Embestidura

Mariano Rajoy no tiene, de momento, rival en el Pleno del Congreso. En la sesión de este jueves de la sesión que acabará con su investidura, el candidato del PP ha demostrado que está en otro nivel aunque no por méritos propios. El principal argumento que sostiene la supremacía dialéctica de Rajoy es que puede decir lo que quiera sin que sus votantes se vean agraviados, ofendidos o deseosos de entregar su papeleta a otro partido. Y, claro, eso amplía con holgura la libertad de decir cualquier cosa. Además, ha tenido a casi todos los portavoces enfrente, pero no en contra.

Abrió el debate el discurso de Antonio Hernando, portavoz parlamentario con Sánchez y sin él; hombre cuestionado por parte de sus propios compañeros; el político antes conocido como el adalid del No es No; el hacedor de pactos con Ciudadanos en la tormenta y madre de dragones. Con ese curriculum no es de extrañar que Hernando saliera al estrado condicionado. Casi acongojado. Con dos ideas fundamentales en la cabeza: el Psoe es la oposición y la abstención no presupone estabilidad. El problema es que todas sus críticas a Rajoy, su Gobierno, su corrupción y sus recortes chocaban frontalmente con la proposición ya asumida de que su grupo va a permitir que el popular vuelva a gobernar. En esa coyuntura, Rajoy tuvo fácil su réplica: insistió en el chantaje; no sólo quiere gobernar, sino que quiere hacerlo con estabilidad. Lo que no sabemos es si Hernando cogió el mensaje o si pronto veremos una cabeza de caballo bajo sus sábanas. Para que nadie diga que Rajoy es un insensible, el candidato del PP mostró su magnanimidad paralizando las reválidas sin tener la menor intención de retirar la Lomce. Ya tiene argumentos para exigir lealtad institucional a los socilistas.

El debate se tornó duro con la llegada de Pablo Iglesias al estrado. Llegó con sonrisa de pillo. Casi de muñeco diabólico. Empezó con tono suave porque la primera idea que quiso transmitir era que el suyo era el principal partido de la oposición. Para demostrarlo, empezó a subir el tono hasta que por su ceño hubiera podido transitar la quilla del Bribón I. Atacó a Rajoy con los recortes y la corrupción y logró su objetivo principal: provocar. Por su sonrisa triunfante durante los recesos que tuvo que hacer por culpa de las quejas e increpaciones de la bancada popular (entre otras), se puede deducir que lo que pretendía era polemizar. Como decimos, tuvo éxito. Quiso desatar al Rajoy socarrón y lo logró. El culmen fue cuando, a respuetsa de un chascarrillo del líder de Podemos, el popular hizo un chiste sobre sus SMS a Bárcenas. Sí, amigos, Rajoy ya se ríe de aquel capítulo bochornoso en el que pedía al ahora exTesorero del PP (imputado y en pleno proceso judicial) que fuera fuerte. Y que ironice sobre ese capítulo ya sólo puede significar dos cosas: 1) que Rajoy da por amortizado el tema; es algo del pasado, una batalla del abuelo más que es mejor no remover. 2) que Rajoy desprecia a esa minoría de ciudadanos escandalizados por ese capítulo. Hay una tercera opción, y es que se le haya escapado sin querer, pero eso reforzaría en cualquier caso la tesis número 1.

Todo el mundo interpreta que Rajoy estuvo ágil para responder, pero este capítulo me ha hecho reflexionar sobre otra posibilidad: Pablo Iglesias pudo provocar conscientemente a Rajoy sabedor de que cualquier barbaridad que se le ocurriera decir al popular era una piedra sobre el tejado del Psoe, que es el que va a facilitar su Gobierno. Si es así, a Iglesias le salió bien la jugada. Puso el capote y Rajoy entró a la “embestidura”, un palabro que me acabo de inventar para hacer un juego semántico y poder titular este texto. Si no lo hizo conscientemente, entonces tuvo suerte. Y eso es algo muy importante en política como el propio Mariano Rajoy se empeña en demostar día tras día.

