Desesperanza

El rey pronunció ayer el típico discurso que se espera de él en una coyuntura como la actual. Instó a los poderes del Estado a reestablecer el orden constitucional y consideró inaceptable el movimiento rupturista catalán. Lo esperado. Teniendo en cuenta que apelar al diálogo habría sido tanto como reconocer la legitimidad de las distintas partes, el fondo de su mensaje estaba definido de antemano. Lo que no estaba claro era qué forma iba a adoptar. Optó por la dureza contenida. Intentó asumir un discurso severo, admonitorio pero no estricto. En mi humilde opinión, debe practicar un poco más.

Dicen por ahí que el rey no se dirigió a todos los españoles, algo con lo que discrepo. Sí es verdad que la comunicación verbal iba dirigida sólo a una parte de ellos, pero también hay mensajes en la comunicación no verbal. No pretenderéis que quien debe ser imparcial salga delante de todos los españoles y diga que no le gusta la postura adoptada por el Psoe o Podemos. Obviamente, su mensaje para ellos fue el silencio y el respaldo a la postura defendida mucho más debilmente, pero con anterioridad, por Mariano Rajoy. Un respaldo afilado, ya que del “esto no ha sido un referéndum” de Mariano al “situación de extrema gravedad” del monarca hay un abismo.

Precisamente, el Presidente del Gobierno había tenido la oportunidad hace pocos días de dirigirse al país de forma parecida pero su discurso fue desolador. Primero porque él si que tenía potestad para apelar al diálogo político de las partes y lo único que hizo fue pedir escuderos para la batalla. Es sabido que a Rajoy le gusta que le dejen gobernar como si tuviera mayoría absoluta, y de la misma forma aprecia que le respalden haga lo que haga (o aunque no lo haga) como si tuvierá la razón única. Sin embargo sus palabras llegaron tarde y mal, y evidenciaron que el Gobierno iba al rebufo del Govern.

Así que el rey salió un poco al rescate de Rajoy para concretar el mensaje de unidad del Estado, para obviar conscientemente a los independentistas a modo de mensaje y para tratar de tranquilizar a los españoles de bien. Yo sí creo que se dirió a todos los españoles. Lo que no tengo tan claro es que todos los españoles se hayan sentido identificados con el mensaje. Y para mí ese es el problema. Que hay gente que, aunque reconoce que la Generalitat se ha saltado la Ley y quiere aplicar una DUI en base a un referendum que irregular es poco, quiere solucionar esta crisis dialogando. Hay gente que cree que se puede apelar todavía a la política antes que a la fuerza del Estado, aunque Puigdemont y Junqueras no se lo merezcan.

Esos españoles son considerados fascistas por los soberanistas, independentistas por los partidarios del 155 y equidistantes por Twitter. Y son, desde mi punto de vista, el colectivo que ha resultado peor parado tras el discurso del rey. Porque, a los idependentistas las palabras de Felipe VI les ha dado argumentos; a los defensores del 155 les ha dado fuerza; a los partidos políticos, un toque de atención, pero a los españoles que quieren que sus dirigentes se sienten a hablar sólo les ha dado desesperanza.

 

 

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La batalla de la comunicación

Por mucho que no sea veraz, un mensaje no deja de ser un mensaje. Y en las batallas de la comunicación, sobre todo en política, que los mensajes digan verdades o mentiras es accesorio, dado que en este tipo de terrenos el fin suele justificar los medios. La guerra de comunicación se libra con mensajes, no con verdades. Es por eso que -partiendo de esta premisa- creo que el Gobierno central ha perdido la batalla de la comunicación contra el Govern de la Generalitat este 1-O.

