Embestidura

Mariano Rajoy no tiene, de momento, rival en el Pleno del Congreso. En la sesión de este jueves de la sesión que acabará con su investidura, el candidato del PP ha demostrado que está en otro nivel aunque no por méritos propios. El principal argumento que sostiene la supremacía dialéctica de Rajoy es que puede decir lo que quiera sin que sus votantes se vean agraviados, ofendidos o deseosos de entregar su papeleta a otro partido. Y, claro, eso amplía con holgura la libertad de decir cualquier cosa. Además, ha tenido a casi todos los portavoces enfrente, pero no en contra.

Abrió el debate el discurso de Antonio Hernando, portavoz parlamentario con Sánchez y sin él; hombre cuestionado por parte de sus propios compañeros; el político antes conocido como el adalid del No es No; el hacedor de pactos con Ciudadanos en la tormenta y madre de dragones. Con ese curriculum no es de extrañar que Hernando saliera al estrado condicionado. Casi acongojado. Con dos ideas fundamentales en la cabeza: el Psoe es la oposición y la abstención no presupone estabilidad. El problema es que todas sus críticas a Rajoy, su Gobierno, su corrupción y sus recortes chocaban frontalmente con la proposición ya asumida de que su grupo va a permitir que el popular vuelva a gobernar. En esa coyuntura, Rajoy tuvo fácil su réplica: insistió en el chantaje; no sólo quiere gobernar, sino que quiere hacerlo con estabilidad. Lo que no sabemos es si Hernando cogió el mensaje o si pronto veremos una cabeza de caballo bajo sus sábanas. Para que nadie diga que Rajoy es un insensible, el candidato del PP mostró su magnanimidad paralizando las reválidas sin tener la menor intención de retirar la Lomce. Ya tiene argumentos para exigir lealtad institucional a los socilistas.

El debate se tornó duro con la llegada de Pablo Iglesias al estrado. Llegó con sonrisa de pillo. Casi de muñeco diabólico. Empezó con tono suave porque la primera idea que quiso transmitir era que el suyo era el principal partido de la oposición. Para demostrarlo, empezó a subir el tono hasta que por su ceño hubiera podido transitar la quilla del Bribón I. Atacó a Rajoy con los recortes y la corrupción y logró su objetivo principal: provocar. Por su sonrisa triunfante durante los recesos que tuvo que hacer por culpa de las quejas e increpaciones de la bancada popular (entre otras), se puede deducir que lo que pretendía era polemizar. Como decimos, tuvo éxito. Quiso desatar al Rajoy socarrón y lo logró. El culmen fue cuando, a respuetsa de un chascarrillo del líder de Podemos, el popular hizo un chiste sobre sus SMS a Bárcenas. Sí, amigos, Rajoy ya se ríe de aquel capítulo bochornoso en el que pedía al ahora exTesorero del PP (imputado y en pleno proceso judicial) que fuera fuerte. Y que ironice sobre ese capítulo ya sólo puede significar dos cosas: 1) que Rajoy da por amortizado el tema; es algo del pasado, una batalla del abuelo más que es mejor no remover. 2) que Rajoy desprecia a esa minoría de ciudadanos escandalizados por ese capítulo. Hay una tercera opción, y es que se le haya escapado sin querer, pero eso reforzaría en cualquier caso la tesis número 1.

Todo el mundo interpreta que Rajoy estuvo ágil para responder, pero este capítulo me ha hecho reflexionar sobre otra posibilidad: Pablo Iglesias pudo provocar conscientemente a Rajoy sabedor de que cualquier barbaridad que se le ocurriera decir al popular era una piedra sobre el tejado del Psoe, que es el que va a facilitar su Gobierno. Si es así, a Iglesias le salió bien la jugada. Puso el capote y Rajoy entró a la “embestidura”, un palabro que me acabo de inventar para hacer un juego semántico y poder titular este texto. Si no lo hizo conscientemente, entonces tuvo suerte. Y eso es algo muy importante en política como el propio Mariano Rajoy se empeña en demostar día tras día.

Por último, dedicaré unas líneas a la intervención de Albert Rivera, conciliador y templado. Jugó el papel de portavoz del grupo que sostiene al Gobierno y dedicó más tiempo a atacar a Pablo Iglesias que a condicionar el Gobierno de Rajoy. Flaco favor le hizo al Psoe, ya que fue Rivera el primero en identificar a Unidos Podemos como primer partido de la oposición. Rajoy fue paternalista con él en su respuesta y sólo le restó acabar su réplica con un abrazo. En algo sí tiene razón el líder naranja: esta puede ser una gran legislatura. Que cada uno lo interprete como quiera.

