El bipartidismo contraataca

La eclosión de nuevos partidos con presencia parlamentaria no es el culmen del último paso evolutivo de la vida política, según lo visto en el Debate de Investidura de este miércoles cuyo análisis por este blog comenzó aquí. En líneas generales, en esa sesión nos encontramos a un Mariano Rajoy empeñado en que le dejen no sólo ser Presidente sino gobernar. El candidato del PP mantiene que debe haber un Ejecutivo para aprobar los Presupuestos, lo que indica que su objetivo de ser investido lo tiene ya amortizado y su mirada está puesta ya en lo que va a hacer desde Moncloa. A Rajoy, da la sensación, el pluripartidismo se la trae al pairo, lo mismo que el bipartidismo, porque lo suyo es la búsqueda de un monoparidismo plural, es decir: él gobierna y los demás acatan protestando unos más y otros menos. Pero Rajoy no es el único que nos envía señales que indican el fin del pluripartidismo. Psoe, Podemos y C’s también lo han hecho.

Por que también observamos en el citado debate cómo Pedro Sánchez defendía la tradición socialista forjada en el bipartidismo de rechazar al Partido Popular y punto. Sin más. Es decir, lo lógico. Nunca se ha visto al Psoe apoyando por activa o por pasiva una investidura popular pero no está claro todavía si nunca se verá. De momento, Sánchez ha sido inasequible a estímulos externos y en su universo autárquico solo tiene en el punto de mira a su némesis liberalconservadora. Su postura, unida a la situación de bloqueo que está provocando Rajoy, refuerza el bipartidismo probablemente de manera inconsciente, porque a esta tarea también contribuyen Podemos y Ciudadanos como hemos dicho.

Sí, porque vimos a un Pablo Iglesias bipolar en la sesión del miércoles. A ratos espontáneo y brillante y por momentos visceral y enquistado. Tal fue su dedicación a la búsqueda del liderazgo de la oposición, que olvidó que ese puesto ya estaba reservado y se quedó a medio camino, en tierra de nadie, como si se hubiera apagado la música y fuera el único sin silla. No contribuyeron a mejorar su situación las intervenciones de los portavoces de sus confluencias, que demostraron que la fórmula del reparto de tiempos es pintoresca, gallarda y todo un alarde de cara a la galería, pero divide las fuerzas. Como a quien hay que dividir para vencer es al rival, la estrategia no parece muy acertada. En cualquier caso, Iglesias se vio condicionado por la férrea posición de Pedro Sánchez y sus esfuerzos para quitarle el lidrazgo de la oposición fueron inútiles a pesar de que el líder de Podemos fue de los mejores en el cuerpo a cuerpo contra Rajoy. Iglesias quiso lanzar el mensaje de que él es la antítesis de Mariano, pero tuvo la mala suerte de intervenir después de Sánchez, quien acaparó todos los focos mediáticos (para bien y para mal) quedando señalado como el auténtico antagonista de la investidura (villano según qué medios). A Unidos Podemos se le multiplicará ahora el trabajo al tener que hacer oposición a Rajoy (obligatorio si quiere ser alternativa de Gobierno) y a Pedro Sánchez, lo que acabará por desgastar no solo a su líder, sino a la propia esencia del partido, que acabará siendo visto por el electorado como unos cascarrabias que se oponen a todo y a todos.

Con Podemos perdiendo fuelle en la carrera por la oposición, y no digamos por el Gobierno, llegó el turno de Albert Rivera. Taciturno, casi encorvado, trató de explicar en el debate por qué el suyo es un partido bisagra que lo mismo apoya a unos que a otros, una ambigüedad que roza la indefinición y que le condena como posible partido de Gobierno de cara a la mayoría del electorado. Como se ha apuntado, para aspirar al Gobierno es necesario hacer oposición y da la sensación de que Rivera ha evitado esta tarea en la anterior y en esta legislatura. El votante puede ser listo o no, pero quiere que se lleven a cabo las políticas que propone el partido que ha votado, no que se se lleven a cabo algunas políticas parecidas a las propuestas por el partido que ha votado. Albert Rivera ha lanzado el mensaje de que su generosa capacidad negociadora hará que cualquier propuesta electoral pueda ser matizable después en una negociaicón. Y no sólo eso, sino que esa matización se puede inclinar a la derecha o a la izquierda en función del partido con el que se vaya a aliar. Esta posición a priori aperturista y regeneradora tiene poco recorrido sobre todo porque, al haberse celebrado dos elecciones consecutivas y dos sesiones de investidura lideradas por candidatos de distinto signo, C’s ha enseñado sus cartas antes de tiempo; ha quedado en evidencia que su programa siempre estará condicionado al resultado de las elecciones y con el tiempo sus votantes con más poso ideológico acabarán por confiar su apoyo a alternativas menos flexibles con sus promesas. No digo que Ciudadanos vaya a desaparecer, sino que si no logra defender su propio programa sin concesiones quedará relegado al papel de facilitador. Un papel que bien vestido puede ser presentado como el de “engranaje de la democracia”, pero de reojo se puede ver como una “veleta de amplio espectro”.