Es cierto que Moncloa partía en desventaja. Para imponerse en una guerra de comunicación es importante contar con mensajes y canales, y en esta ocasión ambas partes contaron con ellos, pero es más sencillo vencer en esta lid cuando tienes definidos menos receptores de tus mensajes.  Es decir, mientras los de Rajoy tenían como receptores a los catalanes independentistas, los catalanes no independentistas pero partidarios de votar, los catalanes unionistas, los españoles afines, los españoles no afines pero contrarios al referendum, los españoles no afines y partidarios del referendum y la comunidad internacional, Puigdemont y los suyos sólo se esforzaron por enviar mensajes a los catalanes independentistas, a los catalanes no independentistas pero partidarios del derecho a votar y a la comunidad internacional. Obviamente, sus posibilidades de éxito son estadísticamente mayores.

El emisor Moncloa debe dirigirse a un número mayor de receptores porque el Estado debe emitir mensajes para todos sus súbditos. Para todos. Aunque ellos no se sientan súbditos. El emisor soberanista se dirige sólo a los emisores que le interesan porque su objetivo de comunicación le permite discriminar. Es decir, mientras que Madrid debe emitir mensajes para todos los receptores a sabiendas de que van a ser rechazados por buena parte de ellos, Barcelona escoge mensajes diseñados para sus receptores selectos porque le da igual lo que piensen el resto.

Luego, si el eje de comunicación de los soberanistas es “Somos unos demócratas a los que no dejan expresarse en libertad y estamos reprimidos por la violencia del Estado”, sea o no sea esto verdad, el mensaje tiene muchas probabilidades de triunfar porque sólo pretende alcanzar a tres colectivos bien diferenciados que luego deberán interpretarlo en función del código utilizado y las interferencias. Unos lo asumirán sin rechistar por convicción emocional e ideológica, otros lo interpretarán en base a la coyuntura.

Así (siguiendo con el ejemplo aleatorio expuesto), si el citado eje de comunicación formara parte de un plan de comunicación cuyo objetivo fuera fomentar el independentismo dentro de las fronteras de Cataluña y aumentar la simpatía por este proceso soberanista fuera de las fronteras de España, todos los mensajes diseñados bajo ese eje irán encaminados a reforzar el objetivo último del plan de comunicación. Concluido el periodo de vigencia que se le haya querido dar al plan, se hará balance de los éxitos o fracasos del mismo. En virtud de los episodios violentos que todavía estamos viendo hoy en cataluña, no sería descabellado que los mensajes hayan logrado el efecto deseado en buena parte de los receptores que la Generalitat ha escogido. Obviamente, en el resto no, pero eso a los partidarios del Procès les da igual. Así, los independentistas verán reforzada su postura, los catalanes no independentistas se verán más lejos de tomar la mano del Estado y la comunidad internacional, al menos en lo que le toca a la opinión pública, verá al independentismo catalán como a un colectivo acosado.

El Estado, por su parte, podría haber diseñado un plan de comunicación para reafirmar la inquebrantable unidad de una España democrática y libre. Para ello podría haber elegido como eje de comunicación “El Procès es ilegal, Cataluña es España y el Govern ha secuestrado al Parlament”.  No ahondaré en la ilegalidad del Procès ni en la ilegitimidad de los resultados del referéndum, insisto. El Gobierno Central puede decir la verdad en sus mensajes pero esto no es lo que importa en este análisis. Lo que sí está claro es que sus mensajes chocan de plano con los catalanes independentistas y con los españoles no afines partidarios del referéndum. Además, su eje de comunicación encuentra resistencia en los catalanes no independentistas que quieren votar. De mano, el plan de comunicación de Moncloa se encuentra con que casi la mitad de sus receptores son reacios a interpretar el mensaje.