Por último, dedicaré unas líneas a la intervención de Albert Rivera, conciliador y templado. Jugó el papel de portavoz del grupo que sostiene al Gobierno y dedicó más tiempo a atacar a Pablo Iglesias que a condicionar el Gobierno de Rajoy. Flaco favor le hizo al Psoe, ya que fue Rivera el primero en identificar a Unidos Podemos como primer partido de la oposición. Rajoy fue paternalista con él en su respuesta y sólo le restó acabar su réplica con un abrazo. En algo sí tiene razón el líder naranja: esta puede ser una gran legislatura. Que cada uno lo interprete como quiera.

 

 

El bipartidismo contraataca

La eclosión de nuevos partidos con presencia parlamentaria no es el culmen del último paso evolutivo de la vida política, según lo visto en el Debate de Investidura de este miércoles cuyo análisis por este blog comenzó aquí. En líneas generales, en esa sesión nos encontramos a un Mariano Rajoy empeñado en que le dejen no sólo ser Presidente sino gobernar. El candidato del PP mantiene que debe haber un Ejecutivo para aprobar los Presupuestos, lo que indica que su objetivo de ser investido lo tiene ya amortizado y su mirada está puesta ya en lo que va a hacer desde Moncloa. A Rajoy, da la sensación, el pluripartidismo se la trae al pairo, lo mismo que el bipartidismo, porque lo suyo es la búsqueda de un monoparidismo plural, es decir: él gobierna y los demás acatan protestando unos más y otros menos. Pero Rajoy no es el único que nos envía señales que indican el fin del pluripartidismo. Psoe, Podemos y C’s también lo han hecho.

Por que también observamos en el citado debate cómo Pedro Sánchez defendía la tradición socialista forjada en el bipartidismo de rechazar al Partido Popular y punto. Sin más. Es decir, lo lógico. Nunca se ha visto al Psoe apoyando por activa o por pasiva una investidura popular pero no está claro todavía si nunca se verá. De momento, Sánchez ha sido inasequible a estímulos externos y en su universo autárquico solo tiene en el punto de mira a su némesis liberalconservadora. Su postura, unida a la situación de bloqueo que está provocando Rajoy, refuerza el bipartidismo probablemente de manera inconsciente, porque a esta tarea también contribuyen Podemos y Ciudadanos como hemos dicho.

Sí, porque vimos a un Pablo Iglesias bipolar en la sesión del miércoles. A ratos espontáneo y brillante y por momentos visceral y enquistado. Tal fue su dedicación a la búsqueda del liderazgo de la oposición, que olvidó que ese puesto ya estaba reservado y se quedó a medio camino, en tierra de nadie, como si se hubiera apagado la música y fuera el único sin silla. No contribuyeron a mejorar su situación las intervenciones de los portavoces de sus confluencias, que demostraron que la fórmula del reparto de tiempos es pintoresca, gallarda y todo un alarde de cara a la galería, pero divide las fuerzas. Como a quien hay que dividir para vencer es al rival, la estrategia no parece muy acertada. En cualquier caso, Iglesias se vio condicionado por la férrea posición de Pedro Sánchez y sus esfuerzos para quitarle el lidrazgo de la oposición fueron inútiles a pesar de que el líder de Podemos fue de los mejores en el cuerpo a cuerpo contra Rajoy. Iglesias quiso lanzar el mensaje de que él es la antítesis de Mariano, pero tuvo la mala suerte de intervenir después de Sánchez, quien acaparó todos los focos mediáticos (para bien y para mal) quedando señalado como el auténtico antagonista de la investidura (villano según qué medios). A Unidos Podemos se le multiplicará ahora el trabajo al tener que hacer oposición a Rajoy (obligatorio si quiere ser alternativa de Gobierno) y a Pedro Sánchez, lo que acabará por desgastar no solo a su líder, sino a la propia esencia del partido, que acabará siendo visto por el electorado como unos cascarrabias que se oponen a todo y a todos.