 

 

El bipartidismo contraataca

La eclosión de nuevos partidos con presencia parlamentaria no es el culmen del último paso evolutivo de la vida política, según lo visto en el Debate de Investidura de este miércoles cuyo análisis por este blog comenzó aquí. En líneas generales, en esa sesión nos encontramos a un Mariano Rajoy empeñado en que le dejen no sólo ser Presidente sino gobernar. El candidato del PP mantiene que debe haber un Ejecutivo para aprobar los Presupuestos, lo que indica que su objetivo de ser investido lo tiene ya amortizado y su mirada está puesta ya en lo que va a hacer desde Moncloa. A Rajoy, da la sensación, el pluripartidismo se la trae al pairo, lo mismo que el bipartidismo, porque lo suyo es la búsqueda de un monoparidismo plural, es decir: él gobierna y los demás acatan protestando unos más y otros menos. Pero Rajoy no es el único que nos envía señales que indican el fin del pluripartidismo. Psoe, Podemos y C’s también lo han hecho.

Por que también observamos en el citado debate cómo Pedro Sánchez defendía la tradición socialista forjada en el bipartidismo de rechazar al Partido Popular y punto. Sin más. Es decir, lo lógico. Nunca se ha visto al Psoe apoyando por activa o por pasiva una investidura popular pero no está claro todavía si nunca se verá. De momento, Sánchez ha sido inasequible a estímulos externos y en su universo autárquico solo tiene en el punto de mira a su némesis liberalconservadora. Su postura, unida a la situación de bloqueo que está provocando Rajoy, refuerza el bipartidismo probablemente de manera inconsciente, porque a esta tarea también contribuyen Podemos y Ciudadanos como hemos dicho.

Sí, porque vimos a un Pablo Iglesias bipolar en la sesión del miércoles. A ratos espontáneo y brillante y por momentos visceral y enquistado. Tal fue su dedicación a la búsqueda del liderazgo de la oposición, que olvidó que ese puesto ya estaba reservado y se quedó a medio camino, en tierra de nadie, como si se hubiera apagado la música y fuera el único sin silla. No contribuyeron a mejorar su situación las intervenciones de los portavoces de sus confluencias, que demostraron que la fórmula del reparto de tiempos es pintoresca, gallarda y todo un alarde de cara a la galería, pero divide las fuerzas. Como a quien hay que dividir para vencer es al rival, la estrategia no parece muy acertada. En cualquier caso, Iglesias se vio condicionado por la férrea posición de Pedro Sánchez y sus esfuerzos para quitarle el lidrazgo de la oposición fueron inútiles a pesar de que el líder de Podemos fue de los mejores en el cuerpo a cuerpo contra Rajoy. Iglesias quiso lanzar el mensaje de que él es la antítesis de Mariano, pero tuvo la mala suerte de intervenir después de Sánchez, quien acaparó todos los focos mediáticos (para bien y para mal) quedando señalado como el auténtico antagonista de la investidura (villano según qué medios). A Unidos Podemos se le multiplicará ahora el trabajo al tener que hacer oposición a Rajoy (obligatorio si quiere ser alternativa de Gobierno) y a Pedro Sánchez, lo que acabará por desgastar no solo a su líder, sino a la propia esencia del partido, que acabará siendo visto por el electorado como unos cascarrabias que se oponen a todo y a todos.

Con Podemos perdiendo fuelle en la carrera por la oposición, y no digamos por el Gobierno, llegó el turno de Albert Rivera. Taciturno, casi encorvado, trató de explicar en el debate por qué el suyo es un partido bisagra que lo mismo apoya a unos que a otros, una ambigüedad que roza la indefinición y que le condena como posible partido de Gobierno de cara a la mayoría del electorado. Como se ha apuntado, para aspirar al Gobierno es necesario hacer oposición y da la sensación de que Rivera ha evitado esta tarea en la anterior y en esta legislatura. El votante puede ser listo o no, pero quiere que se lleven a cabo las políticas que propone el partido que ha votado, no que se se lleven a cabo algunas políticas parecidas a las propuestas por el partido que ha votado. Albert Rivera ha lanzado el mensaje de que su generosa capacidad negociadora hará que cualquier propuesta electoral pueda ser matizable después en una negociaicón. Y no sólo eso, sino que esa matización se puede inclinar a la derecha o a la izquierda en función del partido con el que se vaya a aliar. Esta posición a priori aperturista y regeneradora tiene poco recorrido sobre todo porque, al haberse celebrado dos elecciones consecutivas y dos sesiones de investidura lideradas por candidatos de distinto signo, C’s ha enseñado sus cartas antes de tiempo; ha quedado en evidencia que su programa siempre estará condicionado al resultado de las elecciones y con el tiempo sus votantes con más poso ideológico acabarán por confiar su apoyo a alternativas menos flexibles con sus promesas. No digo que Ciudadanos vaya a desaparecer, sino que si no logra defender su propio programa sin concesiones quedará relegado al papel de facilitador. Un papel que bien vestido puede ser presentado como el de “engranaje de la democracia”, pero de reojo se puede ver como una “veleta de amplio espectro”.

El bipartidismo, por tanto, puede estar tranquilo. Solo tiene una amenaza: el monopartidismo que defiende Rajoy.