El bipartidismo, por tanto, puede estar tranquilo. Solo tiene una amenaza: el monopartidismo que defiende Rajoy.

Rajoy surfea sobre el Parlamento

No ha acabado el debate de esta interminable sesión de investidura y ya me apetece hacer una primera valoración de la sesión cuando aún está caliente el enfrentamiento dialéctico entre Albert Rivera y Mariano Rajoy, duelo de oradores que lograría adormilar al mismísimo Tony Montana. Según lo escuchado esta mañana, se confirma que Mariano Rajoy se tomo su primer debate del martes como un trámite que solventar de la forma más aséptica posible. Por eso lo llenó de banalidades, interpretaciones subjetivas de la realidad y obviedades pronunciadas con un tono tan aburrido que no habría mejorado si el candidato del PP no lo hubiera leído de forma íntegra, incluido el capítulo de agradecimientos. El tostón de ayer comenzó a las 16:00 supongo que en un intento de pillar a los ciudadanos en la hora de la siesta, o en el chiringuito, y evitar que muchos de ellos se sonrojaran con la autocomplacencia indolente del que quiere ser Jefe del Gobierno. Rajoy quizá usó su tono más gris el martes consciente de que así le costaría menos brillar en sus intervenciones del miércoles. Y acertó. Vimos en el turno de réplicas al mejor Rajoy, socarrón con retranca e inmune a argumentos, surfeando sobre los discursos de sus oponentes como si de olas del mar Menor se trataran.

Y no es porque sus oponentes políticos no estuvieran bien. Algunos sí. A mí el discurso de Pedro Sánchez me gustó. Quizá porque iba dirigido a cerrar las vías de agua en el buque socialista del no a Rajoy, el candidato popular no se dio por aludido tras los envenenados dardos del líder del PSOE. Sánchez estuvo contundente, fue al grano y habló desde la lógica del discurso socialista que quiere aspirar a gobernar. Muy bien en líneas generales: menciones a la corrupción, a los recortes, a las políticas sociales… Todo muy bien, pero todo con un tono tan soso que a Rajoy le bastó un chascarrillo para hundir sus argumentos sin presentar otros mejores. Y lo peor es que en la contrarréplica Sánchez no tuvo la cintura suficiene para zarandear al popular con sus mismas armas y, aunque volvió a ser contundente e insistió en un tono de aspirante al Gobierno, Rajoy volvió a desmontarlo con su hasta ahora argumento favorito: “diga usted lo que quiera que yo tengo más apoyos”.

Estuvo también acertado Pablo Iglesias, que centro su primera intervención en presentar a su formación como la líder de la oposición. Iglesias gana mucho cuando su vena no se hincha en el fragor del debate, algo que volvió a ocurrir sin remedio. Sin embargo, antes de duplicar el tamaño de sus conductos sanguíneos, Iglesias sí tuvo tiempo para poner en aprietos a Rajoy. Y lo hizo usando el mismo tono socarrón que el candidato popular. En ese juego Pablo es mejor que Mariano, pero le pierde la ira. Y eso que ahí está Errejón para acariciar su hombro y susurrarle palabras de calma, como a un Bruce Banner de la oratoria. Pero Rajoy no sólo perdió el debate con Podemos por eso, sino porque, antes de ser acorralado por Iglesias, se dejó llevar por su arrogancia para tratar con desdén e indolencia a los portavoces de las confluencias, no sé si llevado por el famoso argumento de “yo tengo más votos” o poque realmente cree que se trata de gente que saldrá pronto de la vida parlamentaria.

Mi análisis termina de momento con la intervención de Albert Rivera y sus intercambios dialécticos con Rajoy, quizá lo más aburrido de la mañana. Rivera estaba preso del pacto firmado con Rajoy, por lo que dedicó buena parte de su discurso a justificarse con el horrendo argumento de que sabe lo que quieren los españoles. Quizá porque estaba condicionado tras los agudos y a veces virulentos ataques a Rajoy de sus antecesores, Rivera se vio atrapado en un debate incómodo del que supo salir airoso al dotarlo de un tono tan aburrido que fue difícil mantener la atención. Contó con la complicidad de Rajoy, que adoptó un tono parecido y huyó de la sorna y la indolencia para regresar a la autocomplacencia del martes, quizá en un anticipo de lo que nos espera si finalmente logra ser investido.