Teniendo en cuenta que a los afines ya los tiene ganados sea cual sea el mensaje, Rajoy se encuentra con que su principal baza de comunicación está en ganarse al receptor comunidad internacional. Políticamente ya lo tiene hecho, pero aquí analizamos el proceso de comunicación, y por comunidad internacional entendemos también a la opinión pública del resto de Estados interesados en la política interna española. Los mensajes para estos receptores llegan en general por medio de menos canales, con más interferencias y, en muchas ocasiones, con problemas con el código. Inernet, la Redes Sociales… La información fluye. Contaminada, sesgada, manipulada. Pero fluye. El receptor lo sabe, tampoco es tonto, pero las fuentes fiables, aunque le cuenten que no habrá interventores en las mesas electorales para verificar la validez de los votos, aunque le digan que no hay censo o que los partidarios del No no van a ir a votar, le digan lo que le digan, no le van a causar más impacto que la imagen de policías cargando para retirar urnas, un poderoso mensaje que refrenda el eje de comunicación independentista y sólo encuentra justificación en los colectivos más férreamente identificados con la unidad del Estado a cualquer costa.

Al Gobierno Central quizá le hubiera ido mejor con el eje de comunicación “El Govern no quiere dialogar, pretende sacar a la totalidad de los catalanes de España de forma antidemocrática y totalitaria cuando más del 50% no le apoya”, lo que pasa es que para eso habría sido necesario incluir en el plan de comunicación incontables y reiterados llamamientos al diálogo, cosa que no se ha producido. En la batalla por la comunicación no importa lo demócrata que seas, sino lo demócrata que consigas que los receptores de tus mensajes crean que eres. Por eso hay que planearla bien antes de empezar.

El Govern inició una huída hacia delante precipitada que fue reconduciendo hasta llegar al día de hoy. El Gobierno Central ha dejado que las cosas se fueran resolviendo sólas, por la vía judicial más que por la política, en la convicción de que la Ley estaba de su parte. El resultado de ambas posturas lo hemos visto hoy, un día en el que ha finalizado una batalla de la comunicación y ha comenzado otra.

Embestidura

Mariano Rajoy no tiene, de momento, rival en el Pleno del Congreso. En la sesión de este jueves de la sesión que acabará con su investidura, el candidato del PP ha demostrado que está en otro nivel aunque no por méritos propios. El principal argumento que sostiene la supremacía dialéctica de Rajoy es que puede decir lo que quiera sin que sus votantes se vean agraviados, ofendidos o deseosos de entregar su papeleta a otro partido. Y, claro, eso amplía con holgura la libertad de decir cualquier cosa. Además, ha tenido a casi todos los portavoces enfrente, pero no en contra.

Abrió el debate el discurso de Antonio Hernando, portavoz parlamentario con Sánchez y sin él; hombre cuestionado por parte de sus propios compañeros; el político antes conocido como el adalid del No es No; el hacedor de pactos con Ciudadanos en la tormenta y madre de dragones. Con ese curriculum no es de extrañar que Hernando saliera al estrado condicionado. Casi acongojado. Con dos ideas fundamentales en la cabeza: el Psoe es la oposición y la abstención no presupone estabilidad. El problema es que todas sus críticas a Rajoy, su Gobierno, su corrupción y sus recortes chocaban frontalmente con la proposición ya asumida de que su grupo va a permitir que el popular vuelva a gobernar. En esa coyuntura, Rajoy tuvo fácil su réplica: insistió en el chantaje; no sólo quiere gobernar, sino que quiere hacerlo con estabilidad. Lo que no sabemos es si Hernando cogió el mensaje o si pronto veremos una cabeza de caballo bajo sus sábanas. Para que nadie diga que Rajoy es un insensible, el candidato del PP mostró su magnanimidad paralizando las reválidas sin tener la menor intención de retirar la Lomce. Ya tiene argumentos para exigir lealtad institucional a los socilistas.