Con Podemos perdiendo fuelle en la carrera por la oposición, y no digamos por el Gobierno, llegó el turno de Albert Rivera. Taciturno, casi encorvado, trató de explicar en el debate por qué el suyo es un partido bisagra que lo mismo apoya a unos que a otros, una ambigüedad que roza la indefinición y que le condena como posible partido de Gobierno de cara a la mayoría del electorado. Como se ha apuntado, para aspirar al Gobierno es necesario hacer oposición y da la sensación de que Rivera ha evitado esta tarea en la anterior y en esta legislatura. El votante puede ser listo o no, pero quiere que se lleven a cabo las políticas que propone el partido que ha votado, no que se se lleven a cabo algunas políticas parecidas a las propuestas por el partido que ha votado. Albert Rivera ha lanzado el mensaje de que su generosa capacidad negociadora hará que cualquier propuesta electoral pueda ser matizable después en una negociaicón. Y no sólo eso, sino que esa matización se puede inclinar a la derecha o a la izquierda en función del partido con el que se vaya a aliar. Esta posición a priori aperturista y regeneradora tiene poco recorrido sobre todo porque, al haberse celebrado dos elecciones consecutivas y dos sesiones de investidura lideradas por candidatos de distinto signo, C’s ha enseñado sus cartas antes de tiempo; ha quedado en evidencia que su programa siempre estará condicionado al resultado de las elecciones y con el tiempo sus votantes con más poso ideológico acabarán por confiar su apoyo a alternativas menos flexibles con sus promesas. No digo que Ciudadanos vaya a desaparecer, sino que si no logra defender su propio programa sin concesiones quedará relegado al papel de facilitador. Un papel que bien vestido puede ser presentado como el de “engranaje de la democracia”, pero de reojo se puede ver como una “veleta de amplio espectro”.

El bipartidismo, por tanto, puede estar tranquilo. Solo tiene una amenaza: el monopartidismo que defiende Rajoy.

Elecciones para todos

La culpa es del receptor. Los emisores utilizaron el mismo canal y superaron las mismas interferencias, pero o los receptores no supimos descifrar el mensaje o su encriptación era demasiado compleja. Así, interpretamos que todos los partidos políticos estaban dispuestos a negociar y llegar a acuerdos para formar un Gobierno que, en función de los componentes del mismo, sería bien reformista, bien progresista reformista, bien del cambio o bien de la gente. Pero dimos por sentado que habría un Gobierno. Quizá poque creímos que los partidos político deseaban que hubiera uno. Uno inmediato. Pensamos que era perentorio, indispensable.

Lo cierto es que los receptores estábamos predispuestos a malinterpretar el mensaje, cuando desde un primer momento éste fue claro y nítido: los partidos quieren un Gobierno liderado o condicionado por ellos o no quieren un Gobierno. Este mensaje es inequívoco en el caso del Partido Popular, el más honesto a la hora de plantear este tipo de supuestos: o Mariano Rajoy preside un Ejecutivo reformista o rompemos la baraja. Los populares son conocedores de su fabuloso suelo electoral y saben que seguirán ganando elecciones mientras el resto del voto esté fragmentado. Su estrategia se ha mimetizado con la de su líder y se limitan a esperar a que el tiempo lo acabe resolviendo todo.

Sin emabrgo, aunque la voluntad del resto de partidos políticos es similar en cuanto a la escasa intención de formar Gobierno, su posición con respecto a su propio electorado no es tan privilegiada, por lo que no se quieren arriesgar a dar la imagen de ser formaciones reacias a negociar. Así, el Partido Socialista, aunque ha ido mutando su estrategia, ésta ha estado dirigida en todo momento a preparar unas nuevas elecciones generales, ya que no está dispuestos a dejar que gobierne el PP y sabe que las matemáticas le impedirán formar un Ejecutivo propio. Que no es que no el PSOE no quiera cumplir con el mandato de formar Gobierno, es más bien que, consciente de que las opciones de lograrlo son escasas, lo más prudente es aprovechar la tarea para sembrar las bases de una nueva campaña elecotral.

