El Psoe se sale y Vox entra: análisis del 26M

Escrutadas casi todas las papeletas, y a falta del voto exterior, ya podemos decir que las elecciones europeas, municipales y autonómicas del superdomingo de mayo de 2019 las han ganado casi todos, aunque más que nadie el PSOE. En lo que tiene que ver con Asturias, que es a lo que vamos, su victoria tiene pocas máculas. Quizá la de Oviedo, según reconocía ayer un destacado miembro de la FSA, aunque inmediatamente después pasaba a subrayar -ya con la boca más pequeña- que la capital es una plaza “un tanto complicada”. Efectivamente, los socialistas han perdido Oviedo pero -seamos sinceros- en realidad nunca la tuvieron. Al menos no desde que gobernaba Masip. Total que el PSOE asturiano es el gran vencedor de estos comicios, quizá gracias al viento del sur que soplaba Pedro Sánchez desde Madrid y quizá también gracias a que los asturianos, que demostraron en ocasiones ser favorables a gobiernos del Principado de la derecha, sí parecen ser reacios a un ejecutivo de la derecha con Vox.

De poco sirvió la meticulosa labor de oposición del Gobierno regional al central, a pesar de que fue intensa en ocasiones en asuntos de calado, como la política industrial. Agotada la minería, que ya descansa en los brazos de la prejubilación, y amortizada la lucha del carbón, el mensaje de la transición ecológica parece empezar a calar en una sociedad que antaño llegó incluso a ver con relativo orgullo cómo los mineros defendían su medio de vida con sángre y pólvora. Lo llegó a ver, sí, aunque desde la distancia, todo hay que decirlo, porque en los años previos a la gran crisis, cuando los jóvenes encontraban empleo en los sectores más diversos, se pasó a ver con cierto incomodo no ya la lucha obrera sino sus consecuencias. Porque, a ver, está muy bien que la gente se manifieste y tal, pero no tanto que me hagan llegar tarde a casa por culpa de una barricada.

A falta de algunas inversiones pendientes de fondos mineros, y con a penas un puñado de trabajadores de subcontratas para los que nadie mira, al ejecutivo socialista asturiano ahora en funciones sólo le quedan las térmicas y la industria para hacer oposición a Sánchez durante los pocos días que sigan en el poder, toda vez que la principal exigencia de Arcelor pasa por que se impongan aranceles proteccionistas desde el Gobierno europeo y sus trabajadores cobren lo menos posible. Por su parte, Alcoa se irá de aquí mande el partido que mande, dejando una fábrica que llevará bajo el brazo un jugoso incentivo público-privado para aquel que la quiera comprar y la gestione por un tiempo aún por determinar.

Así las cosas, el principal problema al que se enfrenta ahora mismo el candidato a la presidencia del Principado Adrián Barbón es elegir a su próximo Consejo de Gobierno y tratar de mantener el enorme respaldo electoral que ha recibido, porque difícilmente sus resultados podrían haber sido mejores en una coyuntura multipartidista como la actual. Su victoria, además, le refrenda como líder de la FSA, ya que responde al reto que planteó un destacado exlíder de la Federación Socialista Asturiana, quien en su día dejó en el aire que el nuevo PSOE debía ganar elecciones como lo hacía el viejo, en referencia a que los sanchistas deberían demostrar que son capaces de venecer en las urnas como lo hicieron los javieristas. Adrián Barbón fue un paso más allá y ganó como lo hicieron en su día los arecistas.

Tal fue el ímpetu socialista este pasado 26M, que doblaron en diputados a la segunda fuerza más votada. El PP de Teresa Mallada obtuvo 10 escaños en lo que parece la confirmación de su suelo electoral. Puede parecer un mal resultado pero no lo es. La candidatura de Mallada logra mantener el tipo en unas condiciones muy negativas para ella. Por un lado, los populares han tenido que nadar contra la corriente que se había llevado a su líder nacional. Los inauditos malos resultados de Pablo Casado amenazaban con ser una losa para la expresidenta de Hunosa. Sobre todo porque el sonriente líder del PP se empeña en hacer campaña en clave independentista y es posible que ese sea un mensaje que, aunque importante, no cale en exceso en el electorado asturiano. Por otro lado, Teresa Mallada ha tenido que lidiar con una feroz oposición interna. La dirección de su propio partido en Asturias, descontenta con la elección de la allerana como cabeza de lista, se esforzó por dejar en evidencia a la candidatura regional en cada ocasión que tuvo, por pequeña que ésta fuera.

Entre otras cosas, la presidenta del partido, Mercedes Fernández, apostó por una coalición con Foro para las generales en contra de la opinión de Mallada (y de quien esto escribe) y se reconoció desconocedora del programa electoral de su partido para los comicios autonómicos (con el significado que tiene que una presidenta desconozca las ideas que plantea su propia formación en unas elecciones). Y con todo, Mallada logró mantener el suelo del PP y, de paso, ganarse aspirar a dirigir la formación conservadora. Se avecinan jornadas interesantes entre los populares. También logró otra cosa: que su candidato en Oviedo reeditara un nuevo triunfo electoral y, lo que es más importante, lograra números para recuperar el Gobierno perdido. Otros candidatos que no salieron del dedo señalador de Génova no tuvieron el mismo éxito y naufragaron en las turbulentas aguas del voto cantábrico.