Continuará.

Lecciones políticas

Ya puedo decir que soy partidario de que se celebren otras elecciones, en este caso el 26 de junio, por mucho que diga Manuela Carmena. Como ya he comentado en este blog, creo que los diferentes partidos siempre han estado pensando en repetir los comicios. Ahora, además, opino que es conveniente hacerlo. Es verdad que no hace mucho que tuvimos que acudir a las urnas. Lo hicimos llamados por lo que los distintos líderes políticos nos dijeron que iban a hacer, atraídos por promesas en muchos casos inflexibles. Nos dijeros que todos querían negociar, pero con este no y con aquel tampoco. Nos propusieron políticas reformistas, de regeneración democrática, de cambio, de estabilidad y de continuidad. Nos juraron prosperidad si fulanito o manganito no gobernaba. Y votamos. A unos y a otros. Votamos menos de lo que deberíamos, pero votamos.

Pasado el tiempo, unos empezaron a decir que el país era ingobernable; otros que había que negociar; otros, que pactar. Unos negociaron con unos y otros hablaron con otros. Terceros se quedaron escuchando y cuartos, mirando. Y así llegamos al día en el que Rajoy, cual Pedro ante la cruz, se negó hasta en dos ocasiones a tratar de formar Gobierno con la excusa de que no tenía apoyos y había otro candidato que sí sumaba, no porque éste lo hubiera certificado, sino porque un tercero había sugerido un pacto unilateral. Con este preámbulo se desencadenaron los acontecimientos que ya conocemos, y que desembocaron en un acuerdo entre dos partidos que no pueden formar un Ejecutivo ellos solos, y en un Pleno de investidura fallido de momento.

Todo ello, aunque por ahora no haya dado resultados tangibles para los actores principales, ha servido para mucho. En concreto, a los ciudadanos nos ha servido para tener más información. Como decía al principio, votamos guiados por lo que nos dijeron que iban a hacer si llegaban al Gobierno, y ahora ya sabemos qué son capaces de hacer para alcanzar tal fin, a qué son capaces de renunciar y con quién están dispuestos a hacerlo. Hoy podemos decir que tenemos más datos que hace tres meses. Podemos confirmar o cambiar nuestro voto en función de lo que hayamos visto durante los últimos 60 días. El que tenga como prioridad la unidad de España sabe qué tiene que votar. A quien le importe más la reforma laboral tiene dónde elegir. El que priorice tener políticos dialogantes sabe dónde buscar.

Y no sólo sabemos con más detalles qué están dispuestos a hacer nuestros políticos, no; ahora, además, les conocemos mejor. Nos hemos podido hacer una idea más aproximada de cómo piensan y qué visión tienen de la actual coyuntura y de su propio papel en el entramado político estatal. Y esto ha sido posible gracias al debate en el Pleno de Investidura. Sí, la sesión del pasado miércoles fue uno de los actos principales de la precampaña electoral porque todos los protagonistas pronunciaron su mitin a la vez, algo que no es muy habitual en los prolegómenos de cualquier otra cita con las urnas. Les vimos menos contenidos, menos calculadores que en otros discursos electorales porque en esta cita sus rivales pudieron darles réplica.

Así, durante el debate pudimos ver a un Pedro Sánchez atrevido. Salió al estrado como el que no tienen nada que perder. El martes, en la primera sesión, se presentó en la tribuna de oradores con el impulso emprendedor de quien piensa “el no ya lo tengo”. Sánchez, ya lo avanzo, fue el verdadero vencedor del debate. Lo ganó al presentar su candidatura a la investidura, por lo que pudo dedicar sus intervenciones a hacer campaña electoral, al igual que casi todos los demás oradores. Pudo tratar a Rajoy con condescendecia, a Pablo Iglesias con paternalismo, a Albert Rivera con complicidad, a Joan Tardà con paciencia, a Francesc Homs con didactismo, a Aitor Esteban con aplomo y, en general, al resto de portavoces del grupo mixto con simpatía. De él ya sabemos que está dispuesto a aparcar algunas de sus promesas electorales por el bien de España.

Mariano Rajoy no estuvo mal. De hecho pronunció un excelente discurso a la altura de los mejores que se han escuchado de boca de un líder de la oposición. Incluso bajando al fango para bregar con el candidato a batir. Fue una intervención electoralista, en este caso al ataque, como si Rajoy tuviera que remontar los datos de sondeos aciagos. Rajoy es un hombre del siglo XXI y como tal no faltaron en su discurso alusiones a Rigodón y Fierabrás o palabras como matute o florilegio, tan en boga entre la juventud hispana. De él sabemos que no se moverá si no le damos mayoría absoluta, voto a brios.

