Embestidura

Mariano Rajoy no tiene, de momento, rival en el Pleno del Congreso. En la sesión de este jueves de la sesión que acabará con su investidura, el candidato del PP ha demostrado que está en otro nivel aunque no por méritos propios. El principal argumento que sostiene la supremacía dialéctica de Rajoy es que puede decir lo que quiera sin que sus votantes se vean agraviados, ofendidos o deseosos de entregar su papeleta a otro partido. Y, claro, eso amplía con holgura la libertad de decir cualquier cosa. Además, ha tenido a casi todos los portavoces enfrente, pero no en contra.

Abrió el debate el discurso de Antonio Hernando, portavoz parlamentario con Sánchez y sin él; hombre cuestionado por parte de sus propios compañeros; el político antes conocido como el adalid del No es No; el hacedor de pactos con Ciudadanos en la tormenta y madre de dragones. Con ese curriculum no es de extrañar que Hernando saliera al estrado condicionado. Casi acongojado. Con dos ideas fundamentales en la cabeza: el Psoe es la oposición y la abstención no presupone estabilidad. El problema es que todas sus críticas a Rajoy, su Gobierno, su corrupción y sus recortes chocaban frontalmente con la proposición ya asumida de que su grupo va a permitir que el popular vuelva a gobernar. En esa coyuntura, Rajoy tuvo fácil su réplica: insistió en el chantaje; no sólo quiere gobernar, sino que quiere hacerlo con estabilidad. Lo que no sabemos es si Hernando cogió el mensaje o si pronto veremos una cabeza de caballo bajo sus sábanas. Para que nadie diga que Rajoy es un insensible, el candidato del PP mostró su magnanimidad paralizando las reválidas sin tener la menor intención de retirar la Lomce. Ya tiene argumentos para exigir lealtad institucional a los socilistas.

El debate se tornó duro con la llegada de Pablo Iglesias al estrado. Llegó con sonrisa de pillo. Casi de muñeco diabólico. Empezó con tono suave porque la primera idea que quiso transmitir era que el suyo era el principal partido de la oposición. Para demostrarlo, empezó a subir el tono hasta que por su ceño hubiera podido transitar la quilla del Bribón I. Atacó a Rajoy con los recortes y la corrupción y logró su objetivo principal: provocar. Por su sonrisa triunfante durante los recesos que tuvo que hacer por culpa de las quejas e increpaciones de la bancada popular (entre otras), se puede deducir que lo que pretendía era polemizar. Como decimos, tuvo éxito. Quiso desatar al Rajoy socarrón y lo logró. El culmen fue cuando, a respuetsa de un chascarrillo del líder de Podemos, el popular hizo un chiste sobre sus SMS a Bárcenas. Sí, amigos, Rajoy ya se ríe de aquel capítulo bochornoso en el que pedía al ahora exTesorero del PP (imputado y en pleno proceso judicial) que fuera fuerte. Y que ironice sobre ese capítulo ya sólo puede significar dos cosas: 1) que Rajoy da por amortizado el tema; es algo del pasado, una batalla del abuelo más que es mejor no remover. 2) que Rajoy desprecia a esa minoría de ciudadanos escandalizados por ese capítulo. Hay una tercera opción, y es que se le haya escapado sin querer, pero eso reforzaría en cualquier caso la tesis número 1.

Todo el mundo interpreta que Rajoy estuvo ágil para responder, pero este capítulo me ha hecho reflexionar sobre otra posibilidad: Pablo Iglesias pudo provocar conscientemente a Rajoy sabedor de que cualquier barbaridad que se le ocurriera decir al popular era una piedra sobre el tejado del Psoe, que es el que va a facilitar su Gobierno. Si es así, a Iglesias le salió bien la jugada. Puso el capote y Rajoy entró a la “embestidura”, un palabro que me acabo de inventar para hacer un juego semántico y poder titular este texto. Si no lo hizo conscientemente, entonces tuvo suerte. Y eso es algo muy importante en política como el propio Mariano Rajoy se empeña en demostar día tras día.

Por último, dedicaré unas líneas a la intervención de Albert Rivera, conciliador y templado. Jugó el papel de portavoz del grupo que sostiene al Gobierno y dedicó más tiempo a atacar a Pablo Iglesias que a condicionar el Gobierno de Rajoy. Flaco favor le hizo al Psoe, ya que fue Rivera el primero en identificar a Unidos Podemos como primer partido de la oposición. Rajoy fue paternalista con él en su respuesta y sólo le restó acabar su réplica con un abrazo. En algo sí tiene razón el líder naranja: esta puede ser una gran legislatura. Que cada uno lo interprete como quiera.