Así pues, y a pesar de haber logrado la mitad de escaños que el PSOE, los números del PP no son malos y en la junta doblan en representantes a la tercera fuerza: Ciudadanos. Con la formación naranja siempre pasa lo mismo: sube pero se lamenta de no haber logrado sus objetivos, mientras que los analistas coinciden en hablar de fracaso debido a las expectativas creadas. Yo soy de la opinión de que esas expectativas no son más que estrategia electoral pura y dura para tratar de atraer el voto de aquellos indecisos que buscan que su papeleta no quede en saco roto, que tenga utilidad. Inflando voluntariamente sus aspiraciones reales se sitúan ante el electorado como una potencia política que quiza no sean pero que pueden llegar a ser así, poquito a poquito, paso a paso, elección tras elección, a base de crear expectativas y de lamentar como un fracaso lo que en realidad es un éxito.

Juan Vázquez era un excelente candidato llamado a mejorar, pasara lo que pasara, los resultados de Nicanor García. Logró pasar de 3 a 5 diputados, lo que representa una subida porcentual del voto de casi el 100%. Su partido creció también en Oviedo y en Gijón, y todo con un discurso disconforme con el de la dirección del partido en Madrid. A pesar de que los principales líderes nacionales de C’s impusieron un cordón sanitario al PSOE, Vázquez se mostró siempre dispuesto a negociar con cualquiera, excepto con los extremistas. Rebatió a los primeros espada de Madrcelona reivindicándose como un independiente con ideas propias. Una disparidad de criterios que igual desconcertó a sus votantes pero, a pesar de ello (o precisamente por ello), creció electoralmente. Para mí, un éxito por el que merece una felicitación.

Decía al principio que en estas elecciones han ganado casi todos. Los que no lo han hecho han sido Podemos. Todo hay que decirlo, haberse enfrascado en una disputa interna antes de las elecciones no les ayudó. Hacer una campaña en negativo, tampoco. Que el número dos de la lista tratara de eclipsar a la número uno, menos. Haber dejado que la derecha gobernara en Gijón, es posible que tampoco. Insistieron en focalizar su campaña en destacar los desmanes (presuntos de momento) de un gobierno socialista que concluyó hace 8 años, lo que diluyó la atención del electorado de izquierdas. Sí, la corrupción es un tema importante, que preocupa, pero no s epuede vivir toda la vida del caso Marea. Si hay que destacar algún éxito, sería el de haber logrado dilapidar las posibles ventajas de haber presentado a Lorena Gil, que era una muy buena candidata. Podemos ha reconocido su fracaso y falta por saber si alguien va a asumir alguna responsabilidad por ello o si van a aprender alguna lección del mismo.

Ahora imaginad el siguiente escenario: os hacéis el Hara Kiri justo antes de una maratón y aún así la corréis y la acabáis. Con esta metáfora veréis que los 2 diputados de Izquierda Unida en la Junta General no es un resultado tan malo. La coalición partía con la desventaja de concurrir a los comicios sin siquiera tener coordinador general. Tal era la situación provocada por la marcha de Gaspar Llamazares. Otro handicap era la disparidad de discurso que quedó patente antes y después del proceso de primarias: unos querían ir con Podemos a las urnas, otros ni de coña; unos estaban con Llamzares, otros ni de lejos… Y todo así hasta la debacle final. En Oviedo han pasado de gobernar en el tripartito a desaparecer; en Gijón, de dos a un concejal. Al menos le queda a la formación el consuelo de tener en la Cuenca algún referente de cómo hay que hacer las cosas. Y, ojo, no me refiero a poner a Hanibal Vázquez de Coordinador General. Izquierda Unida ya cubrió su cupo de alcaldes campechanos y bonachones que se hacen valer en un ayuntamiento pero no en una asamblea de la coalición.

Si aplicamos el baremo de las expectativas con el que pretendemos juzgar a Ciudadanos, Foro habría conseguido unos resultados extraordinarios. Y aún así están disgustados. Los asturconservadores han perdido un tercio de sus diputados, es decir, uno. Ahora son dos, cosa que pocas encuestas auguraban. Les daban la mitad como mucho. Los de Cascos renunciaron a la ciudad más poblada de Asturias sólo para tener presencia en la Junta General del Principado. Pudiendo centrarse en Gobernar Gijón perennemente, prefirieron sacrificar a su mejor pieza en Oviedo. Y lo pagaron, claro, cayendo estrepitósamente en la Villa de Jovellanos, donde perdiern 5 de los 8 concejales que tenían y, por supuesto, el Gobierno. Pero lograron conservar representación en la Junta, donde estará la exalcaldesa de Gijón Carmen Moriyón. Sólo el tiempo dirá si su apuesta tendrá resultados positivos, pero mi impresión es que corren el riesgo de diluirse en el Parlamento regional entre el ruido que hará Vox y la muy superior presencia del PP. Su futuro podría pasar, quién sabe, por ser un partido asturianista de derechas o acabar de integrarse en las filas populares previa claudicación, eso sí.