Los socialistas empezaron el proceso abierto las tras elecciones desando escarmentar al PP en una sesión de investidura. Desgastar al rival de cara a una cercana campaña electoral parecía un buen movimiento, pero Mariano Rajoy hizo un quiebro inesperado, se ahorró un escarnio público y se situó a la defensiva con la intención de conservar el mayor número de votos posible para los siguientes comicios. Así las cosas, al PSOE sólo le quedaba salir al ataque, buscar la centralidad del tablero y aprovechar la oportunidad para presentarse como única alternativa al PP. No es tonto Pedro Sánchez; sabe que la sesión de investidura, aunque sea la suya, le puede pesar más a los populares que a los socialistas, por lo que es necesario que haya una en la que poder hablar de corrupción y recortes. No se puede permitir una nueva votación popular sin el paso de Rajoy por la tribuna del Congreso. El pleno de esta semana está marcado en la agenda socialista como unos de los momentos relevantes de su campaña electoral para el 26J.

El caso de Ciudadanos es bien distinto. Albert Rivera logró un resultado electoral espectacular que posicionaba a su formación en la mayor irrelevancia política por culpa de la aritmética parlamentaria. Nunca tantos diputados sirvieron para tan poco. En esa coyuntura, los naranjas no tuvieron más remedio que ponerse las pilas, multiplicar sus apariciones públicas y robarle al PP para emitir al mundo el mensaje de que sólo ellos pueden salvar a España. Los populares incluso les incluyeron en su proyecto de Gobierno de concentración, aunque les bastaba el apoyo socialista para tener mayoría. Les usaron como cebo para el PSOE y como medio para evitar un “todos contra el PPSOE”, pero a C’s no les importó. No, porque ese papel era el que querían interpretar. Hacedores de pactos; líderes del reformismo constitucionalista; bisagra de la unidad nacional.

Los movimientos de Ciudadanos están dirigidos en todo momento a ganar visibilidad y lograr en una próxima cita con las urnas ese par de diputados que les faltan para condicionar de verdad a un Gobierno para ser decisivos de verdad. Hoy por hoy, los alardeos con 40 diputados son meros fuegos de artificio. Un espectáculo que contempla desde una esquina Podemos. Obviamente, la condescendencia con la que Pablo Iglesias trató a Pedro Sánchez en su oferta de Gobierno de coalición no podía ser considerada una propuesta seria de pacto. Si el PSOE aceptaba por alguna extrañísima razón, Podemos ganaba. Si no, los morados irían ocupando con soltura el espectro izquierdo del voto. Podemos es el único partido que, aunque quiere otras elecciones, no pretende únicamente condicionar un Gobierno (que también), le vale también tomar el control de la oposición de izquierdas.

En efecto, da la sensación de Pablo Iglesias quiere llegar al Poder, sí, pero no de cualquier forma. Si no puede hacerlo a lo grande, le vale asumir el papel de líder de la oposición progresista. Su idea podría ser la de emular a Felipe en el 82, cuando arrasó tras cocinar en su propio jugo a la derecha durante el trienio anterior y habiendo fagocitado a la izquierda. Porque al final eso es lo mejor para un partido: eliminar rivales favorece el acceso al poder de forma más eficiente que firmar acuerdos. El bipartidismo solo es malo si una de las dos formaciones protagonistas no es la tuya. Lo que no es bueno es reconocer abiertamente que se desean otras elecciones. De ahí que la estrategia obligue a sentarse, aunque sea para intentar retratar al adversario, esté o no en la mesa negociadora.

Huida hacia delante

Es difícil de tragar el trajín de declaraciones cruzadas en torno a posibles pactos, gobiernos e investiduras al que nos están sometiendo estos días, pero más díficil es digerirlo. Declinaciones de propuestas de formar gobierno, ofertas propias de la sonrisa del destino, vetos, manos abiertas, puños cerrados… La estrategia política está incandescente y, como los políticos quieren y necesitan que los ciudadanos la vayamos conociendo (al menos en la forma, que no en el fondo), nos atiborran con toda suerte de propuestas, advertencias y/o amenazas. Es complicado separar la paja del trigo pero yo me he quedado con cuatro posibles titulares concretos:

