Marca País

Realmente me daría asco vivir en un país en el que las grandes fortunas pagaran menos impuestos que los curritos. Bueno, supongo que como a todo el mundo. Igual que me repugnaría un país en el que los políticos mintieran para ganar las elecciones y luego hicieran lo contrario de lo prometido, perjudicando a los ciudadanos más desfavorecidos. Digo yo que no habrá nadie a quien no le indigne eso. También me asquearía bastante un país en que se ayude a empresas dedicadas a la banca con dinero de todos los ciudadanos y a fondo perdido. Nadie podría convivir con tal cosa. Y qué decir de un país en el que la corrupción haya salpicado al Gobierno sin que se haya producido ninguna dimisión. Todo el mundo estará de acuerdo en que es una asquerosidad. Una repugnancia igual de grande que la de esos países en los que el Jefe del Estado es intocable, y aunque se intuya la corrupción en su entorno familiar nadie hace nada. Como también resulta repelente un país en el que cualquier organización política, sindical o patronal esté ensombrecida por las corruptelas. Me parece inmundo un país en el que los trabajadores y los pensionistas pierdan calidad de vida y capacidad económica mientras se les hace pagar por servicios públicos. Es nauseabundo un país en el que el 25% de la población no tenga trabajo y se sigan buscando fórmulas para hacer más fácil el despido. Es vomitivo y paradójico a partes iguales. Repulsivos son esos países en los que ha habido dictadura y represión, y los muertos del bando perdedor siguen enterrados en fosas anónimas. ¿Y la censura? ¿No es asquerosa? Esos países en los que se puede vetar la expresión artística transgresora son deleznables. Tercermundistas. E incultos. Porque son incapaces de distinguir los distintos contextos en cuya frontera la provocación se mueve entre el escándalo y la farsa. Me daría asco vivir en un país así. Afortunadamente no creo que exista ninguno. Y si lo hubiera, sería urgente que se esforzara bien en corregir todos estos repugnantes desatinos, bien en mejorar su imagen, tanto en el interior como más allá de sus fronteras, en beneficio del bien común. En un mundo global, una buena imagen-país es un activo que sirve para respaldar la posición internacional de un Estado política, económica, cultural, social, científica y tecnológicamente. Con un par de huevos.

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Jóvenes

El pescadero de mi barrio, en distendido debate con el charcutero, había concluido que el Gobierno recortaría las pensiones. Sin embargo, el ejecutivo, en lugar de preguntarle a él, prefirió encomendar la tarea de “explorar” este peliagudo asunto a un grupo de expertos. Supongo que porque en los mítines queda más fino decir que la reducción de la cantidad y la calidad de las pensiones se llevó a cabo por consejo directo de un comité de sabios, que no por el asesoramiento de los empleados del Alimerka. Qué sé yo. La cuestión es que los prohombres encargados del asunto por el Gobierno concluyeron que había que bajar las pensiones en tiempos de crisis, y se quedaron tan anchos.

La verdad, fue un sorpresón. Quién se iba a imaginar que acabarían recomendando recortar las pensiones. Quién a parte de mi pescadero de cabecera. En serio, si te encuentras con esta noticia de sopetón, si te la cuentan a bocajarro, podrías encontrar entre cien y doscientos posibles análisis distintos de la cuestión principal: la reducción de la cantidad y la calidad de las pensiones y el aumento de las dificultades para acceder a ellas. Hay cientos de lecturas y decenas de agudas observaciones que hacer en virtud de lo que connota el anuncio. Hay miles de enrevesadas conjeturas alrededor del porqué de la decisión. Existen chorrecientas opiniones diferentes sobre el adónde. Millones sobre el quién. Trillones sobre el cuándo. Y, a pesar de que las posibilidades de realizar un sesudo e ingenioso análisis de los objetivos implícitos de esta medida son infinitas, yo hoy prefiero quedarme en lo superficial. En la primera capa. En lo que denota a simple vista la conclusión a la que han llegado -ellos solos- un grupúsculo de expertos. Doce, para más señas. Como si en este país no hubiera más.

Efectivamente, amigos, me refiero a la implacable persecución que están sufriendo los jóvenes desde que se abrió la veda de la crisis. Ningún experto parece querer preocuparse por este tema, y creo que es para no quedar como un intelectual de medio pelo que sólo se ocupa de lo obvio. Pero a mí no me dan miedo las etiquetas. Y para demostrarlo, me arriesgaré a quedar como un observador de la realidad miope (y redundante) reiterando que el ajuste de las pensiones es el último ataque a los jóvenes de este país. Ya les dieron duro dificultando su acceso a la educación superior con una subida de tasas que ríete del encarecimiento del cine. Les atizaron empobreciendo su educación obligatoria. Les golpearon otra vez facilitando el despido e incentivando los contratos basura. Se fueron al paro. Malvivieron. Volvieron a casa de sus padres. Y cuando ya creían que nada más les podía caer del cielo gubernamental, a los próceres de la patria se les ocurrió que, si ya no les podían quitar nada más a los jóvenes, se lo quitarían a quienes les sustentan en la actualidad: sus padres. Es decir, Mariano va a conseguir que haya recortes en la paga semanal.

Es probable que la etapa que atravesamos sea una crisis para quienes en algún momento vivimos épocas de bonanza, de la misma forma que puede ser la normalidad para quien siempre haya vivido en la calle, y una época de bonanza para los más jóvenes que hayan nacido con la recesión. Todo esto y mucho más es posible. Lo que es seguro es que estamos ante un robo. Y lo que es peor, un robo a las generaciones más jóvenes.