Vox, por último pero no menos importante, ha logrado un buen resultado. Han obtenido dos diputados que tendrán que debatirse entre hacer oposición al PSOE o a las “derechitas cobardes”, no sé muy bien por qué camino irán. Si optan por guerrear contra las derechistas, se lo van a pasar en grande, porque en pocos Parlamentos habrá tantas como en el asturiano. Además, han logrado presencia en varios ayuntamientos, siendo en ellos también el dos su número fetiche. Su reto será conservar la representación que han logrado y, en función del mérito o demérito de las otras derechas, tratar de mejorarla.

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El bipartidismo contraataca

La eclosión de nuevos partidos con presencia parlamentaria no es el culmen del último paso evolutivo de la vida política, según lo visto en el Debate de Investidura de este miércoles cuyo análisis por este blog comenzó aquí. En líneas generales, en esa sesión nos encontramos a un Mariano Rajoy empeñado en que le dejen no sólo ser Presidente sino gobernar. El candidato del PP mantiene que debe haber un Ejecutivo para aprobar los Presupuestos, lo que indica que su objetivo de ser investido lo tiene ya amortizado y su mirada está puesta ya en lo que va a hacer desde Moncloa. A Rajoy, da la sensación, el pluripartidismo se la trae al pairo, lo mismo que el bipartidismo, porque lo suyo es la búsqueda de un monoparidismo plural, es decir: él gobierna y los demás acatan protestando unos más y otros menos. Pero Rajoy no es el único que nos envía señales que indican el fin del pluripartidismo. Psoe, Podemos y C’s también lo han hecho.

Por que también observamos en el citado debate cómo Pedro Sánchez defendía la tradición socialista forjada en el bipartidismo de rechazar al Partido Popular y punto. Sin más. Es decir, lo lógico. Nunca se ha visto al Psoe apoyando por activa o por pasiva una investidura popular pero no está claro todavía si nunca se verá. De momento, Sánchez ha sido inasequible a estímulos externos y en su universo autárquico solo tiene en el punto de mira a su némesis liberalconservadora. Su postura, unida a la situación de bloqueo que está provocando Rajoy, refuerza el bipartidismo probablemente de manera inconsciente, porque a esta tarea también contribuyen Podemos y Ciudadanos como hemos dicho.

Sí, porque vimos a un Pablo Iglesias bipolar en la sesión del miércoles. A ratos espontáneo y brillante y por momentos visceral y enquistado. Tal fue su dedicación a la búsqueda del liderazgo de la oposición, que olvidó que ese puesto ya estaba reservado y se quedó a medio camino, en tierra de nadie, como si se hubiera apagado la música y fuera el único sin silla. No contribuyeron a mejorar su situación las intervenciones de los portavoces de sus confluencias, que demostraron que la fórmula del reparto de tiempos es pintoresca, gallarda y todo un alarde de cara a la galería, pero divide las fuerzas. Como a quien hay que dividir para vencer es al rival, la estrategia no parece muy acertada. En cualquier caso, Iglesias se vio condicionado por la férrea posición de Pedro Sánchez y sus esfuerzos para quitarle el lidrazgo de la oposición fueron inútiles a pesar de que el líder de Podemos fue de los mejores en el cuerpo a cuerpo contra Rajoy. Iglesias quiso lanzar el mensaje de que él es la antítesis de Mariano, pero tuvo la mala suerte de intervenir después de Sánchez, quien acaparó todos los focos mediáticos (para bien y para mal) quedando señalado como el auténtico antagonista de la investidura (villano según qué medios). A Unidos Podemos se le multiplicará ahora el trabajo al tener que hacer oposición a Rajoy (obligatorio si quiere ser alternativa de Gobierno) y a Pedro Sánchez, lo que acabará por desgastar no solo a su líder, sino a la propia esencia del partido, que acabará siendo visto por el electorado como unos cascarrabias que se oponen a todo y a todos.

Con Podemos perdiendo fuelle en la carrera por la oposición, y no digamos por el Gobierno, llegó el turno de Albert Rivera. Taciturno, casi encorvado, trató de explicar en el debate por qué el suyo es un partido bisagra que lo mismo apoya a unos que a otros, una ambigüedad que roza la indefinición y que le condena como posible partido de Gobierno de cara a la mayoría del electorado. Como se ha apuntado, para aspirar al Gobierno es necesario hacer oposición y da la sensación de que Rivera ha evitado esta tarea en la anterior y en esta legislatura. El votante puede ser listo o no, pero quiere que se lleven a cabo las políticas que propone el partido que ha votado, no que se se lleven a cabo algunas políticas parecidas a las propuestas por el partido que ha votado. Albert Rivera ha lanzado el mensaje de que su generosa capacidad negociadora hará que cualquier propuesta electoral pueda ser matizable después en una negociaicón. Y no sólo eso, sino que esa matización se puede inclinar a la derecha o a la izquierda en función del partido con el que se vaya a aliar. Esta posición a priori aperturista y regeneradora tiene poco recorrido sobre todo porque, al haberse celebrado dos elecciones consecutivas y dos sesiones de investidura lideradas por candidatos de distinto signo, C’s ha enseñado sus cartas antes de tiempo; ha quedado en evidencia que su programa siempre estará condicionado al resultado de las elecciones y con el tiempo sus votantes con más poso ideológico acabarán por confiar su apoyo a alternativas menos flexibles con sus promesas. No digo que Ciudadanos vaya a desaparecer, sino que si no logra defender su propio programa sin concesiones quedará relegado al papel de facilitador. Un papel que bien vestido puede ser presentado como el de “engranaje de la democracia”, pero de reojo se puede ver como una “veleta de amplio espectro”.