1- PP y Podemos podrían estar más interesados en repetir elecciones que en otra cosa, pero nadie en su sano juicio reconocería tal extremo. Ambos partidos, por diferentes razones, podrían ser proclives a volver a citarnos en las urnas porque ambos creen que podrían mejorar sus actuales resultados. En concreto, el PP podría estar pensando que ha tocado fondo; que si con todos los casos de corrupción que acumula -algunos de ellos salpicando incluso la campaña electoral- ha conseguido ganar las elecciones, nada podrá impedir que vuelva a repetir al menos el mismo resultado. Es más, sospechan que el hastío ciudadano por la falta de Gobierno podría invitar a volver al redil popular a algunos de los disidentes que prestaron temporalmente su voto a Ciudadanos. Su idea sería la de recuperar el suficiente peso como para obligar a un mermado C’s a prestarle su apoyo o, incluso, aguardar que los barones socialistas decapiten a su líder y presenten a otro candidato más partidario de un entendimiento con la derecha, quién sabe.

Podemos, por su parte, podría estar confiando en -como señala el Presidente del Principado y Secretario General de los socialistas asturianos, Javier Fernández- ocupar el espacio del PSOE; llevar al extremo a los socialistas y hacerles perder peso político. La idea sería que el PSOE cediera terreno electoral y no tuviera más remedio que ceder a las pretensiones de Podemos si quiere gobernar. Otra opción más ambiciosa estaría condicionada por una lectura más optimista de las expectativas de voto en unas nuevas elecciones que pusieran a Podemos por delante de los socialistas, lo que haría que Pablo Iglesias recordara que, cuando ofreció su apoyo a Pedro Sánchez para formar un “Gobierno del cambio”, dijo que a él le gustaría que le ofreciesen esa ayuda. Sin duda Iglesias cuenta con al menos repetir resultados, algo que podría estar condicionado por la indefinición que últimamente muestra sobre el referendum en Cataluña. Difícil será que repita los votos allí obtenidos.

2- Podemos podría querer ser la oposición de izquierdas. Para poder ocupar el espacio político del PSOE, se entiende. Con un Pedro Sánchez desbocado en la carrera por formar Gobierno antes de que le descabecen sus propios compañeros de partido para regocijo de Mariano Rajoy, Pablo Iglesias podría estar saboreando ya un posible pacto entre los socialistas y Ciudadanos con o sin el PP, da igual. En cualquier caso Podemos podría presentarse como la primera fuerza de la izquierda en la oposición. Es una estrategia que prevé recoger resultados a medio plazo (en caso de que no se repitan los comicios), es decir en las próximas elecciones que se celebren en 2020 y que previsiblemente estarán marcadas porque ese podría ser el año de la recuperación. O no, eso no lo sabe nadie, ya que el año de la recuperación se ha anunciado de forma implacable desde 2012 hasta hoy. En cualquier caso, la comunicación no verbal de Iglesias en sus mensajes hacia Sánchez nos dice claramente que al líder de Podemos no le interesa el socialista sino sus votantes.

3-El PSOE o es estrella o se estrella. Nadie sabe si el alocado ímpetu de Pedro Sánchez por formar gobierno es sincero afán reformista o una huida hacia delante pero, sea como sea, no hay vuelta atrás. Si no logra formar un Gobierno, los pedazos que de él queden cabrán en el bolso de mano de Susana Díaz y su partido tendría que empezar a pensar en ir al registro para cambiar sus siglas por PSOA. Quizá algún Barón socialista vea en un supuesto fracaso de Sánchez una oportunidad de oro para subir al poder en su partido, pero lideraría un campo de cenizas sobre el que han echado sal. Ahora que hay alternativas en la izquierda, cualquier síntoma de división es una invitación a la deserción (del votante).

Si Pedro logra formar Gobierno, habrá logrado un hito sin precedentes en la democracia hispana, aunque luego tendrá que gestionar una difícil arquitectura de pactos. Pero habrá demostrado, al menos, que su convicción es firme y su determinación, implacable. Habrá demostrado que los socialistas pueden sobrevivir a Podemos. Es más, si no se alía con la derecha, estaría en disposición de comenzar a ocupar el espacio de la formación morada al menos para recuperar a algunos de los votantes del PSOE fugados por las grietas de la centralidad política. Sánchez tiene ahora a su favor el haber sido designado líder de un proceso, lo que le otorga varias facultades. Una de ellas es la de poder hacer que el resto de agentes políticos implicados se retraten. No le costará mucho.