 

 

Vaciando de contenido la palabra “hipster”

Se pueden formular dos análisis distintos y opuestos del vídeo electoral del Partido Popular que apela al voto “hipster”. Se podría pensar, para empezar, que el PP se equivoca con ese corto porque no está derigido a su público tipo. Es verdad, pero los errores de comunicación del vídeo van incluso más allá. El metalenguaje del propio anuncio electoral desvela que a los de Rajoy o se la pela todo o han metido la pata hasta el fondo. Vamos a desarrollar más en profundidad el primero de los dos análisis.

Lo primero que nos viene a la cabeza es que en la historia aparecen cinco personajes y solo uno es votante del PP. Es decir, el mensaje implícito es contrario al mensaje explícito. “Somos el partido más votado”, dicen al final del spot, pero el mensaje connota que eso no es cierto, ya que solo un 20% de las personas que aparecen en su propio anuncio electoral son votantes suyos. Es un error propio de expertos en comunicación y/o marketing comercial, ámbito en el que los mensajes que implícitamente se refieren a un público minoritario suelen tener connotaciones positivas, ya que en muchas ocasiones el consumidor busca productos exclusivos, que le diferencien del resto. En el terreno de la comunicación política, posicionar a un partido en una minoría no suele ser una estrategia correcta porque el votante, al contrario que el consumidor, sí prefiere ir en la corriente de la mayoría, en la corriente ganadora.

Otro de los aspectos que evidencian errores en un somero análisis semiótico del vídeo hipster del PP es que no solo el supuesto votante popular está en minoría, sino que el resto de personajes, el 80% de los personajes restantes, muestra explícitamente disgusto porque un allegado vaya a votar al Partido Popular. Es decir, el PP admite que genera antipatía. Abiertamente se reconoce antipático para la mayoría de la población. Es lo que connota el vídeo de forma implícita enviando un mensaje que, además, choca con el titular explícito que los populares quieren destacar al final del corto. Por un lado reconocen que son un partido que no cae bien a la mayoría y, por otro, se perfilan como líderes electorales. Es un error de comunicación doble porque, además de reconocer su antipatía, implícitamente también están reconociendo que les da absolutamente igual lo que piense la mayoría de la población de ellos y que solo les interesan sus votantes.

Otro error del mensaje es relacionar los conceptos de “más votado” y “hipster”. Desde mi punto de vista lo que consigue el vídeo es anular por completo el significado de la palabra “hipster” si es que a día de hoy todavía tenía alguno. Ir por delante en las tendencias aunque signifique ir a contracorriente no se puede vincular a encontrar argumentos para votar igual que la masa. Un “hipster” podría votar al PP porque sus inquitudes culturales podrían no chocar con las políticas, pero nunca lo haría por ser “hipster”, sino porque aquellos a los que nos empeñamos en poner la dichosa etiqueta no dejan de ser personas, ciudadanos con unas u otras preocupaciones e intereses que defender y resolver. El vídeo, sin emabrgo, distingue entre votantes populares y personas con inquitudes culturales y sociales. Lanza el equivocado mensaje de que “hasta las personas sensibles y cultas; las que salvan a las ballenas; las personas con sensibilidad también podrían llegar a votar al PP”. En última instancia ese mensaje connota que un votante medio de los populares no puede reunir esas carácterísticas vinculadas a la cultura o la sensibilidad social.

De los muchos errores en materia de comunicación que creo tiene el vídeo solo voy a destacar uno más: el diálogo de los personajes. Y del citado inetercambio de palabras me centraré en una frase: “que yo sepa, Rajoy no tienen na da en contra de las ballenas, ¿no?”. Podría estar horas escribiendo sobre la nefasta comunicación del vídeo, sobre semiótica y metalenguaje y siempre acabaría haciendo mención a esa frase, porque resume un poco todos los puntos antes criticados y alguno más. Primero, el vídeo denota que el protagonista no está seguro de que Rajoy no tenga nada en contra de los cetáceos. Lo supone pero no lo sabe y por eso pide confirmación a sus propios amigos que le están convenciendo de que no vote al PP después de que su madre ya se haya ido llorando, abatida, de la salita en la que se encuentran. Es decir, el PP reconoce que sus votantes no saben muy bien ni lo que votan. Esto significa que una persona que defiende el transporte público y moverse en bicicleta por la ciudad está dispuesta a votar a un partido cuyos miembros en Madrid defienden el derecho a moverse en coche aunque haya contaminación. El PP estblece implicitamente como característica fundamental de su electorado el desconocimiento de los aspectos básicos de su programa. Entre otras cosas, este mensaje connota que el caladero de votos en el que quieren pesacar es el de la ignorancia.