El bipartidismo, por tanto, puede estar tranquilo. Solo tiene una amenaza: el monopartidismo que defiende Rajoy.

En sus marcas

Las elecciones ya no son lo que eran. Al menos las próximas no serán lo que fueron las celebradas el mes de diciembre pasado. Y no lo serán porque los partidos concurrentes no llegan de la misma forma a la cita, sino que su posición se ha visto condicionada por todo lo acaecido desde que se escrutó el último voto el 20D, que no fue poco. Irrelevante, sí, pero abundante. Los partidos se han movido mucho, quizá porque han valorado que los ciudadanos tendremos en cuenta a la hora de votar quién ha hecho más por negociar o quién es el que ha preferido que hubiera otras elecciones. No consideran que el pueblo pueda tener entre sus indicadores el de quién ha sido más pesado en todo este tiempo.

El PP se presentará a esta nueva convocatoria después de haber hecho radical y absolutamente nada, siguiendo al pie de la letra una estrategia de hechos consumados que les llevó a aprovechar un supuesto pacto entre PSOE y Podemos -en el que sólo los populares tenían intención de creer- para evitar el escarnio que Rajoy podría haber sufrido en una sesión de investidura. La misma estrategia hizo que Rajoy nunca llamara a Pedro Sánchez porque, presuntamente, éste iba a rechazar cualquier propuesta del Presidente en funciones. Así las cosas, y fiel a su estilo, Mariano Rajoy se ha tirado cuatro meses y medio para ir a Bruselas, hablar por teléfono con un Puigdemont de mentira, verse con el Puigdemont de verdad, rechazar tres veces al rey y beber vino con Bertín Osborne, actividades que le garantizan el mismo número de votos de cara a las próximas elecciones que el logrado en 2015, si no alguno más. En este impás, la corrupción ha azotado a su partido por arriba y por abajo, es decir, como antes de las anteriores elecciones, con lo que no habrá mayores consecuencias.

Pedro Sánchez tampoco llega en las mismas condiciones. Ahora está vinculado a un pacto firmado con Ciudadanos que, por mucho que se rompa de cara a la cita con las urnas, va a estar presente en todo momento. Sobre todo porque todo el mundo coincide en que los resultados de los nuevos comicios podrían ser similares a los registrados en diciembre, con lo que es probable que ambos partidos tengan que volver a negociar una investidura sea de quien sea. Si eso se produce, a nadie se le escapa que el texto acordado en esta entente liberal-socialdemócrata podría volver a ser la luz que ilumine el camino. Otro factor que condiciona a Pedro Sánchez de cara a la nueva votación es que, de momento, está diversificando sus ataques. Si antes del 20D su objetivo era Rajoy, ahora está gastando munición también con Pablo Iglesias. A todo esto, antes de que le consideremos candidato tendrá que pasar por las primarias que, ha dicho, convocará su partido. A ver qué pasa.

Pablo Iglesias se presenta a la nueva cita con mayor desgaste. Su partido ha sufrido crisis internas que por su bisoñez se podrían considerar inéditas. Ya tienen dimitidos, cesados, familias e investigados, justo como el resto de las fuerzas políticas tradicionales. Además, -como decimos- ahora tiene al PSOE dándole caña, cosa que no pasaba con tanta virulencia en la previa del 20D. Para colmo, tendrá que volver a negociar con las mareas, que tiene a Compromís yendo por libre y a En Comun Podem sin referendum. Por lo demás, sigue planeando la sombra de un hipotético pacto con IU que antes no se cerró y ahora dios dirá. Perdón, el ciudadano dios dirá.

Ciudadanos ya no sabe qué hacer para llamar la atención. Propuso pactar con el PP, luego pactó con el PSOE; propuso un presidente tecnócrata y vetó a Podemos; se posicionó a la izquierda, a la derecha, liberal, socialdemócrata; lo hizo todo, todo para lograr la visibilidad que no le pudo dar un extraordinario resultado electoral en diciembre: los 40 diputados más irrelevantes de cara a un pacto de Gobierno que jamás ha visto el Congreso. Ahora todo ese bagaje le pesará o le impulsará, nunca se sabe. Lo cierto es que si ha habido un partido visible y activo ese ha sido C’s. Han sido fuegos de artificio, pero han sido llamativos.