4- Ciudadanos lucha por no quedarse a verlas venir. Los resultados electorales han sido crueles con los naranjas porque por muy poco se han quedado sin ser una fuerza determinante en el actual panorama político. Esto les obliga a decir cada diez minutos que ellos están dispuestos a pactar, como si eso le importase a alguien. También insisten en la necesidad de reformas y cambios, como si eso no lo dijeran todos. Están hechos un lío; obligados a incumplir su palabra sobre pactos y Gobiernos o a quedar abandonados a la insignificancia. No son el partido clave para nadie, así que o se dedican a opinar de todo o podría haber quien les acabe olvidando, incluso. En esta coyuntura, la repetición de elecciones no les es favorable, por lo que solo les quedan dos opciones: lograr que alguien gobierne con su apoyo o con su oposición, o cambiarse todos a UPyD y probar suerte de nuevo.

Centro Mediatico Electoral

En 2007 el Partido Popular puso por primera vez contra las cuerdas al PSOE en GIjón, avisando de algo que hasta esa fecha nadie había acertado a pensar: la derecha podía gobernar en la ciudad. En las elecciones municipales de ese año los populares lograron 12 de los 27 concejales de la corporación, a uno solo de los que lograron los socialistas, que necesitaron el apoyo de la coalición formada por Izquierda Unida, el Bloque por Asturies y Los Verdes. Fue el inicio de la última legislatura de Paz Fernández Felgueroso. No pocos temían la llegada del PP a la ciudad cuatro años después. La Presidenta y candidata de los conservadores pudo pasarse cuatro años de ferrea oposición tomando medidas del que iba a ser su despacho. Pensando el color de las cortinas. Eligiendo el tono de la alfombra. Era imparable. Por fin lograría su objetivo.

A medida que nos acercábamos a 2011, la situación era tal con la crisis, el declive de Zapatero y el ocaso del arecismo salpicado de casos de supuesta corrupción, que ni aunque hubiera sido sorprendida robando un cachorro de caniche para sacrificarlo en la hoguera para adorar a satán habría perdido Fernández Pardo aquellas elecciones. Era su momento. El PP gobernaría en Gijón sí o sí. Y quien sabe si en Asturias, ya que los socialistas habían establecido un curioso paralelismo entre los gobiernos del Principado y de la Villa de Jovellanos. De hecho en 2007 el PP de Ovidio Sánchez también se había quedado a un diputado del PSOE de Tini, quien salió reelegido finalemente como Presidente de Asturias. Los astros por fin se alineaban. Los populares tenían el gobierno autonómico y el de Gijón en el horno y pensaban darse un atracón porque en Oviedo la victoria ya estaba hecha. Nada podía fallar en aquellas elecciones en las que incluso se auguraba que el PSOE perdería Extremadura y La Mancha. Por fin tantos años en la oposición iban a dar sus frutos. Qué podía salir mal.

El pastel era tan jugoso que todo el mundo quería ser comensal, incluso aquellos que ya se habían hartado de comer. Al olor del futuro gobierno, y puede que empujado por alguna otra razón que nadie ha acertado a desvelar, el por aquella época expolítico y empresario Francisco Álvarez Cascos decidió volver al ruedo. Pero no ofreciéndose al que había sido su partido, no. Cascos quiso volver pero por aclamación, tal y como ya he contado en otras ocasiones, pero como no le hicieoron caso, en 2011 montó su propio partido con sus siglas. Su irrupción en la vida política asturiana provocó un terremoto: hizo que el PP perdiera la mitad de sus diputados cuando el partido crecía en el resto del país; en Gijón los populares perdieron más de la mitad de los concejales y, por apoyar al partido de Cascos, el PP gijonés pedió a su líder primero, y en 2015 bajó a 3 ediles. Algo inaudito. Sin embargo, en la Junta General del Principado el PP no apoyó a FAC, y el partido de Cascos se desinfló desde su alucinante victoria en 2011 con 16 diputados, hasta su irrelevancia política en 2015 con 3, pasado por las elecciones de 2012 en las que ya perdió el gobierno quedándose con 12 escaños.