Pablo Iglesias también estuvo muy bien. Al principio. Y en medio. Hasta que citó la cal de Felie González, vamos. Ahí la cagó y dio pie a Pedro Sánchez a venirse arriba cuando casi lo tenía acorralado. Su esfuerzo por imitar a Sánchez y ofrecer un discurso electoral le hizo desviarse del tema central, pero no se le puede pedir todo. Quizá lo más destacable a su favor fue que, por momentos, su intervención fue la propia del líder la oposición de izquierdas. De él hemos aprendido que la nueva política es como la vieja pero con otras personas.

Albert Rivera estuvo imponente. Cumplió su papel de Conseller en cap, dando detalles en su intervención de todo aquello que se le había quedado en el tintero a Sánchez en su discurso del día anterior. No le hizo falta pronunciar un mitin electoral porque su estrategia de cara a las elecciones era posicionar a Ciudadanos como lo que no es: un partido llave con el que es necesario negociar. De él hemos aprendido que, si tienes un grupo con poca capacidad de influir, hay que tratar de salir en cuantas más fotos mejor.

Joan Tardà, Francesc Homs y Aitor Esteban, muy bien los tres. Fueron al debate a hablar de sus cosicas y a todos les quedó un poco grande. Sánchez los despachó con soltura, casi sin despeinarse. De ellos hemos aprendido que, si no se cambia el sistema electoral, tenemos que hacernos nacionalistas en Asturias.

En las intervenciones de los portavoces del Grupo mixto estuvieron algunos de los mejores momentos del debate. Lo digo porque seguro que muchos habrán preferido evitar esa parte, como Rajoy, por ejemplo. Mariano, no sabes lo que te perdiste. Era tarde, pero hubo destellos brillantes, quizá debido a que los oradores apenas tenían cinco minutos para hablar y debían condensar sus ideas. Destacaré la intervención de Alberto Garzón, que sintetizó en 5 minutos lo que Pablo Iglesias no logró dejar claro en 22. También la de Isidro Martínez Oblanca, que recibió en menos de 4 minutos dos zas en toda la boca por parte de Pedro Sánchez, que dejó evidencia a Foro por criticar a Rajoy durante la pasada legislatura para acabar coaligándose con él. Muy poético todo. De todos ellos hemos aprendido que las elecciones son como el invierno de los Stark.

Elecciones para todos

La culpa es del receptor. Los emisores utilizaron el mismo canal y superaron las mismas interferencias, pero o los receptores no supimos descifrar el mensaje o su encriptación era demasiado compleja. Así, interpretamos que todos los partidos políticos estaban dispuestos a negociar y llegar a acuerdos para formar un Gobierno que, en función de los componentes del mismo, sería bien reformista, bien progresista reformista, bien del cambio o bien de la gente. Pero dimos por sentado que habría un Gobierno. Quizá poque creímos que los partidos político deseaban que hubiera uno. Uno inmediato. Pensamos que era perentorio, indispensable.

Lo cierto es que los receptores estábamos predispuestos a malinterpretar el mensaje, cuando desde un primer momento éste fue claro y nítido: los partidos quieren un Gobierno liderado o condicionado por ellos o no quieren un Gobierno. Este mensaje es inequívoco en el caso del Partido Popular, el más honesto a la hora de plantear este tipo de supuestos: o Mariano Rajoy preside un Ejecutivo reformista o rompemos la baraja. Los populares son conocedores de su fabuloso suelo electoral y saben que seguirán ganando elecciones mientras el resto del voto esté fragmentado. Su estrategia se ha mimetizado con la de su líder y se limitan a esperar a que el tiempo lo acabe resolviendo todo.

Sin emabrgo, aunque la voluntad del resto de partidos políticos es similar en cuanto a la escasa intención de formar Gobierno, su posición con respecto a su propio electorado no es tan privilegiada, por lo que no se quieren arriesgar a dar la imagen de ser formaciones reacias a negociar. Así, el Partido Socialista, aunque ha ido mutando su estrategia, ésta ha estado dirigida en todo momento a preparar unas nuevas elecciones generales, ya que no está dispuestos a dejar que gobierne el PP y sabe que las matemáticas le impedirán formar un Ejecutivo propio. Que no es que no el PSOE no quiera cumplir con el mandato de formar Gobierno, es más bien que, consciente de que las opciones de lograrlo son escasas, lo más prudente es aprovechar la tarea para sembrar las bases de una nueva campaña elecotral.