Izquierda Unida parte de una posición no mejor, pero sí distinta a los demás: será difícil que pierdan más diputados. La coalición sólo puede ganar en esta cita y Podemos lo ha visto. A falta de saber si se cerrará el famoso pacto con los morados, Alberto Garzón puede alardear de ser el político mejor valorado, título que casi siempre corresponde en este país a algún líder carismático y sin opciones de Gobierno.

Los partidos minoritarios tendrán en la próxima cita una nueva oportunidad para entrar en el Parlamento. El mejor posicionado es Pacma, el partido que más crece en cada convocatoria electoral y el único, de momento, cuyo nombre responde fielmente a las circunstancias socio-ideológicas de la formación. UPyD podría recuperar su presencia en el Congreso si logra que alguien sepa quién lo dirige. Vox podría reivindicar un espacio en la derecha, otra cosa es que alguien le escuche.

Sea como sea, ya casi todo está listo para que volvamos a votar. Y esta vez tendremos más información. Sólo falta que el rey diga lo de preparados, listos, ya.

Lecciones políticas

Ya puedo decir que soy partidario de que se celebren otras elecciones, en este caso el 26 de junio, por mucho que diga Manuela Carmena. Como ya he comentado en este blog, creo que los diferentes partidos siempre han estado pensando en repetir los comicios. Ahora, además, opino que es conveniente hacerlo. Es verdad que no hace mucho que tuvimos que acudir a las urnas. Lo hicimos llamados por lo que los distintos líderes políticos nos dijeron que iban a hacer, atraídos por promesas en muchos casos inflexibles. Nos dijeros que todos querían negociar, pero con este no y con aquel tampoco. Nos propusieron políticas reformistas, de regeneración democrática, de cambio, de estabilidad y de continuidad. Nos juraron prosperidad si fulanito o manganito no gobernaba. Y votamos. A unos y a otros. Votamos menos de lo que deberíamos, pero votamos.

Pasado el tiempo, unos empezaron a decir que el país era ingobernable; otros que había que negociar; otros, que pactar. Unos negociaron con unos y otros hablaron con otros. Terceros se quedaron escuchando y cuartos, mirando. Y así llegamos al día en el que Rajoy, cual Pedro ante la cruz, se negó hasta en dos ocasiones a tratar de formar Gobierno con la excusa de que no tenía apoyos y había otro candidato que sí sumaba, no porque éste lo hubiera certificado, sino porque un tercero había sugerido un pacto unilateral. Con este preámbulo se desencadenaron los acontecimientos que ya conocemos, y que desembocaron en un acuerdo entre dos partidos que no pueden formar un Ejecutivo ellos solos, y en un Pleno de investidura fallido de momento.

Todo ello, aunque por ahora no haya dado resultados tangibles para los actores principales, ha servido para mucho. En concreto, a los ciudadanos nos ha servido para tener más información. Como decía al principio, votamos guiados por lo que nos dijeron que iban a hacer si llegaban al Gobierno, y ahora ya sabemos qué son capaces de hacer para alcanzar tal fin, a qué son capaces de renunciar y con quién están dispuestos a hacerlo. Hoy podemos decir que tenemos más datos que hace tres meses. Podemos confirmar o cambiar nuestro voto en función de lo que hayamos visto durante los últimos 60 días. El que tenga como prioridad la unidad de España sabe qué tiene que votar. A quien le importe más la reforma laboral tiene dónde elegir. El que priorice tener políticos dialogantes sabe dónde buscar.

Y no sólo sabemos con más detalles qué están dispuestos a hacer nuestros políticos, no; ahora, además, les conocemos mejor. Nos hemos podido hacer una idea más aproximada de cómo piensan y qué visión tienen de la actual coyuntura y de su propio papel en el entramado político estatal. Y esto ha sido posible gracias al debate en el Pleno de Investidura. Sí, la sesión del pasado miércoles fue uno de los actos principales de la precampaña electoral porque todos los protagonistas pronunciaron su mitin a la vez, algo que no es muy habitual en los prolegómenos de cualquier otra cita con las urnas. Les vimos menos contenidos, menos calculadores que en otros discursos electorales porque en esta cita sus rivales pudieron darles réplica.

Así, durante el debate pudimos ver a un Pedro Sánchez atrevido. Salió al estrado como el que no tienen nada que perder. El martes, en la primera sesión, se presentó en la tribuna de oradores con el impulso emprendedor de quien piensa “el no ya lo tengo”. Sánchez, ya lo avanzo, fue el verdadero vencedor del debate. Lo ganó al presentar su candidatura a la investidura, por lo que pudo dedicar sus intervenciones a hacer campaña electoral, al igual que casi todos los demás oradores. Pudo tratar a Rajoy con condescendecia, a Pablo Iglesias con paternalismo, a Albert Rivera con complicidad, a Joan Tardà con paciencia, a Francesc Homs con didactismo, a Aitor Esteban con aplomo y, en general, al resto de portavoces del grupo mixto con simpatía. De él ya sabemos que está dispuesto a aparcar algunas de sus promesas electorales por el bien de España.

