por los ciento volando-, la experiencia personal, por breve que haya sido la trayectoria vital del individuo, podría determinar de forma definitiva su filiación por un partido u otro, sin importar el matiz ideológico de cada formación política. Una máxima que se resume con extraordinaria sencillez en la sentencia: “yo, cuando gobernaba Aznar, tenía trabajo”. Es una frase que anula cualquier intento de discusión sobre la crisis, por sincera y cordial que ésta sea (la discusión), y que confirma la grave acusación de que la culpa de la actual coyuntura es de la ciudadanía, no porque el pueblo soberano haya vivido por encima de un listón de posibilidades más o menos alto, sino porque se ha empeñado en subsistir un por debajo de un umbral educativo que se arrastraba antes y que va camino de perforar el suelo para soterrar cualquier esperanza ahora.

Esto, amigos, no quiere decir que haya tomado partido en el eterno, inagotable y crudo debate entre Randolph y Mortimer Duke. No lo había hecho hasta ahora y no lo pienso hacer. Al contrario, hoy pienso rebatir las ideas de estos dos colosos de los Trading Places para concluir que ambos estaban equivocados al enconarse en una fraticida batalla dialéctica sobre si el éxito de una persona está determinado por su educación o por su capacidad natural. Randolph y Mortimer no solo eran teóricos, sino que llevaron su disputa a la experimentación empírica, aunque el segmento poblacional en el que basaron su estudio era muy pequeño (dos personas), por lo que se me antoja harto difícil extrapolar los resultados a un abanico de mayores dimensiones. Pero no aseguro categóricamente que esos dos gigantes de la conomía estaban equivocados por reducir el campo de estudio a dos especímenes, sino por lo que he dado en llamar “especifidad española y olé”: el ecosistema socio-político de buena parte de la Península Ibérica. Y olé.

El 99% de los toreros que son medianamente conocidos, el 70% de los futbolistas que juegan en primera división en grandes equipos, varios políticos, Tita Cervera y Paquirrín, entre otros, son el vivo ejemplo de que se puede triunfar (en términos económicos y de consecución de objetivos personales) en la vida sin necesidad de tener estudios. Por otra parte, Tita Cervera -again-, varias Ministras, algunos jugadores del Real Oviedo y, otra vez, Paquirrín, han sido capaces de alcanzar grandes metas personales sin tener ninguna capacidad natural para ello. Estos ejemplos, creo, torpedean las tesis sostenidas por los Duke, sí, pero no hunden sus teorías por completo. Para lograr tal hazaña ha surgido de lo más profundo de la España cañí una nueva estirpe de triunfadores que ni tienen formación para el éxito ni, desde luego, atesoran capacidad natural para la prosperidad y aún así, consiguen salir adelante con (relativo) éxito: los concursantes de realities televisivos, entre los que también encontramos a Paquirrín, por cierto.

En general no me gustan los realities. Ni siquiera aquellos en los que participo sin querer. Excepto uno. Uno internacional en el que han metido a una treintena de países en una casa común que, por algún motivo que desconozco, han dado en llamar “Unión”. Es una pasada. Hay un “Súper”, que es la Comisión Europea, y que se dedica a dar las instrucciones a los participantes. Está muy emocionante. Han estado a punto de expulsar a Grecia. Los amigos del país heleno se quejan de que la dirección del programa, el FMI, está manipulando la información que recibe el público para cambiar su percepción del país y perjudicarlo. Está fenomenal. Hay un grupo de paises periféricos que creen que Alemania es una mandona. Otros creen que Francia está “actuando” para ganar. Pero todos se ponen a parir mutuamente cuando están en el “confesionario”. Últimamente es la risa porque les han metido a un visitante, Ucrania, y la audiencia tiene que estar subiendo mucho porque ha aparecido en escena una de sus ex, Rusia, que al parecer está celosa. Con deciros que el reality es lo más visto ahora en EEUU… Una pasada.

Participa en este experimento sociológico internacional también España, que está pasando sin pena ni gloria por el programa, y que lo mismo acaba expulsada que se va ella por su propio pie. Nadie lo sabe. La verdad, no da mucho juego. Será porque hay montado es ese país otro reality, uno interno, que consiste en expulsar a gente del mercado laboral para poder decir que baja el paro. También está muy bien. Genera mucha expectación porque el público es también concursante y hay expulsados cada cinco minutos. Una genialidad. Todo el mundo cree que será líder de audiencia hasta que el próximo curso empiece otro reality que prevé que se vaya expulsando gente del sistema educativo. Gente joven, se entiende. Brutal. Eso solo lo superaría un programa en el que haya expulsados del sistema de salud. Al tiempo.

Al curling, si tienes huevos

Creía que no me podría dar más vergüenza ajena la frase “Soy español, a qué quieres que te gane”, pero los juegos olímpicos de Sochi me están demostrando que estaba rotundamente equivocado. Y lo digo con todo el respeto para la delegación española, que no tiene la culpa de que un pazguato cuya idea del deporte es bajar al bar a ver al Madrid en la tele se vanaglorie de semejante leyenda y la aplique a modo de Viagra para el orgullo. Y muy mal hay que estar de orgullo para tener que hincharlo con logros deportivos. De hecho se me ocurren numerosas disciplinas (muchísimas) en las que ningún deportista español es capaz de dar la talla. Por poner un par de ejemplos de ámbitos bien diferenciados: el rugby, el ajedrez. Uno es sinónimo de nobleza y el otro de inteligencia. Ahí lo dejo, amigos del fútbol.