Los socialistas empezaron el proceso abierto las tras elecciones desando escarmentar al PP en una sesión de investidura. Desgastar al rival de cara a una cercana campaña electoral parecía un buen movimiento, pero Mariano Rajoy hizo un quiebro inesperado, se ahorró un escarnio público y se situó a la defensiva con la intención de conservar el mayor número de votos posible para los siguientes comicios. Así las cosas, al PSOE sólo le quedaba salir al ataque, buscar la centralidad del tablero y aprovechar la oportunidad para presentarse como única alternativa al PP. No es tonto Pedro Sánchez; sabe que la sesión de investidura, aunque sea la suya, le puede pesar más a los populares que a los socialistas, por lo que es necesario que haya una en la que poder hablar de corrupción y recortes. No se puede permitir una nueva votación popular sin el paso de Rajoy por la tribuna del Congreso. El pleno de esta semana está marcado en la agenda socialista como unos de los momentos relevantes de su campaña electoral para el 26J.

El caso de Ciudadanos es bien distinto. Albert Rivera logró un resultado electoral espectacular que posicionaba a su formación en la mayor irrelevancia política por culpa de la aritmética parlamentaria. Nunca tantos diputados sirvieron para tan poco. En esa coyuntura, los naranjas no tuvieron más remedio que ponerse las pilas, multiplicar sus apariciones públicas y robarle al PP para emitir al mundo el mensaje de que sólo ellos pueden salvar a España. Los populares incluso les incluyeron en su proyecto de Gobierno de concentración, aunque les bastaba el apoyo socialista para tener mayoría. Les usaron como cebo para el PSOE y como medio para evitar un “todos contra el PPSOE”, pero a C’s no les importó. No, porque ese papel era el que querían interpretar. Hacedores de pactos; líderes del reformismo constitucionalista; bisagra de la unidad nacional.

Los movimientos de Ciudadanos están dirigidos en todo momento a ganar visibilidad y lograr en una próxima cita con las urnas ese par de diputados que les faltan para condicionar de verdad a un Gobierno para ser decisivos de verdad. Hoy por hoy, los alardeos con 40 diputados son meros fuegos de artificio. Un espectáculo que contempla desde una esquina Podemos. Obviamente, la condescendencia con la que Pablo Iglesias trató a Pedro Sánchez en su oferta de Gobierno de coalición no podía ser considerada una propuesta seria de pacto. Si el PSOE aceptaba por alguna extrañísima razón, Podemos ganaba. Si no, los morados irían ocupando con soltura el espectro izquierdo del voto. Podemos es el único partido que, aunque quiere otras elecciones, no pretende únicamente condicionar un Gobierno (que también), le vale también tomar el control de la oposición de izquierdas.

En efecto, da la sensación de Pablo Iglesias quiere llegar al Poder, sí, pero no de cualquier forma. Si no puede hacerlo a lo grande, le vale asumir el papel de líder de la oposición progresista. Su idea podría ser la de emular a Felipe en el 82, cuando arrasó tras cocinar en su propio jugo a la derecha durante el trienio anterior y habiendo fagocitado a la izquierda. Porque al final eso es lo mejor para un partido: eliminar rivales favorece el acceso al poder de forma más eficiente que firmar acuerdos. El bipartidismo solo es malo si una de las dos formaciones protagonistas no es la tuya. Lo que no es bueno es reconocer abiertamente que se desean otras elecciones. De ahí que la estrategia obligue a sentarse, aunque sea para intentar retratar al adversario, esté o no en la mesa negociadora.

Huida hacia delante

Es difícil de tragar el trajín de declaraciones cruzadas en torno a posibles pactos, gobiernos e investiduras al que nos están sometiendo estos días, pero más díficil es digerirlo. Declinaciones de propuestas de formar gobierno, ofertas propias de la sonrisa del destino, vetos, manos abiertas, puños cerrados… La estrategia política está incandescente y, como los políticos quieren y necesitan que los ciudadanos la vayamos conociendo (al menos en la forma, que no en el fondo), nos atiborran con toda suerte de propuestas, advertencias y/o amenazas. Es complicado separar la paja del trigo pero yo me he quedado con cuatro posibles titulares concretos:

1- PP y Podemos podrían estar más interesados en repetir elecciones que en otra cosa, pero nadie en su sano juicio reconocería tal extremo. Ambos partidos, por diferentes razones, podrían ser proclives a volver a citarnos en las urnas porque ambos creen que podrían mejorar sus actuales resultados. En concreto, el PP podría estar pensando que ha tocado fondo; que si con todos los casos de corrupción que acumula -algunos de ellos salpicando incluso la campaña electoral- ha conseguido ganar las elecciones, nada podrá impedir que vuelva a repetir al menos el mismo resultado. Es más, sospechan que el hastío ciudadano por la falta de Gobierno podría invitar a volver al redil popular a algunos de los disidentes que prestaron temporalmente su voto a Ciudadanos. Su idea sería la de recuperar el suficiente peso como para obligar a un mermado C’s a prestarle su apoyo o, incluso, aguardar que los barones socialistas decapiten a su líder y presenten a otro candidato más partidario de un entendimiento con la derecha, quién sabe.