El debate se tornó duro con la llegada de Pablo Iglesias al estrado. Llegó con sonrisa de pillo. Casi de muñeco diabólico. Empezó con tono suave porque la primera idea que quiso transmitir era que el suyo era el principal partido de la oposición. Para demostrarlo, empezó a subir el tono hasta que por su ceño hubiera podido transitar la quilla del Bribón I. Atacó a Rajoy con los recortes y la corrupción y logró su objetivo principal: provocar. Por su sonrisa triunfante durante los recesos que tuvo que hacer por culpa de las quejas e increpaciones de la bancada popular (entre otras), se puede deducir que lo que pretendía era polemizar. Como decimos, tuvo éxito. Quiso desatar al Rajoy socarrón y lo logró. El culmen fue cuando, a respuetsa de un chascarrillo del líder de Podemos, el popular hizo un chiste sobre sus SMS a Bárcenas. Sí, amigos, Rajoy ya se ríe de aquel capítulo bochornoso en el que pedía al ahora exTesorero del PP (imputado y en pleno proceso judicial) que fuera fuerte. Y que ironice sobre ese capítulo ya sólo puede significar dos cosas: 1) que Rajoy da por amortizado el tema; es algo del pasado, una batalla del abuelo más que es mejor no remover. 2) que Rajoy desprecia a esa minoría de ciudadanos escandalizados por ese capítulo. Hay una tercera opción, y es que se le haya escapado sin querer, pero eso reforzaría en cualquier caso la tesis número 1.

Todo el mundo interpreta que Rajoy estuvo ágil para responder, pero este capítulo me ha hecho reflexionar sobre otra posibilidad: Pablo Iglesias pudo provocar conscientemente a Rajoy sabedor de que cualquier barbaridad que se le ocurriera decir al popular era una piedra sobre el tejado del Psoe, que es el que va a facilitar su Gobierno. Si es así, a Iglesias le salió bien la jugada. Puso el capote y Rajoy entró a la “embestidura”, un palabro que me acabo de inventar para hacer un juego semántico y poder titular este texto. Si no lo hizo conscientemente, entonces tuvo suerte. Y eso es algo muy importante en política como el propio Mariano Rajoy se empeña en demostar día tras día.

Por último, dedicaré unas líneas a la intervención de Albert Rivera, conciliador y templado. Jugó el papel de portavoz del grupo que sostiene al Gobierno y dedicó más tiempo a atacar a Pablo Iglesias que a condicionar el Gobierno de Rajoy. Flaco favor le hizo al Psoe, ya que fue Rivera el primero en identificar a Unidos Podemos como primer partido de la oposición. Rajoy fue paternalista con él en su respuesta y sólo le restó acabar su réplica con un abrazo. En algo sí tiene razón el líder naranja: esta puede ser una gran legislatura. Que cada uno lo interprete como quiera.

 

 

Vaciando de contenido la palabra “hipster”

Se pueden formular dos análisis distintos y opuestos del vídeo electoral del Partido Popular que apela al voto “hipster”. Se podría pensar, para empezar, que el PP se equivoca con ese corto porque no está derigido a su público tipo. Es verdad, pero los errores de comunicación del vídeo van incluso más allá. El metalenguaje del propio anuncio electoral desvela que a los de Rajoy o se la pela todo o han metido la pata hasta el fondo. Vamos a desarrollar más en profundidad el primero de los dos análisis.

Lo primero que nos viene a la cabeza es que en la historia aparecen cinco personajes y solo uno es votante del PP. Es decir, el mensaje implícito es contrario al mensaje explícito. “Somos el partido más votado”, dicen al final del spot, pero el mensaje connota que eso no es cierto, ya que solo un 20% de las personas que aparecen en su propio anuncio electoral son votantes suyos. Es un error propio de expertos en comunicación y/o marketing comercial, ámbito en el que los mensajes que implícitamente se refieren a un público minoritario suelen tener connotaciones positivas, ya que en muchas ocasiones el consumidor busca productos exclusivos, que le diferencien del resto. En el terreno de la comunicación política, posicionar a un partido en una minoría no suele ser una estrategia correcta porque el votante, al contrario que el consumidor, sí prefiere ir en la corriente de la mayoría, en la corriente ganadora.