Queda claro que no hay que escarbar mucho para descubrir que los éxitos hispanos se circunscriben a una pequeña muestra del extensísimo catálogo de actividades deportivas, por lo que el debate sobre a qué podría perder un español deberíamos extenderlo a otras parcelas, para ver si salimos bien parados. Qué sé yo, por poner un ejemplo al azar: la economía. No, lo digo porque como, al parecer, estamos asombrando al mundo con nuestra recuperación de la crisis. Y ahí están los datos. Excepto a 24 países, el resto del planeta tiene que estar flipando con nuestras cifras de paro. Brutales. Que están muy bien para ganar un concurso de “A ver quién tiene más desempleados”, pero dudo mucho que nadie quiera siquiera competir en esa disciplina.

Otro ejemplo: la corrupción. Podríamos ganar un campeonato europeo si nos lo propusiéramos. Un mundial estaría difícil, pero todo es ponerse. Basta con la ciudadanía continúe como hasta ahora pasando de todo, protestando solo en la barra del chigre al calor de un chato, para que la bola de inmundicia siga creciendo al calor del todo vale.

Más: la educación. ¿Quién quiere tener educación teniendo a Cristiano Ronaldo? Nadie. Porque Cristiano no tiene educación. Y le va bien. Mejor que a mí. ¿Ganaríamos una competición que valorara el nivel educativo? No ¿Por qué? Porque nuestra idea de I+D+i es hacer y vender camisetas que pongan “Soy español, a qué quieres que te gane”.

En fin, que nadie con arraigado sentimiento patrio se ofenda, porque me parece muy bien que se sientan españoles. Alguien tiene que ser patriota en este país. Obviamente los empresarios no, ya que ellos ya viven en un mundo globalizado y España y los españoles se la traen floja en general, a no ser la selección de fútbol, en cuyos partidos pueden cerrar suculentos tratos en los palcos.

Portabilidad

En esta vida hay metas difíciles, imposibles y luego está darse de baja de cualquier cosa. Ejemplos. Para activar tu servicio de internet basta una llamada que ni siquiera tienes que hacer tú. Lo mismo que para darte de alta en una empresa de telefonía móvil. Para darte de baja, sin embargo, se necesitan 56 llamadas, 23 faxes, dos buro faxes, un notario, un juez y, depende de qué casos, un mercenario y/o un fontanero. Afortunadamente, las compañías que se dedican a operar en estos sectores han ideado la fórmula perfecta para evitar tan engorrosa situación: la portabilidad. Es el mayor avance de la humanidad desde la aparición del papel higiénico. Ambos descubrimientos, añado, son flexibles, seguros y limpios a más no poder.

Cierto es que la portabilidad sólo es útil para quien quiera darse de baja en una compañía para contratar con otra el mismo servicio, no para quien quiera dejar de tener internet y/o telefonía. Pero algo es algo. Que se lo digan si no a quienes quieren apostatar, que no es más que darse de baja de una religión, en este caso la católica. Un coñazo. Seguro que los apóstatas echarán de menos que exista la portabilidad entre religiones para poder, llegado el caso, pasarse a la Iglesia Jedi, por ejemplo, que no contempla un infierno al que ir por no cumplir los preceptos del Maestro Yoda.La cosa sería así: muy buenas, ¿cuál es su nombre? Le llamo del Hinduismo balinés. Usted, como católico, tiene que estar pagando una misa a la semana, diez pecados capitales y un montón de prohibiciones más. Nosotros le ofrecemos una misa cada 66 días con banquete al final y manga ancha con el consumo de alcohol y la promiscuidad. Además, con una permanencia de 2 años le regalamos el pareo. Otro ejemplo notorio es el peñazo absoluto que supone el traumático proceso de divorcio. Cuánto más fácil sería que la jovencita de 25 años que te ligaste hará un par de semanas te tramitase una portabilidad. Tras un encame siempre le podrías decir “habla con mi parienta. Estoy dispuesto a firmar un contrato de permanencia”. Hay una gran oportunidad de negocio en este mundo. No entiendo cómo los liberales no se han lanzado a él.

Hay otros supuestos más complejos. Incluso peliagudos, me atrevería a decir. Me refiero, por ejemplo, a un cambio de nacionalidad. La portabilidad se presenta como el avance definitivo para acabar con nacionalismos baratos, al ofrecer la posibilidad a cualquier persona de convertirse en ciudadano del terruño que más le convenga. A saber: que eres un esforzado liberal que quiere un país con escasa o nula injerencia del Estado, pides una portabilidad a Somalia, como aconsejaría mi amigo Lordo; que eres un defensor del Castrismo, te buscas una portabilidad a Cuba, como diría mi amiga Esperanza (Aguirre). Y todo así. ¿Quieres bienestar social? Portabilidad a Nueva Zelanda. ¿Quieres un país con sol? Portabilidad a España. ¿Harto de que tus políticos sean unos mierdecillas honrados incapaces de engañar a una mosca? Portabilidad a España también.

Este es el concepto, más o menos. Hombre, lo suyo sería poder solicitar una portabilidad a otro planeta, pero este servicio es demasiado avanzado en la actualidad, aunque seguro que algún intrépido emprendedor ya está trabajando en esta línea de negocio. Yo, además, querría una portabilidad a otra vida, incluso a otra época. Cuanto más lejana, mejor.