Mariano Rajoy no estuvo mal. De hecho pronunció un excelente discurso a la altura de los mejores que se han escuchado de boca de un líder de la oposición. Incluso bajando al fango para bregar con el candidato a batir. Fue una intervención electoralista, en este caso al ataque, como si Rajoy tuviera que remontar los datos de sondeos aciagos. Rajoy es un hombre del siglo XXI y como tal no faltaron en su discurso alusiones a Rigodón y Fierabrás o palabras como matute o florilegio, tan en boga entre la juventud hispana. De él sabemos que no se moverá si no le damos mayoría absoluta, voto a brios.

Pablo Iglesias también estuvo muy bien. Al principio. Y en medio. Hasta que citó la cal de Felie González, vamos. Ahí la cagó y dio pie a Pedro Sánchez a venirse arriba cuando casi lo tenía acorralado. Su esfuerzo por imitar a Sánchez y ofrecer un discurso electoral le hizo desviarse del tema central, pero no se le puede pedir todo. Quizá lo más destacable a su favor fue que, por momentos, su intervención fue la propia del líder la oposición de izquierdas. De él hemos aprendido que la nueva política es como la vieja pero con otras personas.

Albert Rivera estuvo imponente. Cumplió su papel de Conseller en cap, dando detalles en su intervención de todo aquello que se le había quedado en el tintero a Sánchez en su discurso del día anterior. No le hizo falta pronunciar un mitin electoral porque su estrategia de cara a las elecciones era posicionar a Ciudadanos como lo que no es: un partido llave con el que es necesario negociar. De él hemos aprendido que, si tienes un grupo con poca capacidad de influir, hay que tratar de salir en cuantas más fotos mejor.

Joan Tardà, Francesc Homs y Aitor Esteban, muy bien los tres. Fueron al debate a hablar de sus cosicas y a todos les quedó un poco grande. Sánchez los despachó con soltura, casi sin despeinarse. De ellos hemos aprendido que, si no se cambia el sistema electoral, tenemos que hacernos nacionalistas en Asturias.

En las intervenciones de los portavoces del Grupo mixto estuvieron algunos de los mejores momentos del debate. Lo digo porque seguro que muchos habrán preferido evitar esa parte, como Rajoy, por ejemplo. Mariano, no sabes lo que te perdiste. Era tarde, pero hubo destellos brillantes, quizá debido a que los oradores apenas tenían cinco minutos para hablar y debían condensar sus ideas. Destacaré la intervención de Alberto Garzón, que sintetizó en 5 minutos lo que Pablo Iglesias no logró dejar claro en 22. También la de Isidro Martínez Oblanca, que recibió en menos de 4 minutos dos zas en toda la boca por parte de Pedro Sánchez, que dejó evidencia a Foro por criticar a Rajoy durante la pasada legislatura para acabar coaligándose con él. Muy poético todo. De todos ellos hemos aprendido que las elecciones son como el invierno de los Stark.

Pequeños desatinos

La culpa es de la corrupción, que acapara las escasas críticas de la ciudadanía. Así, los pequeños desatinos diarios que salpican la vida política de cualquier Parlamento autonómico pasan desapercibidos sin que la mayor parte de la gente de bien que nos rodea acierte siquiera a recibir los mensajes de incopetencia que nuestros representantes públicos se afanan en enviarnos día sí y día también. Este jueves, un diputado del Partido Popular asturiano nos ha esbozado el concepto que tiene él mismo, y no sé si su partido, del ejercicio de la política como servicio al pueblo. Jose Agustín Cuervas-Mons ha tenido a bien criticar que PSOE, Podemos, IU y Ciudadanos tienen un pacto oculto para sacar adelante los presupuestos.

La madre que me parió. Maldito contuberrnio izquierdo-derechista-transversal hay montado en la Junta, habrá pensado el bueno de Cuervas, que no ha dudado en airear a los cuatro vientos mediáticos tamaña barbaridad. A quién se le ocurre, de verdad. Qué mente aviesa ha podido perjeñar un pacto en una Cámara de representantes de los ciudadanos. Con qué derecho han acordado o negociado nada. Por qué han tenido que llegar a acuerdos para sacar adelante propuestas. ¡Qué perversión es esa! Es intolerable que haya gente hablando para buscar puntos en común; partidos dispuestos a ceder en sus pretensiones para alcanzar otras que crean más elevadas; políticos que hablen con otros de grupos diferentes. Es IN-A-CEP-TA-BLE, COPÓN.

Obviamente PP y Foro no están en el contubernio. Ellos ya habían dejado clara su postura de no negociar los Presupuestos con el PSOE. Foro incluso había rechazo de mano las líneas generales de las cuentas que el Gobierno les había facilitado por considerarlas “continuistas”. Y eso que el vigente presupuesto lo pactó el PSOE con el PP hace ahora un año. El PP, oiga. El partido con el que Foro concurre en coalición a las elecciones del 20D. Y, por su parte, el Partido Popular considera altura de miras aprobar un Presupuesto con el PSOE y cree un contubernio que todos los Grupos parlamentario menos el suyo y el de Foro negocien la previsión económica de 2016. Todo muy coherente. Todo muy regenerador.