Podemos, por su parte, podría estar confiando en -como señala el Presidente del Principado y Secretario General de los socialistas asturianos, Javier Fernández- ocupar el espacio del PSOE; llevar al extremo a los socialistas y hacerles perder peso político. La idea sería que el PSOE cediera terreno electoral y no tuviera más remedio que ceder a las pretensiones de Podemos si quiere gobernar. Otra opción más ambiciosa estaría condicionada por una lectura más optimista de las expectativas de voto en unas nuevas elecciones que pusieran a Podemos por delante de los socialistas, lo que haría que Pablo Iglesias recordara que, cuando ofreció su apoyo a Pedro Sánchez para formar un “Gobierno del cambio”, dijo que a él le gustaría que le ofreciesen esa ayuda. Sin duda Iglesias cuenta con al menos repetir resultados, algo que podría estar condicionado por la indefinición que últimamente muestra sobre el referendum en Cataluña. Difícil será que repita los votos allí obtenidos.

2- Podemos podría querer ser la oposición de izquierdas. Para poder ocupar el espacio político del PSOE, se entiende. Con un Pedro Sánchez desbocado en la carrera por formar Gobierno antes de que le descabecen sus propios compañeros de partido para regocijo de Mariano Rajoy, Pablo Iglesias podría estar saboreando ya un posible pacto entre los socialistas y Ciudadanos con o sin el PP, da igual. En cualquier caso Podemos podría presentarse como la primera fuerza de la izquierda en la oposición. Es una estrategia que prevé recoger resultados a medio plazo (en caso de que no se repitan los comicios), es decir en las próximas elecciones que se celebren en 2020 y que previsiblemente estarán marcadas porque ese podría ser el año de la recuperación. O no, eso no lo sabe nadie, ya que el año de la recuperación se ha anunciado de forma implacable desde 2012 hasta hoy. En cualquier caso, la comunicación no verbal de Iglesias en sus mensajes hacia Sánchez nos dice claramente que al líder de Podemos no le interesa el socialista sino sus votantes.

3-El PSOE o es estrella o se estrella. Nadie sabe si el alocado ímpetu de Pedro Sánchez por formar gobierno es sincero afán reformista o una huida hacia delante pero, sea como sea, no hay vuelta atrás. Si no logra formar un Gobierno, los pedazos que de él queden cabrán en el bolso de mano de Susana Díaz y su partido tendría que empezar a pensar en ir al registro para cambiar sus siglas por PSOA. Quizá algún Barón socialista vea en un supuesto fracaso de Sánchez una oportunidad de oro para subir al poder en su partido, pero lideraría un campo de cenizas sobre el que han echado sal. Ahora que hay alternativas en la izquierda, cualquier síntoma de división es una invitación a la deserción (del votante).

Si Pedro logra formar Gobierno, habrá logrado un hito sin precedentes en la democracia hispana, aunque luego tendrá que gestionar una difícil arquitectura de pactos. Pero habrá demostrado, al menos, que su convicción es firme y su determinación, implacable. Habrá demostrado que los socialistas pueden sobrevivir a Podemos. Es más, si no se alía con la derecha, estaría en disposición de comenzar a ocupar el espacio de la formación morada al menos para recuperar a algunos de los votantes del PSOE fugados por las grietas de la centralidad política. Sánchez tiene ahora a su favor el haber sido designado líder de un proceso, lo que le otorga varias facultades. Una de ellas es la de poder hacer que el resto de agentes políticos implicados se retraten. No le costará mucho.

4- Ciudadanos lucha por no quedarse a verlas venir. Los resultados electorales han sido crueles con los naranjas porque por muy poco se han quedado sin ser una fuerza determinante en el actual panorama político. Esto les obliga a decir cada diez minutos que ellos están dispuestos a pactar, como si eso le importase a alguien. También insisten en la necesidad de reformas y cambios, como si eso no lo dijeran todos. Están hechos un lío; obligados a incumplir su palabra sobre pactos y Gobiernos o a quedar abandonados a la insignificancia. No son el partido clave para nadie, así que o se dedican a opinar de todo o podría haber quien les acabe olvidando, incluso. En esta coyuntura, la repetición de elecciones no les es favorable, por lo que solo les quedan dos opciones: lograr que alguien gobierne con su apoyo o con su oposición, o cambiarse todos a UPyD y probar suerte de nuevo.

Susana Díaz Gobernará Andalucía porque no se presentó Foro a las elecciones

Andalucía me queda lejos y está llena de gente que me resulta difícil comprender, a pesar del mucho tiempo que he pasado en tan bonita tierra en la que luce en el cielo azul una cosa que dan en llamar sol. En cualquier caso, me voy a lanzar a opinar sobre unas elecciones autonómicas que me afectan más de lo que quisiera reconocer a primera vista.