La batalla del abuelo

Una de las peores consecuencias indirectas de la crisis económica en general y de la burbuja inmobiliaria en particular es que se ha perdido para siempre el sentido de la frase “antes todo esto eran prados (léase praos)”. Vacía de contenido se ha quedado esta expresión que antaño usaran los abuelos, fuera cual fuera la zona de ciudad/villa/pueblo donde se encontraran con sus nietos, para demostrar cuánta experiencia vital habían adquirido y cuán en forma se mantenía su memoria. El abuelo recurría a esta magnífica exclamación para encontrar, además, un aspecto positivo a la siempre fastidiosa e incesante acumulación de años. Pronunciar esa frase era como decir “gracias a que tengo muchos años yo vi los bosques que aquí se levantaban, orgullosos, desafiantes y luego derrotados por un polideportivo, dos bloques de pisos a medio construir y un mini parque infantil cada vez menos frecuentado”. La escena solía ser más o menos así: un abuelo ase el hombro de su nieto con su brazo derecho, mientras con el izquierdo, dispuesto en ángulo recto, describe un movimiento lento de este a oeste y de vuelta al este otra vez, de tal forma que si en vez de palabras sonara música nos encontraríamos ante un Danny Zuko de la tercera edad. Ahora, sin embargo, la expresión ha perdido todo su glamur desde que cualquier chiquillo de más de 8 años la puede usar con la misma autoridad que el padre de su padre. A la velocidad a la que se desarrollaron las poblaciones desde principios del siglo XXI, cualquier zagal con edad suficiente para retener imágenes en su cerebro puede acercarse a la zona de expansión urbanística que le quede más a mano y decir con conocimiento empírico que “antes todo esto eran praos”. Y no asombraría a nadie.

Otra de las sentencias que la crisis económica ha dejado obsoletas, y que afecta también de lleno a la capacidad de los mayores para contar batallas, es la que hace referencia a la cantidad de cosas que se podían hacer en distintas épocas con la misma cantidad de dinero. Un ejemplo: “cuando yo era joven, con esos euros (pero en pesetas, claro) iba al teatro, me compraba una revista, me tomaba dos cervezas y volvía a casa en taxi”. Era ésta una frase que solían usar padres y abuelos para evocar tiempos pasados que antes eran siempre peores, al contrario de lo que va a pasar a partir de ahora. Esta expresión también se ha quedado fuera de juego por las mismas razones, es decir, porque la puede usar con criterio cualquiera que tenga 20 años. Un adolescente puede narrar a su hermanito pequeño esta anécdota, porque hoy con 10€ a duras penas podría ir a ver al Caballero oscuro a la gran pantalla, pero si tiene buena memoria recordará que en 2001 con 1.600 pesetas pudo ver a Harry Potter, comerse unas palomitas y puede que un menú en un establecimiento de comida basura. Ningún abuelo impresionará a sus nietos ya con esta anécdota monetaria. Sobre todo porque, además, casi ningún nieto en edad infantil sabe ya lo que es una peseta.

Son sólo dos ejemplos, pero nos esbozan de qué cruel manera la crisis está afectando a nuestros mayores, recortándoles los temas de conversación con sus nietos. Y es sólo un aviso, porque cuando la generación que vivió la guerra civil pase a mejor vida, los nuevos yayos que ocupen su lugar en la cúspide de la cadena añeja tampoco podrán narrar a sus sucesores lo mal que lo pasaron y el hambre que sufrieron cuando eran jóvenes, ya que es posible que los nietos vivan bastante peor que sus abuelos. Y qué niño iba a querer escuchar a su abuelo contarle lo bien que éste vivía cuando era joven porque tenía acceso a la sanidad y a la educación, al ser éstos servicios públicos esenciales. No va a haber nieto que quiera aguantar estas anécdotas referentes a los tiempos de bonanza en los que hubo niños que tuvieron ordenadores en las aulas. Afortunadamente a muchos de los pequeños eso del “Estado del bienestar” les sonará como a mí lo de las “Cartillas de racionamiento”: a cosas del pasado que probablemente sean invenciones del abuelo.

Sí, amigos, corren malos tiempos para los yayos. Ahora ya no tienen ni siquiera obras en marcha para ir a escrutar o, incluso, corregir. Y en medio de tan nefasto panorama surge una nueva amenaza para la relación abuelo-nieto: Los pensionistas podrían perder poder adquisitivo. Sí, lo sé, este aspecto es insignificante comparado con la perversión de quedarse sin tema de conversación con un niño. No es comparable, por supuesto, a que las frases que el destino te obligará a usar pierdan completamente su sentido. Pero es una piedra -pequeña pero piedra al fin y al cabo- en el camino que los abuelos deben recorrer en un mundo que cada vez les es más hostil. El Gobierno mantiene el suspense sobre si incumplirá o no la Ley para actualizar la capacidad de consumo de los pensionistas. Esta es la realidad. A día de hoy ninguno sabe si verán compensado en sus pagas el IPC. Y lo peor es que cuánto más alto sea ese índice de precios, menos posibilidades tienen los pensionistas de actualizar sus nóminas. En caso, probable, de que acaben sin adecuarse a la inflación habrá algunos que pasen serias dificultades para llegar a fin de mes. No pocos tendrán que depender de sus familias y otros tendrán que mantener a la suya con lo escaso que ingresen. Y a pesar de este negro panorama, lo peor de todo es que estos abuelos pueden contarles a sus nietos que cobran una pensión, algo que no es seguro que los jóvenes y no tan jóvenes de hoy en día podamos narrar a nuestros sucesores. Tendremos que contarles otras batallas que seguro están por venir.