Otro de los aspectos que evidencian errores en un somero análisis semiótico del vídeo hipster del PP es que no solo el supuesto votante popular está en minoría, sino que el resto de personajes, el 80% de los personajes restantes, muestra explícitamente disgusto porque un allegado vaya a votar al Partido Popular. Es decir, el PP admite que genera antipatía. Abiertamente se reconoce antipático para la mayoría de la población. Es lo que connota el vídeo de forma implícita enviando un mensaje que, además, choca con el titular explícito que los populares quieren destacar al final del corto. Por un lado reconocen que son un partido que no cae bien a la mayoría y, por otro, se perfilan como líderes electorales. Es un error de comunicación doble porque, además de reconocer su antipatía, implícitamente también están reconociendo que les da absolutamente igual lo que piense la mayoría de la población de ellos y que solo les interesan sus votantes.

Otro error del mensaje es relacionar los conceptos de “más votado” y “hipster”. Desde mi punto de vista lo que consigue el vídeo es anular por completo el significado de la palabra “hipster” si es que a día de hoy todavía tenía alguno. Ir por delante en las tendencias aunque signifique ir a contracorriente no se puede vincular a encontrar argumentos para votar igual que la masa. Un “hipster” podría votar al PP porque sus inquitudes culturales podrían no chocar con las políticas, pero nunca lo haría por ser “hipster”, sino porque aquellos a los que nos empeñamos en poner la dichosa etiqueta no dejan de ser personas, ciudadanos con unas u otras preocupaciones e intereses que defender y resolver. El vídeo, sin emabrgo, distingue entre votantes populares y personas con inquitudes culturales y sociales. Lanza el equivocado mensaje de que “hasta las personas sensibles y cultas; las que salvan a las ballenas; las personas con sensibilidad también podrían llegar a votar al PP”. En última instancia ese mensaje connota que un votante medio de los populares no puede reunir esas carácterísticas vinculadas a la cultura o la sensibilidad social.

De los muchos errores en materia de comunicación que creo tiene el vídeo solo voy a destacar uno más: el diálogo de los personajes. Y del citado inetercambio de palabras me centraré en una frase: “que yo sepa, Rajoy no tienen na da en contra de las ballenas, ¿no?”. Podría estar horas escribiendo sobre la nefasta comunicación del vídeo, sobre semiótica y metalenguaje y siempre acabaría haciendo mención a esa frase, porque resume un poco todos los puntos antes criticados y alguno más. Primero, el vídeo denota que el protagonista no está seguro de que Rajoy no tenga nada en contra de los cetáceos. Lo supone pero no lo sabe y por eso pide confirmación a sus propios amigos que le están convenciendo de que no vote al PP después de que su madre ya se haya ido llorando, abatida, de la salita en la que se encuentran. Es decir, el PP reconoce que sus votantes no saben muy bien ni lo que votan. Esto significa que una persona que defiende el transporte público y moverse en bicicleta por la ciudad está dispuesta a votar a un partido cuyos miembros en Madrid defienden el derecho a moverse en coche aunque haya contaminación. El PP estblece implicitamente como característica fundamental de su electorado el desconocimiento de los aspectos básicos de su programa. Entre otras cosas, este mensaje connota que el caladero de votos en el que quieren pesacar es el de la ignorancia.

Y finalizo con el otro análisi semiótico, el opuesto al hasta ahora desarrollado: El PP tiene bien definido cuál es su electorado y se la sopla lo demás. Ni hipsters, ni bohemios. El Partido Popular sabe quién es su votante y quiere hacerle reir con un vídeo. Según este segundo análisis a los populares les darían igual tanto los modernos como las ballenas, con lo que el único motivo para emitir un corto electoral como este sería demostrar que:

a) Twitter es una red social de corto alcance cuyas críticas apenas llegan al 10% de la población en el peor de los casos.

b) Hacer políticas para beneficiar a 10 millones de personas garantiza 10 millones de votos, suficientes para ganar casi todas las elecciones.

c) La izquierda es incapaz de hacer un vídeo como este porque un pijo, un cani, un jevi o un Ángel de infierno que voten al PP son, en todo caso, inasequibles a la infidelidad política.