Lo primero siempre es felicitar al ganador. El PSOE ha logrado una más que meritoria victoria, en un contexto de supuesto desmorone del bipartidismo, al lograr los mismos diputados que tuvo en los anteriores comicios (los que perdió) pero aventajando en esta ocasión en catorce escaños al partido que gano aquella cita con las urnas en 2012 y hoy máximo representante de la oposición, el PP. Este merito es mitad propiedad de Susana Díaz y mitad de la Ley electoral. Enhorabuena a ambas. A la primera, en concreto porque todo apuntaba a que su adelanto electoral era una estrategia política que poco tenía que ver con el servicio que prestaba a los ciudadanos en su acción de Gobierno y, aún así, mantuvo el tipo en la Junta de Andalucía a pesar de que entraron dos fuerzas nuevas arrasando con 24 escaños entre ambas. Díaz no perdió ni uno. Y ahí es dónde hay que darle la enhorabuena a la Ley electoral.

Lo segundo es reconocer el hostión del principal perdedor, el Partido Popular. Da la sensación de que a este partido, que tiene que pagar una fianza al estar imputado por corrupción, no le ha salido bien su estrategia de basar su campaña electoral en ataques contra la corrupción. También parece que, después de haber estado recortando en servicios públicos esenciales, no les hubiera servido de nada centrar su campaña en la recuperación económica. Ellos sabrán. Pero ya les he escuchado lloriquear que “si tenemos que perder votos a cambio de la recuperación de España, lo asumimos”, como erigiéndose en las auténticas víctimas de la crisis. No estoy muy seguro de que vaya a colar este argumento. En cualquier caso, al estratega de comunicación del PP no hay que despedirle por estos dos factores, sino por dejar o proponer que Rajoy liderara la campaña electoral de su partido en Andalucía. Se ha mojado tanto en esta Comunidad que la derrota es suya, no del candidato ese se llame como se llame.

Lo tercero es reconocer el excelente resultado de Podemos, que ha entrado en la Junta con 15 diputados y como tercera fuerza política. Les han criticado porque las encuestas les daban más escaños. Claro que quienes lo han hecho son los que se habían pasado la precampaña criticando a los sondeos por tener “cocinados” sus resultados. Es decir, que las encuestas estaban equivocadas cuando daban a Podemos 20 diputados, pero son correctas a toro pasado cuando Podemos obtiene 15. Han de hacérselo mirar. Los resultados son muy buenos para un partido neófito y solo son superados por Foro Asturias que se creó en unos meses y ganó las elecciones en el Principado. Lo que luego hizo FAC con su victoria es otra cosa.

Lo cuarto es felicitar a Ciudadanos, que han logrado 9 diputados a pesar de querer enseñar a pescar a los andaluces. Es un muy buen resultado, aunque se me antoja un poco escaso después de la impresionante campaña mediática que le han hecho algunos periódicos que no voy a citar pero que se publican todos en el ámbito dEl País en el que vivimos. Claro, tanta propaganda les hicieron que yo llegué a pensar que su triunfo en Andalucía sería tal, que les daría de sobra para Gobernar también Murcia. Buen resultado, por tanto, pero con reservas.

Lo quinto es dar el pésame a Izquierda Unida. No ya por haber perdido dos tercios de sus diputados, sino por los que va a perder en el futuro. Mi sensación es que si IU y Podemos se empeñan en no abrirse a otras formaciones en las elecciones generales y autonómicas que vienen, ambas fuerzas políticas se estancarán sin remedio. No se entiende que sean capaces las mismas personas de ponerse de acuerdo en unas municipales, pero en unas autonómicas no.

Por último felicitar a Rosa Díez porque su estrategia con Ciudadanos está demostrando una gran altura de miras; a PACMA porque casi triplican sus votos en una comunidad tan taurina como la andaluza, y a Vox porque todavía no han desaparecido del todo.

Política cuántica

No se puede criticar a los políticos así sin más, sin tener los suficientes conocimientos ni sin tener una perspectiva histórica a la que recurrir para valorar sus decisiones. Nunca ha sido una profesión fácil. Sobre todo en la época de la Política analógica, cuando los gobernantes se ponían y quitaban a golpe de maza. Una etapa en la que lo único que se elegía era el arma con la que eliminar al gobernante o con la que someter al súbdito. El periodo dominado por la Política digital tampoco fue propicio para la política ni para la ciudadanía, ya que toda la información que se podía codificar con ceros y unos se llegó a confundir con la nota que los ciudadanos otorgaban a sus gobernantes en las distintas encuestas de valoración que se llevaban a cabo por anquilosados centros de investigación sociológica. Fue una época caótica en la que la información de los beneficios empresariales se codificaba como 100000000 y los datos de salarios obreros se reflejaban como 000000001, por poner un ejemplo. En la actualidad, la era de la Política cuántica, se intenta que las relaciones entre los distintos agentes participantes de la vida política compartan información codificada con más variables. Algunas de ellas afectivas o emocionales, pero todas rechazan el determinismo de la época digital. Pero, ¿Qué queremos decir con Política cuántica?