La puta democracia

¿Cuál es la línea roja para aceptar líneas rojas? Si establecemos, por ejemplo, que el límite para dimitir por motivos de corrupción debe estar en la imputación, pero aceptamos sin queja que otros partidos lo ubiquen en la apertura de juicio oral, no podemos quejarnos porque toda una colección de investigados por prevaricación, malversación o alzamiento de bienes nos critiquen desde su escaño por no dejar nuestro puesto al aparecer, aunque sea en calidad de testigo, nuestro nombre en una instrucción cualquiera. No podemos a no ser que seamos del PP, formación que tiene dos listones: uno más alto para sus correligionarios, y otro más bajo para el resto de políticos. No digo que todos los partidos deban tener un código ético idéntico, solo que quienes siguen unas reglas más laxas, deberían tener la misma manga ancha para los casos ajenos y viceversa.

Sobrados ejemplos hay de diferentes varas de medir la gravedad de un asunto merecedor de una dimisión. El que voy a citar es, posiblemente, uno de los capítulos más oscuros del Partido Popular gijonés. Ocurrió en 2003. El Grupo municipal de este partido salía de una sesión plenaria cuando fue sorprendido por un miniescrache en el que participan dos personas. Los manifestantes, que lo eran contra la guerra de Iraq, portaban pancartas tamaño Din A4 en las que apenas se podía leer escrita a boli bic la palabra “ASESINOS”, y usaron ese mismo término para referirse a los ediles del PP, que todavía permanecían protegidos por las puertas de cristal de la casa consistorial. Quizá temerosos de lo que podía pasarles al cruzar el protector umbral del palacete, los populares exigieron a los policías locales que desalojaran a aquellas dos mujeres que seguro que en aquellos tiempos desconocían el significado de la palabra escrache.

Dos mujeres, ninguna de ellas fornida, con sendos folios a modo de pancarta. Eso sí, muy vinculadas al grupo municipal de IU, y más en concreto a su portavoz, Jesús Montes Estrada, más conocido como “Churruca”. Él y su compañera de grupo, Gloria Fernández, aparecieron en el vestíbulo del Ayuntamiento donde se atrincheraban los populares, uno para tratar de poner paz y la otra para recriminar a los concejales del PP su actitud. Ese fue el momento en el que el edil que por aquel entonces pertenecía al Partido Popular Juan Carlos Santos se vino arriba. Se encaró con Gloria Fernández y Churruca tuvo que mediar. Se tensó la situación dentro, mientras fuera aquellas dos mujeres seguían con sus cánticos atenuados por la pantalla transparente y con sus folios ya medio arrugados. Daban la impresion de estar en trance, porque apenas variaban sus eslóganes y en ocasiones parecía que los dirigían hacia el infinito, en lugar de hacia los populares.

Todo fue un poco confuso. Santos chocando cabezas con Fernández; Churruca cogiendo del brazo a Santos; el resto del grupo municipal popular indignado; las señoras del escrache desplazándose lateralmente junto a la puerta de cristal del ayuntamiento parecían apaches en danza tribal. Todo se aceleró y frenó de golpe cuando los populares abandonaron el edificio, pero lo hicieron justo después de que Juan Carlos Santos dijera en alto, y ante los periodistas, que todo aquello era por culpa de “la puta democracia”. No fue un chiste sacado de contexto. No fue una broma contada cuatro años atrás. Juan Carlos protestaba porque, por culpa de la democracia, unas señoras activistas habían interrumpido su plácido paseo por el casco histórico de la Villa de Jovellanos.Y lo hacía expresando su indignación por el modelo sociopolítico que permitía aquella aberración.

Obviamente, al ser un concejal de la oposición, Santos no tenía cargo que entregar, por lo que su castigo solo se podía circunscribir a la entrega de su acta de concejal, algo que nunca se produjo a pesar de que el PSOE e IU lo pidieron. De hecho, el edil popular no abandonó el Ayuntamiento de la ciudad hasta el final de la siguiente legislatura. Ahora, ha dejado atrás ese pasado y ha llevado su espíritu demócrata fuera de las filas del PP al afiliarse a Ciudadanos, un partido que se nutre de fugados del PSOE, UPyD y del PP, y que, al parecer, abarca el particular modo de entender la democracia de Santos. Si un día llega a ser candidato de C’s, alguien hará una búsqueda, encontrará este texto, y pedirá su dimisión. Sin emabrgo, en este documento también podrá prever dónde tiene este militante de la derecha sus líneas rojas para dejar un cargo. Pero la culpa de que alguien que hace ese tipo de declaraciones no esté obligado a dimitir, efectivamente, la tiene la democracia. Eso y que la “puta democtacia de Santos” no mereció un editorial en los principales medios de comunicación del País, claro.