Plan para sacar partido al aislamiento de Asturias, aprovechando que en el Gobierno central ni dios mira para nosotros (Vol. I)

-Presidente Rajoy, ¡Asturias ha declara la independencia unilateral!
-¡Pero qué me dice! ¿Cuándo ha sido eso?
-Hace tres semanas, creemos.
-Es inconcebible. Hay que atajarlo como sea. Contacte con el Estado Mayor de la Defensa; que manden tanques a Despeñaperros.
-A El Huerna, presidente.
-También. Y póngame con el lider de esos asturianos locos.
-A la orden, presidente. Está activado el manos libres.
TUUUUUUU, TUUUUUUUUUUUUU
-¿Diga?
-Al habla el presidente Rajoy. Exijo que depongan inmediantamente su actitud.
-¿Qué actitud?
-La del independentismo.
-Eso está hecho, hombre. La verdad es que nos da igual ser independientes que no.
-Perfecto. Si lo hace así no habrá consecuencias excesivas.
-Lo único sería saber qué hacemos con las iniciativas que hemos puesto en marcha en estas semanas.
-¿Pero qué demonios han hecho?
-Pues hemos puesto un peaje en la autopista del Huerna para sacarles los cuartos a los españolitos que vengan a hacer turismo.
-Pueden estar seguros de que eso se ha acabado. Mañana mismo el ejército demolerá cualquier infraestructura que suponga desigualdad alguna entre los ciudadanos de este país.

JMA

Aznar creó un monstruo sin saberlo y sin quererlo. Puso su democrático dedo sobre Rajoy, le hizo, presidente del PP -y, por tanto, máximo aspirante a la presidencia del Gobierno- y ni se imaginó que el talante huidizo, esquivo y a la expectativa de Mariano sería, precisamente, la mejor arma del gallego para aferrarse a la poltrona a la que Jose Mari se quiere subir ahora de repente. Que no digo yo que Aznar buscara en Rajoy un pelele que le calentara el asiento hasta que a su señoría le diese por volver a liderar el partido y el país. Que yo no estoy diciendo eso, ni mucho más. Más bien creo que el egocentrismo exacerbado hizo pensar a Jose Mari que su destino era ser un líder con más proyección que el Presidente de un trozo tierra entre África y Europa, pero como a día de hoy todavía nadie le ha llamado suplicándole que lidere el mundo para salvarlo de la decadencia, comienza sopesar la posibilidad de retomar el caudillaje de los españoles, como sólo él lo puede hacer; como si de un hobby se tratara; como quien necesita hacer algo entre abdominal y abdominal. Claro que, curiosamente, esta necesidad irrefrenable de salvar a la patria le ha entrado justo cuando se estaba empezando a relacionar su apellido con el de los más altísimos representantes de la nobleza de Gürtel y a la vez que se mancilla la calidad y la blancura de la iluminación de la boda de su hija. Seamos justos, Jose Mari: para criticar la subida de impuestos de Rajoy llegas como un año tarde; para criticar que no hace ni el huevo llegas tarde casi dos; para reivindicar tu legado llegas tarde casi 5 años, ya que hace ya un lustro que hemos asumido que la burbuja inmobiliaria no fue tan buena idea como tú creías.

Pero para el asunto que hoy nos concita dan igual las intenciones de Aznar. No importa ni su ambición, ni su egoísmo, ni su chulería castellana. La cuestión hoy es que un silente Rajoy, haciendo gala de la inacción que Aznar tanto critica, ha capeado la embestida y tengo miedo que haya, incluso, recuperado un par de votos de quien haya podido apreciar en Aznar la caricatura de sí mismo que siempre fue. Francisco Álvarez Cascos siempre lo tuvo claro: jamás hizo pública su intención de retomar responsabilidades políticas, sino que él siempre lo presentó como la asunción de una aclamación popular; como la obligación personal de responder a la solicitud de una multitud que le exigía liderar el PP en Asturias primero, y crear un partido de nuevo cuño después. Cascos siempre quiso reaparecer por aclamación. Ser el salvador añorado por todos. Cascos es más estratega que Aznar, quien se empeña en presentarse él como el salvador, aunque nadie le haya dado vela en este entierro, por mucho que el muerto sea en parte también suyo. Esa es la diferencia: Cascos quiso hacernos creer que volvía presionado por una marea de suplicantes que le rogaban salvar a Asturias y Aznar quiere hacernos creer que él puede salvar al país sin que nadie se lo haya pedido. Jose Mari, estás a tiempo de rectificar, de montar una plataforma que clame a voces tu regreso y, en caso de que no sirva de nada, montar un partido que se llame Justicia Milagrosa Aliada, o cualquier otra zarandaja que se pueda formar con tus siglas.