Sin embargo, Cascos también consiguió, aunque en diferido, lo que tanto ansiaba el PP: ganó las elecciones en Gijón. No en 2011, cuando su partido quedó segundo aunque luego gobernó con el apoyó del PP, sino en 2015. Así, FAC ha demostrado que el que resiste gana. Como en el Principado no resistió, acabo perdiendo y hundido. Como en Gijón sí aguantó, ha logrado que por primera vez gane un partido de derechas. Es decir, que Foro ha mostrado sus fortalezas y sus debilidades. Si el resto de fuerzas políticas de la derecha tiene olfato depredador y quieren ocupar su espacio electoral, harían bien en no apoyarle allá donde lo necesite, ya que va camino de convertirse en una formación residual en menos de 4 años. Es más, en Gijón hasta los partidos de izquierdas deberían tratar de evitar que llegue a la alcaldía, porque solo así se asegurarán que Foro dejará de ser una alternativa de gobierno en la ciudad. Si Moriyón no es elegida alcaldesa, su fuerza se evaporará en esta legislatura de la misma forma en la que lo hizo en la Junta General del Principado. Si Moriyón Gobierna, podría llegar a hacerse fuerte, aunque debería ir cambiando el nombre al partido por Centro Mediatico Electoral, y que siga la tradición de que la formación lleve las siglas del líder.

Reflexiones electorales

Si los análisis postelectorales se hiciesen tras un borrón y cuenta nueva, sin tener en cuenta los resultados de anteriores comicios, en Asturias podrían alardear de buenos datos en las autonómicas todos los grupos parlamentarios excepto Foro y UPyD, que ya ni es grupo parlamentario. Pero si nos fijamos en los resultados obtenidos en 2011 y no tenemos en cuenta a los partidos políticos que no se presentaron en aquella cita, las únicas formaciones que han ganado algo son Izqierda Unida y PACMA, ya que el PP, aunque ha ganado un diputado por efecto del reparto, ha perdido votos. En Concreto, y a falta de que se distribuya todavía un puñado de votos, la coalición cuya lista lideró Gaspar Llamazares ganó algo más de 2.400 apoyos para lograr 64.114 papeletas. Porcentualmente, la subida de PACMA es mayor, ya que incrementó sus apoyos en 1991 votos hasta los 3.941. El animalista registró un crecimiento de casi el 50%.

Obviamente no podemos hacer análisis postelectorales sin tener en cuenta a los partidos que han irrumpido por primera vez en la Junta General del Principado, pero calificar de espléndido el resultado de Podemos y Ciudadanos al irrumpir con 9 y 3 escaños respectivamente, nos obligaría buscar adjetivos superlativos nivel décimo dan para describir la victoria de FAC en 2011, cuando ganó con 16 escaños. Por eso me limitaré a decir que son buenos resultados, especialmente el de Podemos.

¿Podemos negar al que el PSOE haya tenido un buen resultado electoral al ganar las elecciones tras perder más de 37.000 votos? Desde el punto de vista del PP, no. Porque los populares ya se han apresurado a decir que su desplome en las autonómicas y municipales se debe al efecto del desgaste provocado por la acción de gobierno en tiempos de crisis, un argumento que podría usar la FSA si quisiera en el Principado. Desde el punto de vista socialista, tampoco, porque han resistido la entrada de dos nuevas formaciones en el Parlamento asturiano y, con respecto a 2011, solo pierden un escaño.

Ciertamente la pasada legislatura fue agitada, como lo han sido todas aquellas en las que Francisco Álvarez Cascos ha metido la mano y que por norma se caracterizan porque en algún momento surge un partido político escindido del PP. Antaño fue URAS, hoy ya descompuesto después de haber recibido 245 votos, y en la actualidad es Foro, que llegó a ganar en 2011 a pesar de contar con 1.000 votos menos que el PSOE, y que en estas elecciones se ha dado un tremendo hostión de 133.748 apoyos menos. Un golpe casi tan histórico como su victoria hace 4 años.