Y finalizo con el otro análisi semiótico, el opuesto al hasta ahora desarrollado: El PP tiene bien definido cuál es su electorado y se la sopla lo demás. Ni hipsters, ni bohemios. El Partido Popular sabe quién es su votante y quiere hacerle reir con un vídeo. Según este segundo análisis a los populares les darían igual tanto los modernos como las ballenas, con lo que el único motivo para emitir un corto electoral como este sería demostrar que:

a) Twitter es una red social de corto alcance cuyas críticas apenas llegan al 10% de la población en el peor de los casos.

b) Hacer políticas para beneficiar a 10 millones de personas garantiza 10 millones de votos, suficientes para ganar casi todas las elecciones.

c) La izquierda es incapaz de hacer un vídeo como este porque un pijo, un cani, un jevi o un Ángel de infierno que voten al PP son, en todo caso, inasequibles a la infidelidad política.

Plan para sacar partido al aislamiento de Asturias, aprovechando que en el Gobierno central ni dios mira para nosotros (Vol. I)

-Presidente Rajoy, ¡Asturias ha declara la independencia unilateral!
-¡Pero qué me dice! ¿Cuándo ha sido eso?
-Hace tres semanas, creemos.
-Es inconcebible. Hay que atajarlo como sea. Contacte con el Estado Mayor de la Defensa; que manden tanques a Despeñaperros.
-A El Huerna, presidente.
-También. Y póngame con el lider de esos asturianos locos.
-A la orden, presidente. Está activado el manos libres.
TUUUUUUU, TUUUUUUUUUUUUU
-¿Diga?
-Al habla el presidente Rajoy. Exijo que depongan inmediantamente su actitud.
-¿Qué actitud?
-La del independentismo.
-Eso está hecho, hombre. La verdad es que nos da igual ser independientes que no.
-Perfecto. Si lo hace así no habrá consecuencias excesivas.
-Lo único sería saber qué hacemos con las iniciativas que hemos puesto en marcha en estas semanas.
-¿Pero qué demonios han hecho?
-Pues hemos puesto un peaje en la autopista del Huerna para sacarles los cuartos a los españolitos que vengan a hacer turismo.
-Pueden estar seguros de que eso se ha acabado. Mañana mismo el ejército demolerá cualquier infraestructura que suponga desigualdad alguna entre los ciudadanos de este país.

JMA

Aznar creó un monstruo sin saberlo y sin quererlo. Puso su democrático dedo sobre Rajoy, le hizo, presidente del PP -y, por tanto, máximo aspirante a la presidencia del Gobierno- y ni se imaginó que el talante huidizo, esquivo y a la expectativa de Mariano sería, precisamente, la mejor arma del gallego para aferrarse a la poltrona a la que Jose Mari se quiere subir ahora de repente. Que no digo yo que Aznar buscara en Rajoy un pelele que le calentara el asiento hasta que a su señoría le diese por volver a liderar el partido y el país. Que yo no estoy diciendo eso, ni mucho más. Más bien creo que el egocentrismo exacerbado hizo pensar a Jose Mari que su destino era ser un líder con más proyección que el Presidente de un trozo tierra entre África y Europa, pero como a día de hoy todavía nadie le ha llamado suplicándole que lidere el mundo para salvarlo de la decadencia, comienza sopesar la posibilidad de retomar el caudillaje de los españoles, como sólo él lo puede hacer; como si de un hobby se tratara; como quien necesita hacer algo entre abdominal y abdominal. Claro que, curiosamente, esta necesidad irrefrenable de salvar a la patria le ha entrado justo cuando se estaba empezando a relacionar su apellido con el de los más altísimos representantes de la nobleza de Gürtel y a la vez que se mancilla la calidad y la blancura de la iluminación de la boda de su hija. Seamos justos, Jose Mari: para criticar la subida de impuestos de Rajoy llegas como un año tarde; para criticar que no hace ni el huevo llegas tarde casi dos; para reivindicar tu legado llegas tarde casi 5 años, ya que hace ya un lustro que hemos asumido que la burbuja inmobiliaria no fue tan buena idea como tú creías.