Mucho que ganar

De las conversaciones mantenidas y de la lectura de la prensa se deduce hoy que, como titula El Comercio, la generosidad de Somos ha hecho alcalde al socialista Wenceslao López. No pocos medios han indagado en la intrahistoria del sorprendente pacto que ha apeado al PP de la alcaldía de Oviedo 24 años después, y todos hacen referencia al mismo episodio: un pequeño cónclave en el que participaron un puñado de concejales electos de Somos que, situados entre la espada y la pared, decidieron hacer política, que era para lo que se habían presentado a las elecciones. Es decir, tomaron decisiones por lo que ellos consideraban que era el bien común. No tenían tiempo para montar una consulta ciudadana, así que se amoldaron a las circunstancias eligiendo lo que creían era lo mejor para Oviedo. Se adaptaron, con lo que demostraron determinación, al menos.

No he leído en ninguna parte que este grupo de concejales de Somos hubiera recibido consigna alguna de Podemos. Es más, este partido asegura no intervenir en las decisiones de las candidaturas de unidad popular. Sí tenía órdenes, no obstante, el candidato del PSOE. Wenceslao López debía, a su pesar, presentar candidatura. Él ya había dado síntomas de generosidad al acordar con Somos e IU un programa de gobierno en la víspera del pleno y pocas horas antes de que la FSA prohibiera a la candidatura de la AMSO votar a favor de la investidura de Ana Taboada, obligando a López a presentar su candidatura. Esto era algo que el candidato socialista sabía que iba a ocurrir y aún así se tomó la molestia de participar en un encuentro a tres bandas para firmar un esquema programático que nunca se iba a poder cumplir, aunque algunos de sus ediles estuvieran dispuestos a votar a la CUP, incluido él.

Yo no estuve en ese café previo al pleno, pero todo indica que Somos respondió con generosidad a la generosidad recibida. Da la sensación de que el escaso documento que serviría de base programática para un gobierno de la izquierda en Oviedo suponía más la consolidación de una coalición firme, que un documento de máximos. En este clima propicio, el papel que pudo haber jugado IU pudo ser el mismo que ejerció la coalición en Gijón, aunque en la Villa de Jovellanos sin éxito: el de argamasa; el de animador de voluntades. Pero en Oviedo, desde mi modesto punto de vista, las fisuras del pacto eran menores gracias a la personalidad y a la determinación de sus actores. Por eso creo que esta foto de Luisma Murias para La Nueva España se habría podido producir con el mismo nivel de sonrisa aunque la alcaldesa hubiera sido Ana Taboada. TyW

En Gijón no hubo pacto porque no hubo generosidad, sino hostilidad. Xixón sí puede se negó a impulsar un alcalde socialista en general y que se llamara José María Pérez en particular. Sabían que gobernaría Foro pero les dio igual. Muchos dirán ¿y por qué no hizo Josechu como Taboada y cedió sus votos a la tercera fuerza política? No lo sé, pero creo que el hecho de que las personas con las que debería haber negociado se negaran a ello, mientras insinuaban que Pérez era un corrupto con el que no pactarían porque a lo mejor acababa imputado, tiene algo que ver. No sé, yo no soy político, pero dar tus votos al que te llama corrupto no parece muy asumible. Hasta el candidato de IU dijo a XSP que su actitud era prepotente. Todos lo pudimos escuchar en la reunión abierta a tres bandas que se produjo también el viernes.

Por todo esto, creo que Podemos no está en disposición de celebrar como suyo el éxito negociador en Oviedo sin antes reconocer como suyo el fracaso del pacto en Gijón. Si, por otra parte, no consideran que en Gijón haya habido ningún fracaso, es que el resultado obtenido en el pleno de investidura es de su agrado. Por su parte, la FSA también debería asumir que no ha tenido la altura de miras propia de un partido que está tratando de liderar el resurgir de la izquierda en todo el país. Mi crítica a los socialistas no es por no haber pactado en Gijón, algo que, insisto, a tenor del clima que rodeaba a las negociaciones, me parece normal; es por haber concluido en su Comité autonómico del viernes que los malos modos de XSP debían interferir en la cordialidad de Somos Oviedo. Quisieron castigar la buena sintonía entre los partidos de izquierdas de la capital por culpa del nulo interés negociador que había 28 kilómetros más allá.

La consecuencia de todo ello es que, probablemente, todo este espectáculo político haya afectado negativamente a Podemos en general y a Xixón sí puede en particular. También habrá perjudicado a la FSA. Reforzados saldrán sobre todo Somos, pero también IU y el Grupo municipal socialista en Oviedo. El gijonés se quedará como está. Sin duda el mayor beneficiado será Foro, un partido en disolución en toda Asturias, que ha pasado de 16 a 3 diputados en la Junta en solo 4 años, pero que conserva la mayor población de la región en la que amenza con hacerse fuerte. Quién sabe si acabará convirtiéndose en un partido de ámbito local. Y no sé lo que durará la alcaldía de Wenceslao, ni si se intercambiarán cromos después de las elecciones generales, que parece que es a lo que Podemos y la FSA están mirando, pero sí me atrevo a augurar que si el nivel de compromiso en el gobierno es similar al adquirido en el pacto, Oviedo también tiene mucho que ganar.