Ideología de género

Nunca he estado en Polonia y no conozco la realidad del país de origen de ese eurodiputado misógino que se atreve a soltar su ideología de género en el Parlamento común amparado por la libertad de expresión. No conozco Polonia y no pretendo juzgar a todo un país, así que me limitaré a decir que los polacos han votado a una persona llena de odio para que les represente en el proceso de construcción de la hermandad europea. Como enviar a Trump a una cumbre por la paz o a un futbolista a Saber y ganar. Afortunadamente, nuestros políticos machistas no se atreven a expresar en público opiniones como las del polaco por mucha superioridad intelectual que tengan. Qué suerte tenemos.

Aunque, son pocos los ultramachistas que viven en España. Excesivos en números absolutos, quizá, pero pocos en términos relativos. Son, no obstante, los más ruidosos, aunque también los más fáciles de combatir porque su poco disimulada ideología de género carece de base o argumentos sólidos. Todo lo fían a que las cosas son así porque lo dicen sus testículos o porque siempre han sido así y, claro, se ven superados en cuanto cualquier persona les presenta una reflexión compleja. No digo que no haya que combatirlos, ojo, aunque ellos mismos se encaminen a la extinción, acorralados, incluso, por los micromachistas. El problema es que mueren matando. Ya he comentado en anteriores entradas la extrañeza que me produce que se haya encontrado una clara relación entre el odio filoterrorista y los chistes sobre dictadores de altos vuelos sin que se le acabe de ver ningún vínculo letal a la apología del machismo.

Algún día abundaré en la necesidad de considerar los discursos ultramachistas como manifestaciones de odio punible pero hoy me ocupa otro asunto no menor. Acabáis de leer, puede que que con espanto, que he considerado que los ultramachistas son pocos. Me reafirmo. Machistas, no obstante, hay muchos. Millones. Puede que decenas de millones sólo en España. El problema es que la mayoría o bien dice que no lo es o bien cree que no lo es. Y ese es el principal problema al que nos enfrentamos, porque los machistas ignorantes, por un lado, y los mentirosos, por otro, son el principal foco de propagación de esta lacra.

Son los que se proclaman, orgullosos, defensores de la igualdad, de la educación para vencer al machismo. No pocos hombres y mujeres, machistas sin saberlo, mantienen discursos de este tipo. Que si hay que concienciar a los niños, que si hay que compartir las tareas… Como si pasar la aspiradora te hiciera converger con la igualdad elevándote a un estrato moral superior. Un machista ignorante fregando deja más limpia su conciencia que los platos y, a su parecer, queda legitimado para conservar el resto de actitudes micromachistas, que le acompañan desde que fue intoxicado con ellas en su más tierna infancia. Además, este tipo de machista es capaz de condenar el ultramachismo, lo que -también a su propio parecer- le sigue legitimando para sus pequeñas hazañas micromachistas.

Así, los ultramachismos, aunque inadmisbles, se me antojan meras bufonadas en comparación con los micromachismos.Todas/os conocéis algún ejemplo. Esas niñas que deben dejar pasar primero a los niños al entrar al autobús ante la pasividad de las madres de ellos; esa condescendencia disimulada en tu puesto de trabajo; esa manía de considerar un halago determinados “piropos”; ese déjame a mí, que tú no sabes; esa educación en guerreros y princesas; ese desprecio a películas con heroínas o esas miradas y comentarios que en el día a día yo no sufro y por tanto me cuesta explicar.

No se acaba con la desigualdad sin frenar ese machismo edulcorado que impregna la estructura social; el de quien, mientras pide igualdad de género, propaga actitudes machistas, a veces sin querer y, otras, sin querer reconocerlo. Es el machismo que está enquistado, pegado al hueso y nutriéndose de él. Es la enfermedad y el ultramachismo es su síntoma. Y no habrá cura sin abrir los ojos de esos millones de personas. Miles de mujeres feministas lo intentan pero el machismo defiende bien sus privilegios ayudado por que, de vez en cuando, un payaso ultramachista deja suelto su odio para despistar.

Sueños perdidos

Através de una mirilla espío mis sueños perdidos con la emoción de un admirador secreto. Conteniendo el aliento, superando el rubor. Incapaz, sin embargo, de ahogar la excitación propia del enamorado que sabe que jamás será correspondido. Los observo con ardor platónico, como si la mera contemplación atenuara, en alguna medida, el deseo insatisfecho. En el cajón más profundo de mis anhelos escondo los sueños de mi niñez. Los más inconfesables porque son puros y porque representan un detallado perfil de mí mismo, esbozado a través de mis incapacidades e inconstancias; son un retrato de lo que nunca seré. Lo que es peor, son el reflejo de lo que soy.

Me torturan menos los sueños de madurez, consciente como soy de que jamás los veré cumplidos. Los contemplo con nostalgia por recientes que sean. Y los almaceno con rapidez para dejar sitio a nuevos anhelos inalcanzables con los que las circunstancias cambiantes me bombardean. La mera supervivencia durante un día frustra muchas expectativas y abre un cauce para trasvasar sueños desde el rincón de lo latente hasta el sótano de lo imposible. Y el tráfico entre ambos espacios es constante. Son tantos los sueños de madurez perdidos, que de forma preventiva he abierto un baúl para guardarlos. Ahí yacen juntos. Revueltos. Agitados y batidos. El sueño de vivir en una sociedad justa comparte espacio con el de vivir sin destruir el ecosistema; el de disfrutar de la vejez se apila junto al de tener calidad de vida más allás de los 65 años; el de que mi hija tenga las mismas oportunidades que el hijo de cualquier banquero se amontona sobre el de que su futuro no pase por vivir en precario el resto de sus días. Ahí están todos almacenados. En un baúl de sueños perdidos. Uno al que quiero tapar la mirilla por la que espiar.