Pero para el asunto que hoy nos concita dan igual las intenciones de Aznar. No importa ni su ambición, ni su egoísmo, ni su chulería castellana. La cuestión hoy es que un silente Rajoy, haciendo gala de la inacción que Aznar tanto critica, ha capeado la embestida y tengo miedo que haya, incluso, recuperado un par de votos de quien haya podido apreciar en Aznar la caricatura de sí mismo que siempre fue. Francisco Álvarez Cascos siempre lo tuvo claro: jamás hizo pública su intención de retomar responsabilidades políticas, sino que él siempre lo presentó como la asunción de una aclamación popular; como la obligación personal de responder a la solicitud de una multitud que le exigía liderar el PP en Asturias primero, y crear un partido de nuevo cuño después. Cascos siempre quiso reaparecer por aclamación. Ser el salvador añorado por todos. Cascos es más estratega que Aznar, quien se empeña en presentarse él como el salvador, aunque nadie le haya dado vela en este entierro, por mucho que el muerto sea en parte también suyo. Esa es la diferencia: Cascos quiso hacernos creer que volvía presionado por una marea de suplicantes que le rogaban salvar a Asturias y Aznar quiere hacernos creer que él puede salvar al país sin que nadie se lo haya pedido. Jose Mari, estás a tiempo de rectificar, de montar una plataforma que clame a voces tu regreso y, en caso de que no sirva de nada, montar un partido que se llame Justicia Milagrosa Aliada, o cualquier otra zarandaja que se pueda formar con tus siglas.

La verdad, es mentira

No es tan preocupante la mentira como la incertidumbre de si alguna vez habrá una verdad. Y no quiero con esto justificar engaño alguno, ojo, sino alertar de la posibilidad de que el embuste sea perpetuo. Por poner un ejemplo al azar, fijémonos en una de las últimas confesiones del poco dado a responder preguntas en persona Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy: “subimos impuestos para evitar el crack de España”. El Presidente de Todos los Españoles en general y de los populares en particular entona un mea culpa después de año y medio de incumplimientos (que es la palabra fina para sustituir a mentiras). Sí, amigos, Rajoy nos abre su corazoncito para reconocer que a lo mejor no está haciendo las cosas que prometió, mientras hace las que prometió que no iba a hacer, pero nos jura que todo es por el bien común: por evitar el hundimiento del país. Y ya está, debemos creer y aplaudir su valentía porque si su talla de estadista le capacita para pasarse por el forro las ideas de su partido plasmadas en un programa electoral imprimido y repartido por todo el país, cómo no le va a otorgar la potestad de que las ideas de los demás le resbalen como mantequilla sudorosa. Sin embargo, hoy no quiero poner en tela de juicio las decisiones de gobierno de Mariano, sino destacar que en el momento en el que aceptemos que nos pueden mentir para garantizar el bien común, el embuste podría no acabar nunca. Es decir, si asumimos la excusa de Rajoy sin protestar, si le damos un cheque de falacias en blanco, ¿cómo sabremos cuándo acabará el engaño? ¿Existe alguna señal como en el mus? ¿Ha pasado ya el riesgo de que España se hunda? Si la respuesta a esta última cuestión es sí ¿Es un sí de verdad o es una mentira para evitar otro crack de España? Nada volverá a ser real si aceptamos como buenas las mentiras por el bien común. Seremos unos conspiranoicos perpetuos que desconfiaran de otros conspiranoicos y nos enzarzaremos en brutales discusiones dialécticas sobre quién es el más conspiranoico de todos. Estamos condenados a vivir eternamente en una serie de ficción, lo cual, no obstante, es mejor que hacerlo en la tragicomedia en la que estamos inmersos.

Por otra parte, la alegre confesión de Mariano me ha devuelto a la memoria uno de los episodios más negros del odiado por todos menos por los turcos ex presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. No citaré su nombre tres veces porque invocaría a Belcebú, pero sí recordaré el inicio de la crisis y su enorme reticencia a reconocer que había empezado. Tampoco diré tres veces la palabra crisis porque invocaría a Rodrigo Rato, pero sí pediré a quien tenga conocimientos económicos avanzados que explique si haber reconocido de forma rápida y alarmista que estábamos en tan profunda depresión financiera habría propiciado una contracción del consumo interno que habría acelerado el proceso destructivo de la recesión. En resumen, que quizá Zapatero (sólo le he citado dos veces de momento) pudo engañarnos a todos en los asuntos económicos con el fin de evitar un crack aún mayor de España. ¿Lo ves, Mariano? He aquí otro pernicioso uso de tu incomparable excusa: no eres el primer presidente del gobierno ni serás el último; cualquiera podría utilizar tu pretexto “lo hice para evitar un mal a España”. Qué miedo me dan las próximas elecciones generales. Lo explicaré en otro texto. Gracias por la atención.