Uno de los motivos de esa caída de FAC, ya se apunto más de una vez en este blog, ha sido que el PP no le diera su apoyo en ningún momento, lo que desde mi punto de vista habría convertido a los populares en un mero partido de acompañamiento de Álvarez-Cascos, que habría pasado a liderar a la derecha en Asturias. Este argumento lo sostengo todavía hoy y aporto pruebas: en Gijón el PP apoyó a Foro y los populares casi salen del Ayuntamiento, mientras que los foristas han ganado las elecciones. Si por un casual Mariano Marín está pensando en apoyar a Carmen Moriyón para que no gobierne el PSOE, que lea estas líneas antes, aunque FAC, al igual que el PSOE, está pensando más en negociar con la izquierda de Xixón sí puede, que tiene la llave del gobierno.

Algo parecido pasa en Oviedo, donde los partidos de izquierdas suman mayoría, aunque ha ganado el PP. Sin embargo, en este caso el primer partido de la oposición es Somos. Al PSOE podría venirle bien apoyar una alcaldía de Ana Taboada a cambio de estabilidad en la Junta General, pero corre el mismo riesgo que el PP con Foro: si los socialistas apoyan a Somos en un escenario en el que Izquierda Unida no pierde concejales, y el PSOE no podría liderar el cambio al ser tercera fuerza política, podría acabar siendo un partido residual en la capital. La FSA tendrá que decidir, por tanto, si tiene algún interés en Oviedo antes de dar algún paso.

Así las cosas, todo aprece indicar que volveremos a tener un Gobierno autonómico socialista en minoría, que el PSOE podría volver a regir Gijón con la ayuda de la izquierda, y que el PP podría volver a gobernar en Oviedo haciendo extraños equilibrios. Más extraños incluso que los que hizo la pasada legislatura al aprobar los presupuestos con el apoyo de IU. Con Somos en el Ayuntamiento no sería sostenible que Roberto Sánchez Ramos respaldara al PP, por lo que Caunedo tendrá que tirar de C’s y del PSOE que, como decimos, se arriesga a quedar como un parido testimonial si apoya un gobierno de izquierdas donde todos tendrían mucho que ganar, excepto los socialistas.

En cualquier caso, todavía es pronto para aventurar nada. De momento debemos limitarnos a felicitar a todos, porque todos han ganado, parece ser (menos Foro y UPyD). Aunque también deberemos animar a todos, porque todos han perdido (excepto IU, PACMA y los nuevos partidos en la Junta).

Ingobernable

En este país hay gente que quiere acabar con la apisonadora parlamentaria de la mayoría absoluta del PP y a la vez advierte de los peligros para la gobernabilidad que se derivan de la fragmentación de los Parlamentos, al entrar nuevos partidos políticos. Que qué va a ser esto, dicen. A ver cómo se aprueban los proyecto, lamentan. Y claro, uno, que es sensible a los estínulos externos, asiente convencido y temeroso del oscuro futuro que nos aguarda la próxima legislatura. Porque uno cree que quien alerta de los perjuicios de un Parlamento sin mayoría absoluta debe ser alguien que entiende que la negociación y el consenso son instrumentos ajenos a la vida política. O puede ser, también, que quien señale la gravedad de que haya más partidos en la Cámara sea una persona poco dada a trabajar de forma empática. O a trabajar, directamente, multiplicando las conversaciones, las concesiones y la exigencias, en un escenario plural. Uno no sabe, pero todo ello podría ser. ¿Por qué, si no, alguien iba a decir que es peligroso que haya muchos partidos que representen a muchos colectivos ciudadanos en un Parlamento sin mayorías que aplasten las ideas de los demás? Uno lo desconoce, pero teme el negro devenir, porque quien proclama lo negativo de sumar nuevas fuerzas parlamentarias suele ser un futuro parlamentario. Nos está alertando de su propia incapacidad para llegar a acuerdos, de su propia incapacidad para gobernar.