La verdad, es mentira

No es tan preocupante la mentira como la incertidumbre de si alguna vez habrá una verdad. Y no quiero con esto justificar engaño alguno, ojo, sino alertar de la posibilidad de que el embuste sea perpetuo. Por poner un ejemplo al azar, fijémonos en una de las últimas confesiones del poco dado a responder preguntas en persona Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy: “subimos impuestos para evitar el crack de España”. El Presidente de Todos los Españoles en general y de los populares en particular entona un mea culpa después de año y medio de incumplimientos (que es la palabra fina para sustituir a mentiras). Sí, amigos, Rajoy nos abre su corazoncito para reconocer que a lo mejor no está haciendo las cosas que prometió, mientras hace las que prometió que no iba a hacer, pero nos jura que todo es por el bien común: por evitar el hundimiento del país. Y ya está, debemos creer y aplaudir su valentía porque si su talla de estadista le capacita para pasarse por el forro las ideas de su partido plasmadas en un programa electoral imprimido y repartido por todo el país, cómo no le va a otorgar la potestad de que las ideas de los demás le resbalen como mantequilla sudorosa. Sin embargo, hoy no quiero poner en tela de juicio las decisiones de gobierno de Mariano, sino destacar que en el momento en el que aceptemos que nos pueden mentir para garantizar el bien común, el embuste podría no acabar nunca. Es decir, si asumimos la excusa de Rajoy sin protestar, si le damos un cheque de falacias en blanco, ¿cómo sabremos cuándo acabará el engaño? ¿Existe alguna señal como en el mus? ¿Ha pasado ya el riesgo de que España se hunda? Si la respuesta a esta última cuestión es sí ¿Es un sí de verdad o es una mentira para evitar otro crack de España? Nada volverá a ser real si aceptamos como buenas las mentiras por el bien común. Seremos unos conspiranoicos perpetuos que desconfiaran de otros conspiranoicos y nos enzarzaremos en brutales discusiones dialécticas sobre quién es el más conspiranoico de todos. Estamos condenados a vivir eternamente en una serie de ficción, lo cual, no obstante, es mejor que hacerlo en la tragicomedia en la que estamos inmersos.

Por otra parte, la alegre confesión de Mariano me ha devuelto a la memoria uno de los episodios más negros del odiado por todos menos por los turcos ex presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. No citaré su nombre tres veces porque invocaría a Belcebú, pero sí recordaré el inicio de la crisis y su enorme reticencia a reconocer que había empezado. Tampoco diré tres veces la palabra crisis porque invocaría a Rodrigo Rato, pero sí pediré a quien tenga conocimientos económicos avanzados que explique si haber reconocido de forma rápida y alarmista que estábamos en tan profunda depresión financiera habría propiciado una contracción del consumo interno que habría acelerado el proceso destructivo de la recesión. En resumen, que quizá Zapatero (sólo le he citado dos veces de momento) pudo engañarnos a todos en los asuntos económicos con el fin de evitar un crack aún mayor de España. ¿Lo ves, Mariano? He aquí otro pernicioso uso de tu incomparable excusa: no eres el primer presidente del gobierno ni serás el último; cualquiera podría utilizar tu pretexto “lo hice para evitar un mal a España”. Qué miedo me dan las próximas elecciones generales. Lo explicaré en otro texto. Gracias por la atención.