La política cuántica se refiere al conjunto de teorías que explican el comportamiento y el funcionamiento de las ideas, personas o cosas más pequeñas que tienen que ver con la política y que nos ayudan a comprender la vida de los seres humanos que sufren las consecuencias de la política en general, y del gobierno y/o el desgobierno de la administración pública en particular. Por decirlo de una forma coloquial, todo nuestro mundo -desde la posibilidad de ir al médico y no tener que pagarlo, hasta la marquesina del autobús que nos protege de las inclemencias meteorológicas, pasando por la clase de física que reciben nuestros hijos- está formado por esas pequeñas decisiones políticas. Para entender la política cuántica hay que asimilar sus sencillos principios. Desgranémoslos comenzando por el (léase con voz grave e impostada hacia el tremendismo) Principio de superposición.

El Principio superposición se refiere a dos aspectos de la vida política fundamentales. A saber:

  • Un político puede estar en más de un lugar al mismo tiempo, sobre todo si está inmerso en una campaña electoral. Esto es así. La contemplación de cualquier informativo televisivo en las semanas previas a unos comicios nos permite comprobar cómo un político puede estar en tres pueblos distintos si se presenta a unas autonómicas, y en tres Comunidades diferentes si lo hace a unas generales. Podemos saber cuál es la ruta que siguen los políticos o dónde están en un momento dado, pero no ambas cosas.
  • A su vez, este principio también señala que una decisión o una idea política pueden estar en más de un sitio a la vez. La idea de acabar con el paro puede estar en todas partes al mismo tiempo. Puede localizarse en la boca de cualquier político, en la libreta de cualquier asesor o en el lema de cualquier campaña.

El siguiente Principio que debemos observar es que las promesas o decisiones políticas se comportan a la vez como cumplimientos y como incumplimientos, siendo imposible saber cuando una idea, promesa o decisión política se comportará de una forma u otra, con lo que todo queda reducido a una cuestión de probabilidades. Por tanto, el Gobierno resultante de unas elecciones se podrá manifestar como cumplidor o como incumplidor. Es decir, tenemos al Gobierno en dos estados superpuestos. El problema es que está encerrado en su burbuja de cristal opaco, por lo que no sabremos cuál es su verdadero estado hasta que no les saquemos de ahí.

Tercer Principio: la observación altera las decisiones políticas a estudiar, por lo que no podemos predecir qué es lo que va a hacer un político, sino que la política se plasmará como tal cuando la observemos, es decir, cuando interactuemos con ella. Por poner varios ejemplo:

  1. Luís Bárcenas no cobró su indemnización por despido hasta que los periodistas no se pararon a investigarla. Eso explicaría que fuese en diferido.
  2. Se decide legislar sobre la cadena perpétua cuando observamos algún truculento suceso en los medios de comunicación.
  3. La prima de riesgo comenzó a existir hace un par de años cuando observamos que podía poner o quitar presidentes.
  4. El árbol contra el que chocó Carromero no existía hasta que abrió los ojos y lo vio delante.

Para explicar estos Principios vamos a utilizar un ejemplo teórico/práctico (por cuanto se trata de un experimento que todavía nadie se ha atrevido a llevar a cabo. Insisto, todavía) denominado El Mariano de Schrodinger. La teoría es que si metemos a Mariano en una televisión de plasma y le dejamos decir las barabaridades que él quiera, no sabremos si está propagando ideología liberal con el fin de beneficiar a los ricos, o si simplemente está lanzando incongruencias. Como el plasma no puede recibir preguntas, no sabremos si Mariano se encuentra en un estado de salvajismo liberal (dispuesto solo a beneficiar a los adinerados) o en un estado de incongruencia. No lo sabremos hasta que saquemos a Mariano del plasma y lo pongamos ante las incisivas preguntas de los periodistas que quieran ser incisivos. Es decir, que Mariano se encuentra en un estado de superpisición: hay un Mariano Berserker liberal y otro incoherente. Sólo a través de la observación inquisitiva podremos conocer si es uno o es otro.

Espero que esta explicación sirva para que no se repitan las críticas gratuítas a los políticos en general y al Gobierno en particular. Gracias y un saludo