Todo es una conspiración

No se le puede llamar rueda de prensa a lo que Rajoy ofreció ayer para negar cualquier responsabilidad propia o del Partido Popular en el caso Bárcenas. El Presidente dio un discurso desde las instalaciones del PP, con los dirigentes del partido como público más cercano y con sus simpatizantes, militantes y, en último término, votantes como únicos destinatarios del mensaje. Es así. Mariano aprovechó la enorme expectación generada por su comparecencia y utilizó a los medios de comunicación para lanzar varias directrices a sus incondicionales. Y lo hizo sin dar las gracias después a periódicos, radios o televisiones.

 

Con argumentos de inmejorable simpleza, el Presidente de los españoles en general y de los populares en particular negó cualquier responsabilidad en los hechos supuestamente delictivos de Bárcenas y defendió la blancura de sus ingresos con la amenaza de la publicación de su declaración de la renta. Como leéis. Rajoy pretende dejar constancia de que no cobró en B haciendo visibles sus ingresos en A. O como @MiguelBarrero bien definió ayer, “voy a enseñaros mi piso de Gijón para demostrar que no tengo un chalet en Miami”.

 

Tuvo tiempo Mariano para hablar de transparencia y demás zarandajas mientras lanzaba dardos contra el medio de comunicación que hizo públicos #lospapelesdebárcenas. También repartió estopa entre la oposición al gobierno que preside. Pero, sobre todo, levantó un muro argumental dirigido a alimentar/proteger el ánimo de los fieles. En especial, dirigido a aquellos leales que por un momento se vieron acorralados en tertulias de bar de barrio, cuando sus adversarios  de debate de barra y chato de vino les pusieron contra las cuerdas atacándoles con la corrupción del PP. Rajoy les ofreció la salvación a aquellos que por un momento tuvieron dudas, pero que en ningún caso siquiera pensaron en dejar de votar a la derecha; les brindó la excusa definitiva: es todo una conspiración.

 

Así de fácil. Esta es la ecuación resuelta: soy inocente + mi partido también + la oposición no + los medios no controlados son malos= conspiración. Y se quedó tan ancho el tío. Sí, porque le da igual lo que piensen quienes no son sus votantes potenciales. Rajoy sólo necesita a sus fieles y, si acaso, a 200.000 votos más. Y eso sólo si el principal partido de la oposición consigue aglutinar el resto de votos del centro izquierda, que, si no, tampoco le hace hacen falta más que sus incondicionales. Por eso ayer se limitó  a enviar un mensaje a sus leales españoles, quienes ya tendrán el argumento perfecto para contrarrestar los ataques verbales de los rojos de chigre, de los progres de tertulia de tinto: es todo una conspiración y los culpables sois vosotros.

 

Lo de ayer de Rajoy no fue una rueda de prensa, no admitió preguntas, ni siquiera había periodistas en la sala, su mensaje estaba dirigido sólo a la mitad de los españoles y, aún así, el evento tuvo una cobertura que te cagas. La que necesitaba Mariano. La que aprovechó para cargar contra la prensa. Los periodistas no tenemos lo que nos merecemos, sino lo que nos hemos buscado.

Por debajo de nuestras posibilidades

La ignorancia es atrevida, pero más si está remojada en alcohol. Lo comprobé en persona la semana pasada cuando, en el transcurso de una animada comida corporativa, mantuve un debate intenso sobre las responsabilidades derivadas de la burbuja inmobiliaria con un tipo que sabe de economía como 100 veces más que yo. O 200 veces, vete a saber. En realidad ninguno estaba en desacuerdo con lo que mantenía el otro en lo básico, aunque discrepábamos en los detalles accesorios. El meollo del asunto estaba en que él, hombre de conocimientos y cauto ahorrador, defendía que buena parte de la culpa de estar en la situación en la que nos encontramos la tienen aquellos ciudadanos que se sobreendeudaron en épocas de bonanza sin tomar precauciones. Sobremanera le irritaban aquellos que aprovecharon que el banco les daba más financiación de la necesaria para adquirir un piso y se compraron un coche. Uno alemán, concretamente. También eran especialmente culpables quienes teniendo vivienda y recursos ajustados se compraron un segundo piso con el mero objetivo de especular.  Estoy de acuerdo. Ese tipo de gente es la que te lleva a la ruina por ignorancia, osadía o una mezcla inestable de las dos cosas. Pero yo distingo (y él también lo hacía, pero ahora hablaré de mi opinión), además, otros tres agentes implicados que tienen tanta o más responsabilidad en este desaguisado. A saber:

1) Los bancos que dieron créditos incluso/sobre todo a quienes no podían permitirse pagarlo.

2) Los ciudadanos ahorradores y prudentes que -como mi interlocutor o yo mismo- no se sobre endeudaron y fueron prudentes, pero que no fueron al banco a decirle al director de turno “por qué dejas mi dinero a gente insolvente, ¿no ves que nos lleva a la ruina? ¿Qué gestión estás haciendo de mis ahorros?”

3) El Gobierno. Y en este punto me detendré.

Personas tan cualificadas como para gobernar un país nos dijeron por activa y por pasiva que España vivía un milagro económico. El Presidente Aznar y su Ministro Rato nos hicieron creer que la bonanza no era coyuntural, sino estructural, y aún hoy lo mantienen cuando niegan la paternidad de la burbuja inmobiliaria. “El milagro económico soy yo“, llegó a decir Aznar, antes de ver la gran bola que se estaba formando. Después señaló como responsable a Rato. Incluso el Presidente socialista Zapatero se apuntó al carro de la España emergente, asegurando que el país estaba en la Champions League de las economías europeas y que pronto alcanzaría el poderío per cápita alemán (en 2010, auguraba ZP). Personas tan cualificadas como para gobernar un país en claro avance económico aseguraron que no era un sueño; que era real; que no había trampa ni cartón. Personas tan cualificadas como para gobernar dejaron que la economía siguiera creciendo gracias al endeudamiento privado, dejando ver, o incluso asegurando, que nuestra economía era sólida y su fortaleza duradera. Por activa o por pasiva, personas cualificadas como para gobernar nos invitaron a formar parte del sistema mediante la adquisición una vivienda a través de un crédito hipotecario. Con beneficios fiscales para los compradores. Con planes de ahorro para la compra de pisos. Liberando suelo para la construcción. Dando el visto bueno a las obras. Personas tan cualificadas como para gobernar nos dijeron, por activa o por pasiva, por exclamación o por omisión, que podíamos fiarnos de la economía española. Nos dejaron ver que podíamos ser alemanes. Que el sistema era incorrupto. ¿Por qué no nos íbamos a endeudar si todo era perfecto, el marco era incomparable y nuestra economía era milagrosa?

Una de dos: o esas personas no estaban lo suficientemente cualificadas como para gobernar, o nos mintieron a todos. Y en cualquiera de los dos casos, son responsables directos de que miles de personas se embarcaran en la aventura de comprarse un piso gracias al crédito que los bancos poco menos que les metían por los ojos. Son culpables directos. Y lo son indirectos de los desahucios. Y bajo ningún conceptos ni ellos ni sus herederos políticos tienen autoridad moral para decirle a nadie que ha vivido por encima de sus posibilidades. Más bien se podría sentenciar que son ellos los que gobiernan por encima de sus posibilidades. Y si pretenden defender su honestidad con el argumento de que los afectados por los desahucios deberían haber conocido un poco mejor el procedimiento hipotecario español y la coyuntura económica europea, les diré que entonces esas personas tan cualificadas como para gobernar son responsables de mantener el peor sistema educativo de los países desarrollados y parte de los no desarrollados. Son culpables no sólo de mantener un pésimo sistema educativo, sino también de empeorarlo en cada legislatura utilizándolo como arma arrojadiza contra el partido de la oposición de turno.

Sea como sea, de una cosa sí somos culpables los ciudadanos: de votar por debajo de nuestras posibilidades

Naturalmente, todo esto no se lo solté a mi interlocutor en nuestro debate de mesa, mantel y vino tinto, porque cuando se comparten ideas con una persona que acumula ingentes conocimientos y los transmite de forma amena, amable y didáctica, lo único que uno puede hacer es escuchar y aprender. Gracias por la lección.